sábado, 10 de mayo de 2008

LIBROS RECOMENDADOS (II)

Ene 21
Prosa y poesía: # Antonio García Ysábal : Cancionero general africano (Centro de la Cultura Popular Canaria, Ayuntamiento de Las palmas de G.C.).Poesía:# Rafael Morales : Prado de serpientes / Entre tantos adioses (Muelle de Uribitarte Editores / Bilbao).Prosa: # Raymond Chandler: El largo adióshttp://es.wikipedia.org/wiki/Raymond_ChandlerEL MÁS GRANDERaymond Chandler (Chicago, 1888 – La Joya, California, 1959), se instaló definitivamente en Los Ángeles, su ciudad de adopción, en 1912, después de una larga estancia en Inglaterra, país en el que creció y adquirió una sólida formación intelectual. Tras ejercer de periodista y empleado de banca, entre otras ocupaciones, en 1932 fue expulsado de la empresa en la que trabajaba como ejecutivo, desafortunada circunstancia que Chandler decidió aprovechar, con el apoyo incondicional de su mujer Cissy, para dedicarse plenamente a la literatura. Bajo el influjo claro de Hemingway, Fitzgerald y Dashiell Hammett, sus colaboraciones para Black Mask y Dime Detective —revistas especializadas en lo que entonces se conocía como pulps, o relatos policiacos impresos en papel barato—, no sólo le proporcionaron unos ingresos fijos, sino que le sirvieron como campo de pruebas en su larga y concienzuda búsqueda de un estilo propio. Así hasta el año 39, fecha de publicación de El sueño eterno, primera novela del autor y primera aparición de su gran personaje, el detective privado Philip Marlowe. Luego vendrían seis más, entre ellas El largo adiós. Obra de absoluta madurez, El largo adiós discurre a través de una compleja trama que se urde en torno a Terry Lenox -millonario consorte y veterano de guerra-, y su acaudalada mujer. La novela, a tenor de las intencionalidades testamentarias de su autor, se detiene en los grandes temas chandlerianos –el alcohol, la decadencia y la muerte, la corrupción inherente al sistema capitalista...- e irrumpe en ellos como un bisturí certero y brillante. En El largo adiós, Marlowe —el idealista, el hombre del ingenio y el estilo, el inefable e irrepetible Philip Marlowe—, volverá a vérselas con lo que más detesta, con el poder, con los que lo detentan, individuos para quienes la ética y la dignidad no pasan de ser dos palabras más o menos eufónicas, pero anticuadas y sin curso legal; individuos hastiados, caprichosos, déspotas, que desconocen la lealtad y se emborrachan para olvidar el despilfarro estúpido de sus vidas; individuos que —como Terry Lennox y Roger Wade, personajes, junto a Marlowe, catalizadores de esta historia—, vendieron su alma al dios dólar entre dos gimlets en algún recodo de su tan fastuosa como anodina existencia, y lo saben, y se odian por ello. Y es que —como bien dice Marlowe— no hay trampa más letal que la que uno se prepara a sí mismo. Aun trascendiéndolo, y con creces, El largo adiós es una novela de género policiaco, pero no es una novela deductiva. Lo que importa aquí, más que la resolución del enigma, es la puesta en escena, el desarrollo de la historia, lo que dicen, hacen y piensan los personajes. Las reflexiones de Marlowe conduciendo su Oldsmobile por las carreteras de Los Ángeles, bajo los neones encendidos, nos enseñan más sobre la condición humana y la podrida sociedad de la que formamos parte que cualquier tratado de filosofía. Si no lo había hecho ya con cualquiera de sus obras anteriores, con El largo adiós Raymond Chandler dinamitó todas las convenciones y supuestos entre los que hasta su llegada se movía la novela negra. Chandler instauró un nuevo orden, una nueva manera de hacer. Su prosa, tan cercana en ocasiones a la poesía —pero a la poesía de la violencia, a la lírica de las calles—, es, sencillamente, arte. Esta novela, publicada en el año 53, con un Chandler prematuramente envejecido e incapaz de soportar —como no fuese bajo los efectos de ingentes cantidades de whisky— la inminente muerte de su adorada Cissy, es la cima, no sólo de la narrativa de este autor, sino de la novelística policial de todos los tiempos. Hammett sacó el género negro de los salones victorianos y lo devolvió al callejón, insuflándole realismo y credibilidad; pero Chandler dio un paso más, fue todavía más lejos, al dotarlo de significado y trascendencia. Por eso es el más grande. Karmelo C. Iribarren