lunes, 12 de mayo de 2008

COLABORACIÓN - El poste de la electra (I)

Abr 10
Levantó la cabeza y vio el poste de la electra.Altivo, heroico, increíble, insólito, angustioso, frío, terrible, seco, burlón, salvaje. Hubo de pellizcarse la oreja para comprenderlo: lo habían erigido allí mismo los hombres enanos, los que necesitan zancos para alcanzar el cielo y robar las estrellas. Los malditos hombres enanos. Siempre ellos. Siempre los mismos. Seguro que se habían venido de noche, amparados enla oscuridad y en el silencio, como ladrones. Y lo habían colocado junto a la misma punta de su nariz.Le costó mirar a su alrededor. Le dolía la cabeza. Le dolía todo el cuerpo. Estaba confundido. Otros más se dibujaban en la distancia. Engreídos árboles de pacotilla, palos metálicos sin ramas, que crecían estériles de la tierra. Diez, veinte, un montón. En fila india. Desde aquí hasta no se sabe dónde. Con sus pesadas colgaduras de araña dispuestas a caer como una tupida red sobre él y los otros muchos como él.Intentó moverse. Tenía entumecidos los brazos. Herida la garganta. Los labios sanguinolentos. Grandes moretones en las nalgas. El rostro enrojecido, como si le hubiesen lijado la piel.Estiró la mano. Tocó el poste.Existía.Frío y recto.Mediobotón estaba seguro de no haberlo visto antes.Hizo un nuevo esfuerzo. Lo habían molido a golpes antes de dejarlo abandonado con sus heridas a la sombra de un zarzal, perdido como un bulto sin remite. Ayer, el otro día, quizá la semana anterior, un jueves o un viernes. Un día cualquiera de la semana. Mediobotón carecía de control de tiempo. Sombras, luces, nublo, calor.A su lado aparecía la botella medio vacía. La miró detenidamente. Anís. ¿Anís? Odiaba el anís. Demasiado distinguido para su condición humana. Le bastaba con vino. ¿Qué mejor que un buen vaso de ese vino rojizo y peleón? ¿Qué mejor que tenderse en la tierra ocre de la bodega y mamar de la teta santa, hasta que te gotee la cara y te duche el cuer, y huelas a vino que es a lo que huelen los hombres?Anís.También su ropa olía a anís. Tenía reseca la boca como si una babosa le sorbiera la saliva. La maldita cabeza a punto de estallar. El cuerpo, desconocido, ajeno, dolorido. Seguro que la había agarrado buena.Tamarón del Príncipe, alejado del camino de Santiago. Lo de Príncipe viene por Felipe II, aquel amanuense gris, piadoso, menguado, melancólico y timorato, que se dejaba caer por el paraje en busca de alguna ramera de mesón con ganas de limpiarse el culo en la corte.Cereales.Celosos guardianes de frontera, al remanso por si le diera por asomarse el cierzo. Generalmente tres o cuatro, con todo el cansancio del mundo sobre sus espaldas. Consumían el aburrimiento de las largas horas del día. Igual se les junta el mozo viejo al regreso del ordeño y hablan entonces de la avena, de los majuelos y de los caminos. Y se quejan del polvillo maricón de la paja que se amasa con el sudor, Dios, pegándose a la piel, porque las putas máquinas siegan demasiado alto, demasiado rápido, demasiado de mala manera, perdiéndose demasiadas espigas en el campo y todo lo que sobra es malo, porque la demasía es tan mal en la vida como en las mujeres o en el calor.A los cincuenta y cinco años, Cubreliebres goza todavía de esa dentadura fuerte y de ese pelo negro azabache que confiere el no haber trabajado nunca ni siquiera por equivocación. Tiene un ojo en blanco, vacío, como un semáforo muerto, consecuencia de un mal encendido de la trébede un día en que el viento confundió el norte.Odiaba a todos los guardias del mundo. Era un odio visceral.Tenía denunciado el perro y varios reclamos por no respetar la veda.Cada vez que veía a un guardia se tiraba para arriba el pantalón casi corto, con un gesto tal que era como descorcharse él mismo media vuelta; daba los tres pasitos rápidos, como si le atacara de repente el sanvito; soltaba el gritito gutural de arranque, se ajustaba a una esquina, y bramaba con todas sus fuerzas:¡Cabrones!, ¡ojalá os maten a todos!Los guardias pasaban de la provocación. Pero Cubreliebres insistía hasta la ronquera:¡Cabrones! ¡Hostia a todos! ¡Ta-ta-ta-ta! No vais a quedar ninguno. ¡Cabrones!¡Calla la boca, idiota! -decían entonces los guardias, cabreados.¡Que sí! ¡A todos! ¡Hostia, pum! ¡A tomar por culo!A veces, los guardias amagaban el irse tras él, pero Cubreliebres se descorchaba otra media vuelta, repetía los tres pasitos y se alejaba mascullando incongruencias.El “Land-Rover” de la patrulla rural se detuvo delante del Tele-Club. El cabo era un tipo gordo, que sufría de almorranas y caminaba abierto de piernas, como escocido. El teniente era muy joven, casi un niño.-Se saluda -dijo el cabo a los viejos.Hizo un amago de tocarse el gorro con la mano derecha, y añadió:-Calienta hoy, ¿eh?Una hora antes habían aparecido los de Tráfico, con sus potentes máquinas blancas y sus espaldas estiradas. A treinta, pom-pom-pom-pom-pom-pom, reluciente el casco, chulos, marcándose bien la pistola, a la caza de los remolques sin cadena.El cabo dijo:¿Dónde ha sido?En la ermita -contestó uno de los viejos.-No me jodas -dijo el cabo- ¿Qué ha pasado?-La virgen. Se la han llevado.-Cagüenlaleche.-Esta noche.-Cagüenlaputa. Ya es ganas de joder con esta calor.-Se te paga para eso, ¿no? -dijo el mismo viejo con cierta acritud.-Mierda.¿Te sabes aquél -dijo entonces otro de los viejos- el que llevaba un palillo atrapado en los labios y que respondía al nombre de Sebastián- del cura que echaba la siesta con la mujer del guardia?-No me jodas, no me jodas -dijo el cabo-, que no estoy para bromas.-Eso te pasa porque hoy retoca trabajar -le dijo el mismo Sebastián.-Estáis mal enseñados -dijo otro.El cabo se sentó en el bordillo de la acera.-Tengo el cabrón de culo salido, cagüenlaputa. Parece una ciruela, de grande. Y duele.¿Ya te lavas bien? -le preguntó otro de los viejos.¿Qué hacer? Después de cagar, siempre.¿Te das la crema?Me la toco y me la quiero meter para dentro. Pero se resiste la condenada.Luego de un rato, dijo:-Voy a ver si tomo una gaseosa.-Está cerrado el Tele-Club -dijo uno de los viejos.-Jodé. Encima eso.Se secó con el pañuelo el cuello y la cara. El teniente se había buscado la sombra y fumaba en silencio.Sebastián dijo:-Cada vez a los guardias los fabrican más jóvenes.-Bah -dijo despectivo el cabo.-A lo mejor los meten tan jóvenes en la academia para que no se malicien y no les dé por trabajar.¡Y yo qué sé!-Un teniente tan joven no impone respeto. Seguro que se le escapan los ojos detrás de las chavalas.-Como a todos -dijo el cabo.-¡Qué cojones! -dijo Sebastián. Tú ya no estás para muchos trotes. Hace tiempo que no se te levanta.-Ni falta que le hace -dijo otro de los viejos-, que bien que ha mojado.-Bueno -dijo el cabo, medio aburrido-. Nos acercaremos a la ermita.-Pero despacito, ¿eh? -dijo de nuevo Sebastián-, que el día tiene veinticuatro horas y hay que gastarlas todas.A Mediobotón le sobraban todas las cosas de este mundo, menos Rosa y el vino. Pocos hombres tenían agallas para irse con Rosa.Mediobotón se iba con Rosa.Eran como hermanos. Más. Como hermanos amantes. Podían reírse juntos, sumergirse en viajes de alcohol, perseguirse por donde las bodegas, quedarse rotos como guiñapos bajo el pasmo de las estrellas y con el cierzo colándose entre los huesos.Lo que fuera.-Mañana volveré sereno y te follaré -se disculpaba a gritos Mediobotón ante Rosa cuando se le daba la imposibilidad de acometerla. Y le enseñaba el dedito estirado, el dedito hurgador, pequeño, enfermo; entonces ella se llevaba las manos abajo y se levantaba las faldas, y todos podían ver su pañete asqueroso y sus gruesas piernas, repletas de abazones y varices.-No te creo.-Lo juro.-Sigo sin creerte..Lo juro.-Estás borracho.-También tú estás borracha.-Estamos borrachos los dos.Y se pasaban de nuevo la botella. A veces se quedaban en la casa vieja, panza arriba en la trébede, con las piernas abiertas, cansados, y la espalda bien recostada en la pared ya muy deslucida. A veces, soltaba Mediobotón el salivazo grasiento que volaba por encima de la mesa y terminaba por estrellarse en el calendario de la otra pared.-Tengo un hijo en la capital -decía Rosa.-No es mío -confesaba ingenuamente Mediobotón.-Me lo hicieron de niña. Me metieron la puntita, ¡y pumba!-¡Pumba! -gritaba eufórico Mediobotón, buscándola de nuevo por debajo de la mesa.-¡Pumba! -repetía gozosa ella, dejándose encontrar.Bach y Vivaldi.Don Francisco teme que el arzobispo se haya olvidado de él por completo. Teme que no se le promocione el arciprestazgo y que lo deje aparcado allá, en la mediana del mundo, como un trasto inútil. Lleva diez años aguardando la grata nueva, vamos, Paquito, lo que tú vales, diez años tremendos de reclusión y abandono.Si no fuera por las maledicencias de los compadres de seminario, jodé con las malas artes de los calienta sillones, estaría ya de canónigo o dirigiendo la emisora del episcopado, cualquier cosa antes de seguir recluido en un pueblo tan pequeño y mísero.Veinticuatro horas después de la toma de posesión ya había esbozado el discurso de despedida. Porque había venido de puntillas, a faltas. Tenía carrera de obispo o de cardenal o de sólo Dios sabe. Deditos largos, modales suaves, una sonrisa carismática. Una mierda. El alcalde le dijo a modo de saludo:-Aquí el cura manda lo que le dejamos. Y le dejamos bien poco. Y si no le llega para comer, póngase a respigar. Lorenzo, el alcalde, era rojo de los quema iglesias. No es que hubiera quemado alguna, porque no había tenido oportunidad y porque los tiempos no eran propicios. Su abuelo, sí; y su padre también, y alguno más de la familia. Todo era cuestión de proponérselo. Decía:-La iglesia está para lo que está: para llenarla de pajas si el año viene bueno, y para despedir a los difuntos si se lo merecen.A don Francisco le cuesta encajar en este ambiente hostil. Los olores ,la rudeza, el sentido materialista de la existencia. Aria para la cuerda en sol. Teme a la fiere de heno y a las palabras de doble sentido. Le lleva una eternidad preparar una homilía. Es puntual, metódico, exigente, recto.Bach y Vivaldi.Cafecito y gotita de chinchón. Cid y doña Jimena. Escribe en sus tiempos perdidos lo que no puede participar a sus feligreses. ¿Cómo explicarles, mientras el fardo de paja se descuelga inesperadamente del remolque, que doña Jimena amantísima era una belleza asturiana sin par? ¿Cómo ensalzar la egregia figura jurídica de Rodericus Díaz Castellanus? ¿A quién hablar de Sisebuto, de Yusuf o de Alfonso VI?¿A quién?Este es su castigo: la soledad rodeada de gente, la confesión de los jóvenes después de revolcarse en el granero. Se recluye como único consuelo en las entrañas de la historia. En el fondo, confía en que algún día el arzobispo caiga en la cuenta de su existencia y le diga: Paquito, lo que tú vales, ¿quieres la merindad o el asiento curial? Pero el arzobispo está sordo, seguro que anda algo alelado, que los años no pasan en balde. Si pudiera llamar su atención. Si pudiera decirle: eminencia reverendísima, cojones, que soy yo, Paquito, el sobresaliente en latines que lleva diez años malcomido por las pulgas de las churras, por las chinches y las garrapatas.Cafecito y chinchón.-Ha sido esta misma noche, teniente. María es muy cuidadosa con las cosas. Cerró como siempre el camposanto y la ermita y esta mañana la cerraja ha aparecido abierta. Y la hornacina vacía.Cuatro cuatro tres tres Do to to do. Do to to do A a b C c. Así le gusta hablar a don Francisco. Pausado, sereno, midiendo cada palabra. Regulando cada golpe de voz, como los viejos marqueses y otras gentes de calidad.María, sin embargo, está muy nerviosa. Los ojos todavía llorosos. Qué horror, repite. Qué vergüenza. Y se santigua. Es la santera. La llave de la cerraja es más grande que su mano. Santeras fuero su madre y su abuela. Santera será su hija cuando enviude o se descase.-Esto es cosa de los Tinines -confiesa con amargura- Es una blasfemia, un sacrilegio.El campamento de los quincalleros estaba a cierta distancia, al lado mismo del riachuelo fangoso y amarillo, en una hondonada paralela a la carretera comarcal. Lo formaban algunas furgonetas viejas, medio deshechas a pedradas, y un par de chasis de autobús, retorcidos por el trompazo. Varias rulotes que fueron blancas en otro tiempo, en mejor estado de conservación, aunque con las ruedas deshinchadas, algo rotas las puertas y rasgadas y sucias las cortinillas de las ventanas, les servían de alojamiento. Había también turismos destartalados formando una montaña de chatarra: lavadoras, frigoríficos, butacas de goma espuma, cocinas de gas, ratas y papeles.Tinín, el quincallero cojo, dijo levantándose de la tumbona que estaba a la sombra, de tras de un dos caballos totalmente destrozado:-¿Qué se le ofrece a la autoridad?-Tú y yo tenemos un pacto, ¿no? -le dijo de sopetón el cabo-. Tú no me tocas mis cojones y yo no te toco los tuyos.-Eso es lo convenido.-Y si rompes el pacto te doy cuatro hostias y te parto la cara. ¿De acuerdo?-Se expresa con toda propiedad.-Entonces, coño, por qué lo has hecho.-¿Qué he hecho, qué?-La virgen de Tamarón. ¿Dónde la tienes?Tinín se le quedó mirando imperturbable. Y dijo:-Nosotros no pedimos más que dinero, cierto que lo demás lo cogemos.-Quiere decir que lo roban -replicó el teniente asombrado de la desfachatez del quincallero. Tenía repulsión a este tipo de gente de vida por lo menos extraña, cuando no asocial y nómada. Para él, además, quincalleros y gitanos formaban un mismo grupo peligroso, una raza maldita y fracasada.-Pero jamás robamos cosas de iglesia –añadió Tinín. Reseco, con la cara rugosa salpicada de manchones y las manos pellejas. Una barba blanca de dos o tres días le confería un cierto aire de desidia y suciedad. Llevaba la camisa abierta, mostrando una camiseta tiznada de tierra, y un palillo amarillento colgado de los labios-. Negociamos, eso sí, con párrocos y sacristanes. A los curas jóvenes les ha dado por llenar las iglesias de colorines, con murales extravagantes. Les sobran las ánimas purgantes y las tallas de madera.Cojeaba visiblemente.-Cosas de un mulo en Jaén -dijo como disculpándose de su defecto. Hablaba sin giros del sur, con una dicción clara, extraña en un hombre de su aparente condición. Añadió con una convicción absoluta-: ¿Robar? No voy a discutir que alguna vez hayamos hecho uso indebido de la propiedad privada, pero siempre de aquello que a los demás sobra. Nunca hemos quitado el pan a nadie, jamás. ¡Robar! Tengo cumplidos los sesenta y nunca, lo juro, he dormido en el cuartelillo. El quincallero sonrió con cierta complicidad. Y dijo en voz baja:-Además, desde que a los ilustrados les ha dado por investigar nuestro comportamiento social ¡no hay verano que no nos incluyan como problema en algún curso universitario! Este rostro mío de gusano aburrido ha sido portada ya de un libro gordo de esos que nadie lee. Obispos, concejales, profesores, políticos, periodistas, alguaciles, ¡todos necesitan del clan de los Tinines para documentar sus tesis! Y la verdad, aunque eso suponga un pellizco en los ingresos, termina por cansarte la labia de tanto tipo importante y regenerador.-¿Quién ha sido entonces? -preguntó el cabo.Tinín siguió hablando como si no le hiciera caso.-No hace el año que se vinieron a cambiarnos el campamento por un piso en la ciudad. ¡Bah! -exclamó despectivo y señalando al árbol de hojas rojas nacido en el pedregal de la orilla añadió-: Les dije: Han visto ustedes alguna vez cómo se columpian los gorriones a las siete de la mañana en las ramas de ese árbol? ¿Y el vuelo de los vencejos al atardecer? ¿Han pescado barbos en el río? ¿Han engañado a las ranas con el trapo colorao? Han perseguido hasta el cansancio a los patos negros?Prolongó la pausa.-Yo sí -les dije-. Y está dicho todo.Les invitó a entrar en el campamento.Se abrieron paso entre los chiquillos que se les enroscaban por las piernas. Sortearon muelles oxidados, neumáticos de camión y cajones de viruta. Dos mujeres, de tez agitanada, pañoleta a la cabeza y faldas multicolores que les engordaba artificialmente la cintura hasta hacerles parecer embarazadas, cargaban con una enorme marmita de aluminio llena de agua.Tinín dio un par de palmadas.De la última de las rulotes salió una mujer de edad indefinida y algo gruesa. Tenía una mirada humilde y un moño que le estiraba el pelo y la piel.-Café -ordenó Tinín. Y dirigiéndose al cabo, preguntó con ironía-: A la autoridad no le importará confraternizar con este despojo social tan mal nacido.-No me tientes, que te veo venir.Los chiquillos se pegaron por alcanzarles las tres banquetas, que situaron alrededor de los resquicios de la fogata. Los dos guardias se sentaron frente al quincallero.Éste mostró la cajetilla de tabaco y dijo:-¿Un cigarrillo?-No fumamos -mintió el teniente. La mujer de mirada humilde acercó el puchero, sujetando las asas con un trapo oscuro. Después, regresó a por los potes y las cucharillas. Sirvió con cuidado el café, sin derramar una sola gota.El teniente tuvo un momento de indecisión. Ya era tarde para negarse a tomar el brebaje, no porque el café le disgustara sino por lo herroso del pote metálico, que le produjo una cierta aprensión. El cabo, sin embargo, acarició el pote con la punta de los labios y bebió lentamente.-Está muy rico -dijo.-Quizás un poco cargado para su gusto -dijo amablemente el quincallero.-Quizás.-Nosotros lo tomamos siempre así de fuerte.-Será para mantenerse en vigilia por la noche -dijo el teniente, saliéndole las palabras desde dentro, sin poderse contener.El quincallero pareció reflexionar unos segundos y sin ninguna acritud, dijo:-Puede que tenga usted razón. Nos unen las risas de la noche y los lloros de la noche. No hay como un rasgao de guitarra y un quejío de angustia alrededor de la hoguera. ¿Quería decir eso?El guardia joven se sintió atrapado sin poderse escapar, y asintió.-Café, tocino, gallina y rasgao -dijo Tinín-. Y que el matrimonio dure tantos años como los trozos en que se rompa el puchero de barro. En realidad, ustedes y nosotros nos necesitamos, nos complementamos.-¡No me diga! -exclamó con sorna el teniente.-Somos para su sociedad algo así como la conciencia. Una mala conciencia, por supuesto. A nosotros, sinceramente, eso no nos ofende: vivimos de ello.Terminado el café, el quincallero dijo:-Vayamos ahora al asunto.-Intentamos encontrar a la virgen de Tamarón.Tinín se levantó.-La Milagrosa es mucha virgen -dijo muy despacio como midiendo cuidadosamente las palabras-. Y muy querida. Todos los años por esta fecha le hacemos una visita de obligación cuando apalabramos la entresaca. Le rezamos la salve y siempre nos ha ido bien. A excepción del año pasado en que vinieron los portugueses.-¿Los portugueses? -preguntó interesado el teniente.-Desde que estamos en eso de Europa -confesó descorazonado Tinín-, la autoridad superior se vuelve de espaldas y permite la entrada de demasiado facineroso y de gente sin escrúpulos. Miren ustedes. Nosotros somos personas serias y muy dignas. Recogemos periódicos y mierda, es verdad, y vivimos la mitad de la vida de la sobra y de lo que se tercia. Pero se nos han cerrado los pórticos de las iglesias, porque ya hay más mendigos que fieles. Los músicos ambulantes nos han quitado el sitio en los paseos y mercados. Cualquier desaprensivo engaña al personal con un cartón en que lamenta su desgracia y multiplica milagrosamente sus hijas. Hasta el año pasado nos quedaba el recurso del trabajo honrado de temporada. Pregunten por ahí. Les dirán que nadie como la familia de los Tinines ha respigado con tanta soltura la cebada de dos carreras y cebado los majuelos. Hemos dejado los riñones tostados al sol. Pero eso se acabó hace años con las máquinas. ¡Jodido progreso! ¡Maldita civilización! Ahora nos queda la remolacha. Hacemos la entresaca a un precio razonable, se lo digo yo, que sé leer el renglón recto y escribir, y algo de cuentas. Cuando ajusto la labor, ajusto precio y tiempo, que no es cosa de tenerle al amediero toda una semana esperando a regar la hectárea. Y si sucede una desgracia, una chispa que nos hiera el ojo o un mal de brazo o una tortícolis o vayan a saber qué, lo aclaramos razonablemente con el patrón. De frente y con honor. Nunca ha habido una mala voluntad por ninguna parte. Pero el año pasado aparecieron de pronto los portugueses con el hambre metida revolviéndoles la entraña. Nos quitaron la era perdida, la nuestra, la de siempre, y el resguardo de la pared del silo que frena la noche. Tiraron los muy cabrones el precio, sin avenirse a un acuerdo de partes.-¡Coño! ¡También a ustedes les ha salido competencia europea! -exclamó el teniente con cierto tono burlón.A Tinín le disgustó la broma.-Más o menos.-Y les hicieron la puñeta.-Lo intentaron.-¿Qué pasó?-Discutimos.-Y ¿después?-Sucedió lo que sucede cuando se tercian estos lances.-¿Pelearon?-¡Ninguno de los Tinines se echa jamás atrás!-¿Hubo heridos?-Los precisos.¿Nadie los denunció?Nadie. El hambre es mal amigo, pero nunca delator.-Y ¿quién ganó?Una sonrisa fría, como la del niño que goza de su victoria mostrando boca abajo a la lagartija atrapada por la cola, se dibujó en sus labios resecos.-Nosotros -dijo-. Pero prometieron volver. Y volverán. Y esta vez no sólo portugueses, también los rumanos y los rusos hambrientos. Estoy convencido de ello.Luego, antes de volverse a sentar, sentenció:-A saber si en lo de la Milagrosa no priva una pizca de venganza.-O sea que piensa usted que la robaron los portugueses.-No he dicho eso.-¿Entonces?El quincallero agachó la cabeza y hundió la mirada en la ceniza de la fogata.-¿Por qué la vida es tan ingrata?Y volviéndose hacia las rulotes, gritó:-¡Manué!El llamado Manué apareció con los pantalones grandes y la guitarra enorme. Pegó un acorde trágico y dijo:-¿Me se llama?Era un tipo pequeño y nervioso, con los brazos duros, los pómulos metidos para adentro y la piel aceituna. Los ojos los tenía enrojecidos, nada limpios.Tinín le dijo:Aquí la autoridad insinúa que hemos robado la Milagrosa.Manué tamborileó en la caja de la guitarra y se puso a cantar:hermosa la virgen herida,por la dolor que la consume,ay, ay, ay,que nada calma su quejío ay, ay, ayque nada calma su quejío ay, ay, ayConcluyó con otro acorde bestial. Y dijo:-Imposible. No hay comprador experto que pique el anzuelo. Ni siquiera los americanos borrachos por el pasmo lechoso de la noche de san Lorenzo el emparrillado. Es tan falsa como las catedrales góticas del diecinueve.(seguirá .....)