lunes, 12 de mayo de 2008

Correo del Navegante


Gonzalo Ursúa, desde Villafranca de Bonany (Mallorca) nos envía el siguiente texto:
María Luisa:

Dijo un poeta: “La traición de un amigo duele más que su muerte”. Hoy, con este cielo sobre los tejados, como de cristal fino, rayado por las nubes de septiembre, las caprichosas nubes que tú y yo amábamos y contábamos con los dedos, se hace difícil hablar de traiciones y de acabamientos, pues el patetismo mal se compadece con la belleza. Acaso, esta carta debió llegarte hace ocho años y no ahora, porque la distancia -tiempo espacio, ¡qué más nos da!- suele alterar las emociones, la capacidad de razonar y, en algunas tristes coyunturas, hasta la verdad misma de los hechos. Además, no somos los de antaño, eso es indiscutible; hemos crecido hacia la vida y en diferentes direcciones. Cualquier criterio moral, el más mínimo reproche, el resentimiento más inocuo, nos resultaría como una cáscara de plátano: vacía, resbaladiza y baladí. Pero tú vienes por mis sueños, hermosa y displicente -como eras-, con un brillo en los ojos y en las mejillas, una luz que un día ocultó los pequeños miedos, las ansias casi no estrenadas… Al amanecer doy vueltas en la cama, me enfrento a los visillos y a sus dibujos. Entra una primera lumbre y se me va la cabeza, y pienso, con pensamiento inútil y culpable, que tu cuerpo se marca en la débil y movediza plancha del visillo. ¿Un fantasmita? Pudiera ser; ¿cuántas veces te llamé yo eso: fantasmita?
Ninguno de los dos llegamos a escribirnos cartas. ¿Lo recuerdas? Yo regresaba a mi tierra natal, y tú te quedabas en la amada isla que por unos años nos engañó con su dulzura, con su voluntad de acogimiento. Creo recordar que te faltaba un curso para acabar Derecho, en aquel viejo caserón de la Avenida de Alemania, que daba a una riera donde crecían flores silvestres, pobretonas y locas. Tú me decías: -Ves, Jaume, esas flores me gustan porque se me parecen. Yo estoy tan loca como ellas. -Pero no era así. Tú te mentías a ti misma y en tamaña mentira entraba yo. Entraba en tu mentira como un pez en el salabardo, ciego, sin reticencias, dejándome alguna escama, algún prejuicio haciendo trizas las experiencias que la vida pudo conceder al cuarentón tieso en su vanidad. En los jardines de Valldemossa te pregunté si me querías. -Dime, ¿me quieres.- Yo no estaba dispuesto a arriesgar fugazmente lo valioso, lo poco mío: la solidez, el decoro, el óleo suave de la libertad. Tú te echaste a reír. Te olía el cuello a lavanda y tenías los labios un poco hinchados, mordidos por esa sed inagotable que padecen o gozan los amantes. -Es otra cosa -dijiste-. Lo que nos une es otra cosa… Conduje hasta La Soledad sin decir una palabra, enfurruñado conmigo mismo más que contigo. Tenías tus dedos a un palmo de mi pierna derecha; no los moviste en todo el trayecto. No quedaba ya mucho de aquellos años de estudiantes (tú, a mi lado, una párvula), de aquel beso que nos dimos, al alimón y sin pensarlo mucho, cuando aprobaste las más difíciles evaluaciones: las de junio. Poco quedaba de nuestros paseos por Portals Vells, viendo entrar las embarcaciones de los poderosos -las playas, derrumbadas bajo el ascua canicular-; tú, tan flaca, que parecías un diseño algo perverso, con aquellos ojos que tenían un tono parecido al del espliego, los labios pálidos, el pecho casi de impúber, intocable en tu fragante endeblez. Restos fungibles quedarán de aquellas noches en salas de fiestas (Clan o Abraxas, en la plaza gitana del Jonquet): demasiados brillos, excesiva desazón. Y tú, Luisa, que te dormías sobre mi hombro o hacías que te dormías sobre mi hombro.
Yo te decía: -Mira, chavala, tienes diecinueve tacos y eres formidable: un cóctel explosivo de desperteza, ingenuidad y seducción. Y, como angostura, ese matiz levemente maligno que anda, como un gato desinteresado y parsimonioso, por el interior de tus pupilas. ¿Qué haces con este profesor, con este hombre más bien triste y especulativo, jugando a los amores?, ¿qué te trajo a mí? Y me queda el recuerdo de unas uñas resbalando con peligrosa suavidad sobre mi cuello. -Los jovencitos me aburren -gruñías-. Y tú no eres viejo: te lo haces. Es un truco que conmigo te está yendo muy bien.
Te repetía: -En esta isla hay chicos jóvenes que te resultarían más divertidos que yo. Estás hecha para sonreír, para tomar de la vida, como en trago largo, todo lo que ahora puede concederte, que es mucho, que es como una lluvia de oportunidades, el maná…-Torcías el morrito, hacías por enojarte. -Siempre dando consejos -susurrabas-. Que no los quiero. Quiero estar contigo, sentirte junto a mí como el sol de la isla, el xaloc o la tramuntana. Aunque pierdas tu humanidad. -Y nos íbamos a cala Muleta, a los declives que presagiaban Sóller, donde las rocas son redondas y lisas -no volcánicas-, y podíamos ver salir los llaüts de la noche, apresurándose ellos para echar sus nasas y palangres más allá de La Dragonera, en la derrota del golfo de Rosas-. Voy a darme un baño -me decías-. Pero no mires, anda. ¡Tengo el culito más blanco de la universidad!
Sé que estuviste por Europa: en Hamburgo, en Nottingham, en Florencia… ¡En Florencia!; y que te casaste o, al menos, te emparejaste con un italiano cuya edad y condición afortunadamente desconozco. Y que volviste a tus playas, a tus acantilados, a tus ensenadas, a tus almendros de febrero, a empaparte los labios con el néctar de las hierbas dulces.
Te he olvidado con lentitud y sin dolor, con una tristeza que es como una mano tibia sobre un pecho ya frío. No me escribas. Quiero que me recuerdes como la última vez. Ya los dos perdidos, ya los dos vencidos.
Rompe esta carta. Échala en trozos, por eso de los bobos romanticismos, en los rompientes de Cap Blanc, donde, para una tarea puramente universitaria, pude ayudarte con unos versos de don Francisco de Quevedo:
“Pierdes el tiempo, muerte, en mi herida,
pues quien no vive no padece muerte,
si has de acabar mi vida has de volverte
a aquellos ojos donde está mi vida…”