lunes, 26 de mayo de 2008

VISTO, OÍDO, LEÍDO

  • El alcalde de San Sebastián parece seguir empeñado en su lucha contra el automóvil y lo automovilistas. Primero fue hacer peatonales las calles más céntricas y galanas de la ciudad, plantando arbolitos en las aceras. Todo ello se alaba, pues ya no hay capital europea que no presuma de sus grandes vías peatonales, amplias y sombreadas. Pero el pecado siempre está en la exageración, pues después vino la furia por los carriles para bicicletas (bidegorris); y más tarde, el estrechamiento de las calzadas con el fin de que los coches marchasen de uno en uno, sin poderse adelantar y a paso de jubilado artrítico. Ahora se ha dispuesto que a quienes aparquen mal -normalmente son descargadores que se las ven y se las desean para cumplir con su trabajo- se les imponga una multa de cien euros. ¡Cien euros! ¡Con qué facilidad jugamos con el dinero ajeno! ¿Piensa el alcalde que, para llegar a esa suma, la muchachita que le sirve el café o la cerveza en las cafeterías cercanas al Ayuntamiento, deberá trabajar trece horas aproximadamente?; ¿qué la esforzada cuidadora doméstica que algún día le asee, cuide y alimente necesitará -a tenor de los escasos ocho euros que gana a la hora- día y medio de currelo? ¿Cómo puede tolerar el ciudadano estas desproporciones?, ¿dejando de votar?
  • En cuanto al bidegorri, está muy bien, aunque hubiésemos preferido que el terreno utilizado al efecto se hubiese sustraído a la calzada, no a las aceras. Es lo que se hace en Europa. Por otro lado, estos carriles han producido un auténtico frenesí entre los ciclistas, los cuales circulan, rápidos y despreocupados, por aceras donde el peatón entrado en años se siente continuamente agredido. Quien esto escribe ha sido atropellado dos veces, y una, ¡qué gracia!, al salir de su portal, pues el hotentote que me cruzó, a todo gas y con el piñón del trece, circulaba a medio metro de los edificios. Y esto lo dice un hombre que ha pertenecido a varios equipos cicloturistas (Kalapie no, ¡Dios me libre!) en Donostia y en Palma de Mallorca, y que tiene en sus abductores cientos de kilómetros por carreteras secundarias. Pero, eso sí, nosotros jamás nos atrevimos a subirnos a las aceras. Eso quedaba para los peques y para alguna señorita pija y distraída.
  • Por otra parte, el problema de la circulación urbana lo remedia un reforzado sistema de autobuses a precios asequibles. A un cincuentón que debe ir a su trabajo con traje y corbata, dígale usted que se haga cinco o más kilómetros sudando la camiseta hasta llegar al laburo. ¿Y si nos llueve?; ¿es tan difícil que jarree en San Sebastián?... ¿Será esto la consecuencia del desmelenamiento por lo progre?
  • Lo curioso es que, según el Código Español de Circulación, ningún vehículo de dos, tres o cuatro ruedas puede circular por las aceras; su sitio natural está en la calzada. Lo doloroso, no obstante, es comprobar que las autonomías y los ayuntamientos han hecho caso omiso de esta norma básica, un ordenamiento que protegía la circulación libre de los peatones: los ciudadanos más indefensos.
  • Otro apriorismo de los propietarios de los velocípedos es que, si circulan por la calzada, “se la juegan”. Caramba, no es así. Entre los cicloturistas ha habido muertos, ya se sabe; pero bastantes más los hubo entre los usuarios del automóvil o del camión: transportistas, conductores de ambulancia, viajantes de comercio, ejecutivos, nocherniegos, etc. Por otra parte, todo deporte comporta riesgos. Hablamos de los montañeros, de los escaladores, de los guías de esquí, de quienes practican el la caza submarina o el buceo con botella, de los amantes del ultraligero, de los motoristas en general. Y si nos ceñimos a profesiones: ¿qué decir de pescadores, perceberos, albañiles, encofradores, electricistas, buzos, poceros, maquinistas, trabajadores de vías férreas, mineros, dinamiteros, cortadores de árboles, aserradores, ferrones, empleados en altos hornos, herreros, manipuladores de productos químicos, etc.?
  • En el donostiarra Paseo de la Concha, unas bandas rojas casi invisibles delimitan el camino por el que deben discurrir las bicicletas. En el suelo queda bien visible la señal de máxima velocidad: 10 o 5 kilómetros por hora. ¿Creen ustedes que alguien respeta esas señales? Dense una vuelta y, si llevan niños pequeños, no los suelten de la mano, pues ellos, en su inconsciencia, pueden escaparse de sus padres y cruzar la franja de peligro. Esto lo hemos visto todos y no es un sueño. En el Paseo de Francia, cualquier persona que salga por la parte arbolada corre riesgo de inmediato atropello, ya que el bidegorri se ha construido pegado a los muretes de las villas; y en ese punto, precisamente, el ciclista da rienda suelta a su fantasía de corredor en la Bicicleta Eibarresa. Pero junto al Paseo de Francia, en la parte central del puente de Santa Catalina, se construyó un hermoso bidegorri. ¡No lo coge nadie! ¿Ocurrirá lo mismo en las calles Birmingham y Segundo Ispizua? Lo veremos.
  • Por todo lo cual, sería conveniente -y muchos ciudadanos lo están requiriendo (no sólo Q.P)- que siguiesen construyéndose bidegorris hasta formar una red que cubriera toda la ciudad de San Sebastián; pero eso sí, se prohibiría terminantemente circular en bicicleta por las aceras, lugares que solamente deben ser transitadas por el peatón, el ser más débil. Si el ciclista debe apearse y llevar su bicicleta por el sillín o el manillar en su marcha por las aceras, estará muy bien, darán una lección de urbanidad y de buena educación.
  • En resumen: sí al bidegorri, no a la circulación de bicicletas, patines y sancheskis por las aceras. Todos ganaremos mucho. Y que no se nos moleste Kalapié, porque nosotros lo apoyamos, en su día, en la petición de carriles-bici. Ahora bien, este grupo debería exhortar a sus socios a que cumplieran las reglas que hemos expuesto y que mantenemos. Haciendo oídos sordos, no tardará en haber una pequeña guerra. Y a eso no debe prestarse nadie. Porque si a un automovilista se le multa con ciento treinta y cinco euros por dejar el coche en segunda fila, ¿qué sanción deberíamos aplicar al tipo que va dando bandazos por la acera con su armatoste? Ah, es que a éste no le caza nadie o, como nos dijo un municipal: “Denúnciele cuando cometa el atropello… ¡Ni Groucho!
  • Y pensamos que resulta bien triste, y casi nos espeluzna, tener que añorar, en este apartado, los lustros de la Dictadura. Pero yo recuerdo que, en las décadas del cuarenta al setenta, los guardias municipales (celadores) -salacot en la cabeza, pito estrepitoso- estaban fijos en todos los cruces de las calles. Tenía usted un problema, alzaba la mano y allá venía, solícito, el agente para ayudarlo en lo que fuera. Ahora, parapetados en sus automóviles, los guardias -o hertzainas- se dedican a circular en sus rondas de vigilancia. Eso sí: las sirenas nos retrotraen a las películas de tiros, al mejor Chicago. ¿Y nuestra seguridad?
  • Entre el zurriburri del Txikilicuatre (mejor: Chiquilicuatre/o) y el nuevo disco de Manolo García nos van a dar el final de mes. Menos mal que están los programas y series españolas de televisión -y los concursos, con el incombustible Sobera las más de las veces- para sumirnos en un auténtico marasmo intelectual. Pues nada chicos, mucho Orfidal, mucha aspirina y mucho Prozac; pero no los mezcléis, por favor.
  • Titular deportivo en el periódico Metro (19/5): El Sevilla golea al Athletic en su peor partido de la temporada. Pues si, jugando mal, les metieron cuatro, caso de jugar bien… Qué fácil hubiera sido decirlo así: “El Athletic, goleado por el Sevilla en su peor partido de la temporada”.
  • Oímos en la tele que el último trabajo de Rosario, la antaño simpática gitanilla, se ha hecho acreedor a un disco de oro. ¡Qué capacidad tenemos los españoles de comer de puchero!
  • El arma letal contra estos asesinos es la unión de todos, se lee, como titular principal, en el diario Noticias de Gipuzkoa (19/5) La unión ¿de quiénes? Suponemos que se refiere a los demócratas.
  • Nuestro pésame a los hinchas del Levante, Murcia y Zaragoza. La solución: hacer limpieza y pasar página.
  • En una cuento maravilloso de don Pío Baroja, el protagonista (un indiano) le dice a su compañero de romería: “Puede que sea esa tristeza que nos causan las alegrías de los demás”… Eso debieron de pensar los jugadores levantinos la otra noche, en el Bernabéu. Un aplauso para todos ellos.