lunes, 12 de mayo de 2008

AL HILO DE ....

Mar 3
# Al hilo de una polémica surgida poco ha en la televisión nacional, vamos a ver lo que dice la filóloga María Moliner del verbo “agredir”: 1/ “Atacar”, lanzarse contra alguien para causarle daño”. 2/ “Insultar”. Se emplea en la expresión: “agredir de palabra”. Además, este verbo sólo debe usarse, según las gramáticas, en aquellas formas que tienen en su desinencia la vocal “i”. Sin embargo, la Academia ya ha suprimido su carácter defectivo; de modo que podemos decir “agrede”, “agreden”, “agreda”.# Nos hemos referido algo más arriba al escritor Pérez Reverte y a su perplejidad ante ese lector tan atento, que no sabemos si te lee minuciosamente por admiración y generosidad o por sacarte las faltas y los colores. Admitamos, con franqueza, que a los escritores nos fastidian muchísimo las faltas que nos descubren en nuestro libro publicado, pues eso está muy bien en lo previo a la edición, no cuando ésta se realiza y, por consiguiente, es incorregible. Como botón de muestra les contaremos una pequeña anécdota de la que yo fui sujeto y víctima. (Por cierto, me apellido Aranguren y formo parte de Q.P.; de manera que, ya a calzón quitado, voy a emplear en lo sucesivo la primera persona.) Hace unos años, en Bilbao, presenté un libro de poesía. Acudió mucha gente y me hicieron elogios más o menos merecidos. Pero hete aquí que, al leer un poema en el cual aparecían una coliflor y un repollo, cierto invitado me reprochó que yo confundía ambos comestibles al entender que eran una misma cosa. Como esto sucedió en el bocho -cuna de grandes cocineros- me abstuve de replicar. Por otro lado, él llevaba razón. Yo, en mi ignorancia del mundo agrario, daba por semejantes ambas hortalizas. Juré, desde entonces, no probar jamás ninguna de las dos, y debo confesar que en mis pesadillas todavía me persiguen con obstinación ambas verduras, convertidas en auténticos cuachidiablos. Y a la zaga de la alucinación marchan también unas bellotas que, por mi desconocimiento de lo montaraz, he colgado recientemente, y en un verso, de un malhadado algarrobo… Viene esto a colación porque la voluntad de quienes hacemos Q.P. es aprender entre todos, divirtiéndonos, y nuestra caza de gazafatones o yerros la hacemos sin acritú, en la creencia de que todos, alguna vez, caemos en las trampas del lenguaje por falta de aplicación, prisa o desidia; nunca por desprecio ante una lengua tan hermosa como la que hablamos a diario. “Nada tiene derecho a ser perfecto”, dijo el ateniense; y nosotros, criaturas imperfectas y superficiales, lo rubricamos.# Un personaje poco afín a los vascos me dijo, en una ocasión, que el órgano preferido por éstos no era el cerebro, sino el estómago. No quise creerle, pero sí es verdad que lo culinario o gastronómico ha ido adquiriendo entre nosotros una presencia capital. (Puede que sea por nuestra afición al buen yantar, patente en las innumerables sociedades gastronómicas del país.) También se dice, con algo de machaconería, que nuestra cocina se halla entre las mejores del mundo; doctores tiene la Iglesia para comprobarlo, pero recelo de las determinaciones rigurosas. Lo indiscutible e innegable es el hecho de que, en la cúspide de la pirámide social y de la estima de las gentes, el cocinero -el buen maestro de fogones- aparece muy bien acomodado. Y uno piensa en aquellos países que presumen de sus hombres y mujeres más destacados enalteciéndolos: científicos, investigadores, intelectuales, artistas, catedráticos, etc. Nosotros, algo al margen, nos jactamos del elenco de cocineros que llevan nuestro sello y señas de identidad por ahí afuera… Yo declino cualquier comentario a favor o en contra de lo expuesto -no sea que me lo tomen a mal-, pero quizás don Pío Baroja llevaba su buen parte de razón…