lunes, 12 de mayo de 2008

COLABORACIÓN - El poste de la electra (II)

Abr 15
-Manué es périto en arte -anunció Tinin-. Nadie como él conoce los calvarios renacentistas del dieciséis y las obras de Juan de Juni y de Hernando de la Nestosa.
-¿Qué dice? -exclamó maravillado el teniente.
-De nacer franchute -escupió Tinín al suelo, mostrando sin reparos su desprecio por los vecinos del norte- sería licenciado por la Sorbona y profesor emérito. Pero aquí es analfabeto y tocaor. Pero nadie como él para echarle el ojo a una cosa antigua y de importancia.
-Y a la Milagrosa el valor ni se le supone -dijo Manué.
-Es más falsa que los reyes magos -aseguró Tinín.
-¿Está seguro?
Asintió con la cabeza. Manué ajustó los trastes y atacó la guitarra.
María es la mare de Jesús
Y la dueña de mi doló
Luego dijo:
-Lo único de valor de todo Tamarón es la cerraja. ¿Se la han llevado?
-No -confesó el teniente.
-Entonces, no es cosa profesional.
-Acudan por si acaso al señor Acosta -indicó Tinín-, que trapichea y negocia trueques con gente aficionada y de baja condición.
Esta vez había sido diferente. Esta vez Mediobotón había entrado custodiado en el cuartelillo, como un malhechor, con las manos atrás y el paso vacilante. Las otras veces, cuando algún subsecretario o algún funcionario principal o hasta el mismísimo gobernador se asomaban para asustar a las codornices y aturdir a las polladas de perdiz, recibía el recado: te vienes con lo puesto, aseado y con el cepillo de dientes. Entonces le esperaba siempre Rosa a la salida y la cogían buena. Incluso los guardias le despedían en ocasiones con una botella de coñac barato, sobras de la navidad anterior. Mediobotón se cuadraba entonces muy firme ante la bandera. Y los guardias se reían. Le decían: aprovecha, que el próximo sábado de nuevo te toca cagar en estas mismas letrinas. Entonces él se encogía de hombros. Y decía: os quiero. El comandante de puesto le decía entonces: con tus antecedentes, capullo, nos vas a querer de por vida.
Ésta vez no recordaba cómo había salido. Sólo cómo había entrado. Y que Rosa no estaba allí. Y Rosa nunca jamás antes le había fallado. Ni siquiera cuando regresó aquella vez de la cárcel, tan gris y chupado. Volvía contento porque allí la gente era mala, muy mala. No le querían. Se birlaban de sus andares, de sus manos bastas y peludas. Mala. La gente mala. Mediobotón, bueno. Aunque tuviera el pronto difícil, Mediobotón bueno. Casi un santo. Aunque con el mal beber apedreaba gatos y cristales o hacía aspavientos graciosos delante de las viejas u orinaba las avenas. Mediobotón, bueno. Cojonudo. Besitos en la boca y tal. Rosa se levantó las faldas aquel día nada más verle y le dijo: mete aquí la cabeza. Mediobotón metió allí su cabeza y tardó un buen rato en sacarla. Rosa se reía mucho, porque quería volar como su fuera una avutarda torpe o una pigaza gorda y barbada. Iba aleteando las manos, subiéndose y bajándose las faldas, enseñando las pantorras blancas. Y daba vueltas y vueltas, y las estrellas bailaban gozosas con ella. Mediobotón buscó algo allá dentro, ji, ji. Y a veces lo encontraba. Y todo el mundo se volvía feliz. Y él era feliz.
Muy feliz.
Como nunca.
Aquella vez fueron seis las botellas. Seis. Como seis toros de Miura. Seis botellas, seis, seis, sonrió, como seis hermosos soles. Seis. Seis. Tremendo. Casi nada. Como debe ser. Ya. Eso.
Como soporte de sus nalgas durante los desplazamientos en el Land-Rover, el cabo de la Benemérita hacía uso de una cámara bien inflada extraída de una rueda de automóvil. Esto le permitía portar el ano bien alto, en un trono de aire, indiferente a los traquetreos y a los baches.
En los momentos de máximo dolor juraba para sus adentros que acabaría en cualquier instante con aquella pesadilla. Su mujer, que le temía tanto por los zurriagazos como por su pronto difícil, pensaba que el muy bruto se iba a calentar el trasero con un fogonazo. Pero hablaba él de despatarrarse como las parturientas. Aunque le molestaba tener que enseñar el culo, culo, culo de cabo de la Guardia Civil, de casi comandante de puesto a una de esas estúpidas jovencitas enfermeras o médicas de carrera recién terminada. Culo de autoridad. Blanco, granoso, respetable.
Ese dolor insultante le había disminuido el espíritu fogoso. Llevaba ya meses sin engrasar la pistola. Quizás estaba adquiriendo la madurez del vino viejo. Y le empezaba a pesar el sentido del ridículo.
-Soy un Configurador de Espacios Vitales -recalcó el señor Acosta con el orgullo evidente de todo buen profesional-. Un Ce, e, uve. Digamos que mi trabajo contiene una parte estimable de sicología, otra de mística y, por supuesto, una muy amplia de artista y de conocimientos profundos de la realidad. Llamarme decorador es una ofensa que no soporto ¡Decorador! ¡Soy un Configurador de Espacios Vitales! Y para eso uno ha de ser experto en humanidades, en filosofía, en historia, en manifestaciones de las fuerzas telúricas, además de dominar la difícil ciencia de las antigüedades y de los muebles de ocasión. Somos energía. ¡Todo es energía! ¡El mundo es energía! Hay que saber conjugar la fuerza de los siete metales, medir la intensidad del Norte, estudiar las fases de la Luna. Y soportar la ironía de los incultos.
El lugar parecía un zoco árabe con los artículos desparramados en estudiado desorden. Un caballo balancín, de cartón duro, con la crin natural, aguardaba al fondo junto a un cubilote de barquillero con la ruleta rota. Cinco muñecas antiguas, con caritas de porcelana, sonrosadas y limpias, soportaban en el anaquel el cortejo de un arlequín de trapo y antifaz, mientras un gato disecado acechaba en silencio el vuelo majestuoso de dos mariposas de papel. Candelabros dorados, palmatorias, lámparas de techo llorando de sus brazos de araña gruesos lagrimones de cristal, reposteros de fieltro, bacines, jofainas, caretas de cabezudo, angelitos de escayola, gargantillas de plata, consolas de caoba, sillas de paja. Sobre la chimenea de mármol, de rejilla de purpurina, dos pistolones de mecha, recuerdos de viejo bucanero, escoltaban la marina de aguas tenebrosas, con las gigantescas olas verdes engullendo la insignificante falúa de madera.
Vestido rigurosamente de oscuro, traje y corbata, con la cara pálida y los ojos miopes, el señor Acosta jugueteaba nervioso con el espectacular solitario que lucía en el anular de la mano izquierda. Carraspeó unos segundos y dijo:
-Cuando un escultor cincela un trozo de piedra, ahí quedan para siempre rasgos de su ánima inquieta. Cuando yo configuro un espacio, sé hasta qué punto condiciono la existencia de quien vaya a disfrutar de ese mi entorno creativo. Por eso trabajo el detalle con esmero y analizo. Pienso, estudio, analizo. ¡Un error mío puede conducir al suicidio mental a una persona cuerda. La mitad de las migrañas son producto de las malas orientaciones de los edificios. ¡Imagínese que responsabilidad tan enorme! A alguien depresivo le configuro espacios en rosa, al vitalista rojos eléctricos, al insensible verdes botella, grises de tormenta. Al melancólico, tonalidades sepia, suspiros, recuerdos de infancia.
-Al grano -terció en cabo, cansado de tanta palabrería-. Háblenos de la Milagrona.El señor Acosta le miró a los ojos.
-La Milagrona, ya -pareció dudar unos instantes-. En concreto, ¿qué es lo que desean saber?
-Que si la tiene usted y a quién se la ha comprado y cuál es su verdadero valor material.
-A la primera pregunta, respondo no. A la segunda, respondo que a nadie. Y a la tercera, pregunto: ¿se refiere a lo que pueden obtener los ladrones de un perista?
-Exacto.
-Depende.
-¿Depende de qué?
-Del mercado de destino.
El señor Acosta se perdió tras la cortinilla de terciopelo que daba paso al reservado. Luego de unos segundos regresó con un voluminoso álbum que colocó encima del pequeño mostrador, junto al pinchapapeles y la calculadora. Y añadió-: Les ruego la máxima discreción. Ustedes son la autoridad y a mí me gusta colaborar con la autoridad. Tengo los papeles en regla. Lo que les voy a decir y mostrar agradézcanselo a la honorable familia de los Tinines a quienes debo grandes localizaciones filatélicas y numismáticas.
-¿Qué dice? -se sorprendió visiblemente el teniente.
-Los Tinines -anunció solemnemente el señor Acosta- son egregios benefactores y altruistas donantes de sangre. ¿No lo sabían?
-Desde luego que no -dijo el teniente sin poder dar crédito a lo oído.
El señor Acosta destapó con cierto misterio el álbum. Hoja a hoja, fue pasando las distintas fotografías de las imágenes marianas perfectamente plastificadas. Extrajo una en concreto y la mostró:
-He aquí la Milagrona.
La Virgen tenía un desconsuelo visible estampado en sus dos ojos acuosos, grandes.
-Parece mirada de cansancio -dijo el teniente tras contemplarla con emoción.
-Efectivamente -dijo el señor Acosta-. Es usted muy perspicaz. Las vírgenes, a excepción naturalmente de las representaciones dolorosas, tienen una mirada entre vacía y esperanzada, que se manifiesta alegre cuando portan al Niño. La Milagrona es una excepción. La infinita tristura de esos ojos que buscan al Niño es sobrecogedora. Encierran un patetismo del que no puedo uno substraerse fácilmente. Es una Virgen de secano, de pueblo oprimido, de dolor y angustia. ¿Cuándo se ha visto llorar a una madre que toma entre sus brazos a su hijo recién nacido? La Milagrona. Esa es su singularidad.
-El Niño es feo de cojones -se le escapó al cabo de repente.
-Esa es otra singularidad -dijo el señor Acosta.
-Supongo que eso es lo que hace que su precio se dispare entre los coleccionistas desaprensivos -dijo el teniente satisfecho de descubrir el móvil aparente del robo.-
Probablemente, si estuviera en venta o fuera fácil su sustracción.
-¿Qué me dice usted?
-Que la talla que ustedes persiguen es una burda imitación. La original se encuentra a buen recaudo en el museo diocesano.
-¿Está usted seguro?
El señor Acosta los miró con cierta suficiencia. Hizo un gesto con la mano.
-Síganme -les dijo.
Pasaron a la trastienda.
-Es mi pequeño secreto -confesó casi en un susurro el señor Acosta mostrándoles su colección privada de tallas marianas-, mi afición prohibida. Paso muchas horas en silencio contemplando tanta belleza. Y pienso entonces en los miles de esperanzas depositadas en estas imágenes por el pueblo sencillo. ¡Cuántas promesas, cuántas ansias de regeneración, cuánto dolor, cuántas oraciones y sacrificios! ¡Cuánto misterio y zozobra! Si se decidieran un día a hablar estas vírgenes cambiaría nuestro concepto del mundo. Descubriríamos que en el fondo íntimo de las personas, sea cual sea su condición y poder, hay espacio siempre para la ternura.
-¿Son auténticas? -preguntó el teniente.
-En la medida de lo posible, señor. Esta que ven ustedes aquí -el señor Acosta señaló una talla de madera en la que la carcoma había corrompido la mano tendida de la Virgen, difuminando al mismo tiempo los matices azules y rojos de su vestidura original- corresponde al siglo quince. Es francesa y su precio de mercado ronda los cuatro millones de pesetas. La recuperé por doce mil en la cuesta de Moyano madrileña.
Enfrente, en la otra pared, el Niño estaba sentado sobre el brazo izquierdo de su madre con los ojos revivos mirando al infinito. En su mano derecha, la Virgen mostraba una manzana brillante, como si hubiera sido recientemente embetunada.El teniente miró con curiosidad la imagen.
-¿Puedo? -preguntó tímidamente.
-Por supuesto -condescendió el señor Acosta.
El guardia se acercó a la balda y tomó con delicadeza la talla de madera. Hizo un amago de querer besar la carita redonda del Niño, pero se retiró instintivamente.
-¡La manzana está podrida! -exclamó algo confundido.
Nuestra Señora del Podrido Manzano -aclaró con suficiencia el señor Acosta-. Completísimo trabajo de teología. La manzana representa la riqueza, el mundo de oropeles, la vanidad, la confusión de las pompas y solemnidades. Es el castillo que oculta la miseria del diablo, representado por ese gusano que asoma indolente su cabeza. Pero la Virgen, y esto es lo hermoso de la lección, vivifica por su intercesión el mundo corrompido, expulsando para siempre al demonio.
Hizo una pequeña pausa y añadió:
-La rescaté por casualidad de las manos de un sacristán que pretendía venderla a un turista norteamericano, junto con un arcón de piedra del doce y una pica de Flandes. Mil dólares el lote completo. Una vergüenza. Cuando la Iglesia española se recupere financieramente de la última visita del Papa, reanudaré las conversaciones para su reventa.
La talla contigua representaba a una Virgen niña, una muñeca de piedra, diminuta y frágil.
-Pertenece a un convento de León. La tengo en prenda de un préstamo todavía no vencido.
¿También eso? -preguntó el teniente.
-También -dijo-. A pesar de lo austero de la vida monacal hay unas obligaciones elementales que satisfacer y eso las pobres monjas no pueden suplirlo con voluntad y esperanza: desgraciadamente todo tiene hoy un precio. Volviendo a lo que nos ocupa, les diré que la oferta de bienes de la Iglesia es tan escandalosa en este país mariano que no hay dinero suficiente para devolver a su sitio a todas las tallas robadas. A veces, y bien que lo siento, debo conformarme simplemente con tasarlas, y poner en antecedentes a sus dueños legítimos, de conocerlos, lo que tampoco es tarea fácil. Si éstos se desinteresan del asunto, intento entonces la puja, con la pretensión de tomarlas en depósito, hasta que un convento o un museo diocesano o el mismo arzobispado estén en disposición de adquirirlas. Lo tremendo es que muchas veces son ellos mismos quienes pretenden malvenderlas, confundiendo el mercado.
-¡Esa es una acusación muy grave!
-La Iglesia es pobre, amigos míos -dijo el señor Acosta, como justificando la crudeza de sus palabras anteriores-, y su mantenimiento costoso. No basta con la crucecita en el impuesto sobre la renta para cubrir sus necesidades de subsistencia. Yo soy proveedor y cliente de la Iglesia. Y como devoto profundo de la Virgen y profesional, me molesta esa chapuza sacrílega efectuada con la Milagrona. Les agradeceré prosigan con su investigación. Estoy muy interesado en conocer su final. Desconozco quién o quiénes han intervenido en el asunto, aunque pienso que se trata de aprendices, de gente miserable, que terminará abandonando la imagen, si no lo han hecho ya, en cualquier escombrera.
Moría la cuesta en un edificio medio derruido, fantasmal. Era el almacén de Los Traperos. Los Traperos salían todas las noches a revolver la mierda de las basuras. Cargaban sus viejas furgonetas, metían una bulla increíble y se largaban. Habían dejado de revolver cajones para no vérselas con los gitanos y los mendigos. Los Traperos tenían una pizca más de clase. Eran recogedores selectivos. Incluso se anunciaban en el periódico. Se hacían con lo sobrante, desde dormitorios hasta máquinas de coser, electrodomésticos en uso y desuso, libros, trapos, archivadores, armarios. Arramplaban con todo y luego lo exponían en su almacén.Un letrero colgaba de una estaca: “Bentas”. Siguieron la indicación de la flecha. Un individuo metido dentro de una pecera tecleaba con furia delante de un ordenador. El cabo le hizo gestos, pero el tipo ni se inmutó, concentrado como estaba en conseguir acertar con la letra correspondiente.
El cabo abrió la puerta.
-Oiga -dijo-, ¿es usted Tobías?
-No.
El cabo insistió:
-¿Sabe dónde está?
-Por ahí -dijo el otro entre dientes, exteriorizando sus ganas de que no le molestaran.
Aquello era un desastre. Trapos, papeles, neveras, cocinas, mesas, puertas, armarios se apilaban a diestro y siniestro. Una cuadrilla de malcarados pedían precio a un tipo cetrino y muy delgado que parecía tener algún mando. Los malcarados decían siete y el otro siete cincuenta. Ocho, pues ocho veinticinco. Se llevaban a la brava el armario y el otro se lo retenía. Una de las malcaradas, vestida con un montón de faldas oscuras y un pañuelo negro cubriéndole la cabeza, extendió la palma de la mano hacia el teniente.
Con cierta aprensión éste le dio un céntimo.
-Coño, señorito, mucho no es -dijo la pedigüeña.
-Es que no tengo más -se disculpó avergonzado el teniente.
-¡Un céntimo! -dijo con descaro la mujer-. Con las sobras me tomaré un café.
Otro de los malcarados se volvió al oírla. Era delgado, fibroso, con el pelo ensortijado y la cintura estrecha. Dijo al cabo:
-¿Es usted el párroco?
El cabo se retiró un palmo, pero la malcarada dio un paso hacia delante y se le acercó ganándole el sitio.
-¡Ése nos ha dado un céntimo!
-¿Seguro que no es usted el párroco?
-No, coño.
-¿Qué se habrá creído? -dijo la pedigüeña ofendida-. ¡Hay que tener cojones! ¡Mira que darnos un céntimo!
-Lo siento -se disculpó el teniente.
-¡Un céntimo y encima tampoco es usted el párroco! -dijo la mujer antes de retirarse.Todos los muebles y enseres llevaban colgado un cartelito con su precio correspondiente. El teniente se fijó en un comedor labrado, que parecía de nogal o de madera de calidad. El rostro noble y enjuto de Don Quijote estaba esculpido en las puertas del aparador. Ocho sillas de terciopelo ya en mal uso rodeaban a la mesa.
Dos monjas pasaron a su lado.
El cabo dijo:
-¿Qué llevan ustedes?
Una de las monjas mostró un crucifijo de nácar.
-¿De dónde lo ha cogido? -les preguntó.
-De ahí -dijeron las monjas señalando una habitación.
La habitación estaba dedicada a cosas de iglesia. Había casullas, candelabros, hisopos, cuadros deteriorados, cálices abollados, patenas, cíngulos, jarrones y misales.
El teniente llamó al que hacía de encargado.
-¿Es usted Tobías?
-A mandar -dijo éste.
-Tienen ustedes mucho género y parece que en condiciones.
-Todo lo nuestro es legal -dijo a la defensiva el hombre-. Ya lo ven. Lo que sobra a unos falta a otros. Lo que es mierda para unos resulta comida para otros. Es así la vida. ¿Traen ustedes orden de registro?
-Venimos por información.
-Pues dígame qué se les ofrece que ando un poco deprisa.
-Buscamos una Virgen.
-¡Anda! ¡Y yo!
-Una talla mariana.
¿Ha mirado por ahí?
Si pero no encontramos nada.
-Pues entonces es que llegan tarde. Hay temporadas en que tenemos surtido. Va por rachas, ¿saben? Lo mismo un género nos dura un año que unas horas. De todas formas, esta mañana teníamos una Virgen. Muy estropeada la pobre, y enmierdada por la basura. La hemos adecentado con cariño. Pero si ya no está es que se la han llevado.
-¿Recuerda cómo era?
-Todas son iguales, ¿no? Yo las confundo. No sé además por qué hay tantas. ¿Ustedes creen de verdad que son necesarias tantas vírgenes? ¿Quieren que les confiese una cosa? ¡Hace una eternidad que no piso una iglesia!
-¿Tenía alguna característica especial?
-Déjenme que lo piense. ¿Les gusta esa mesa? -el teniente asintió-. Se la dejo en seis euros. En cinco también. Veamos. Sí, el Niño. Jodé qué niño más feo. Eso es lo que dije. Sí, señor, feo de cojones.
-¿No sabe quién la ha comprado?
-No.
-¿Y en dónde la recogieron?
-Pues ni puta idea.
-Me gusta ese comedor -dijo tras una pausa el teniente.
-Siento no poderles ser de utilidad. Y además, ese comedor ya está vendido.
Rosa estaba fofa, casi redonda. Tenía andares plomizos y el pelo grasiento le caía largo y desordenado. Rondaba esa edad en que los años se descuentan. Su aspecto desagradaba, con buena parte de la dentadura a faltar. Empujó con violencia al teniente cuando éste intentaba penetrar en la casona donde acababa de refugiarse Mediobotón.-No lo vuelvas a hacer -amenazó el teniente muy molesto.Rosa se puso en cruz delante de la puerta.-A ver quién es el guapo que me mueve -dijo.-Quítate de ahí, Rosa -le dijo el cabo con un evidente cansancio enla forma de soltar las palabras.-No me da la gana.-No me jodas, no me jodas -dijo el cabo.-Eso tú a mí -dijo Rosa- si es que todavía se te levanta.-No me tientes, no me tientes.-¡No he hecho nada malo! -gritaba desconsolado Mediobotón desde dentro de la casa.El cabo le dijo a gritos:-¿Me conoces, no? Ya sabes que tengo mala hostia. Baja antes de que me toques los cojones.-¡No he hecho nada malo!-Has robado la Virgen, mamonazo.-¡Yo no he sido!-¡Claro que has sido tú!-Te digo que no.-¿Dónde pasaste entonces la noche?-Díselo tú, Rosa.-Me hizo tres polvos y se durmió -dijo Rosa, mostrando de nuevo su boca desdentada y vieja.-¡Anda ya! -dijo el cabo.-¿Qué pasa? -protestó insolente Rosa-. ¿Crees que no puede? ¿Crees que es como tú?-¡Fueron tres, lo juro! -gritó Mediobotón.-Aprovechaste la noche para robar la Virgen.-¡No! -gritó Mediobotón.-Como aquella otra vez en que también de noche degollaste un cordero.-¡No!-¿A quién se la has vendido?-¡No he sido yo!-¿Quién ha sido entonces?-¡No lo sé!-Si no has sido tú, algo tienes que ver en ello.-Te juro que no.-¿Y quieres que te crea?-Sí.El cabo se medio sentó en el parachoques del Land-Rover.-Está bien, te creo. Baja de una puta vez.-¡Sube a por mí si te atreves! -se engalló entonces Mediobotón.-Mira, Mediobotón, que me estás hinchando los cojones.El teniente dijo:-Hay que activar el asunto, que ya se hace tarde.Luego, haciendo bocina con las manos se dirigió a la casa.-¿Está usted todavía ahí?-Sí, cojones.-Pues aquí hay dos periodistas que le quieren una interviú.-Yo no sé leer -dijo Mediobotón, interesado.-Es igual, ahora van y le enseñan.-¡Pero ojito! -amenazó Mediobotón-. ¡Que sólo venga uno! ¡Y que sepa que al menor descuido le pincho!El teniente dijo:-Vaya usted. Y tráigamelo entero, que ya le haremos hablar en el cuartelillo.El cabo se ajustó bien el pistolón. Y se fue andando despacio, con el escozor dentro.Mediobotón le recibió con la horca por delante. Dijo:-Tú no eres periodista.-Ni puta falta que hace. Calla y sígueme.Parecía un demonio canijo, como si hubiera encogido todavía más. El cabo le sacaba la cabeza. Feo, con el pelo acerado y cortado casi al ras, la piel grisácea, porosa. Las narices anchas, las manos bastas y los brazos velludos.Dejó caer vencido la horcadilla y dijo:-A mi padre le aserraron los cuernos al meterlo en el ataúd.Y se puso a llorar.Don Marcelino tenía fama de cura rebelde, a pesar de sus años. Afirmaba doctoralmente que las nuevas iglesias eran apeaderos de viejos aburridos y de madres de llorones de guardería. Ni un cuadro decente adornando las paredes. Pinturas abstractas o cosas así en las que podría descubrirse con un poco de suerte el pliegue de una capa azul pero nunca la sonrisa salvadora de la Virgen. Y donde los cálices de artistas orfebres estaban siendo substituidos por cuencos, conchas, bacines, diseños modernistas de los que acababan de descubrir la importancia de abrevar en el pilón. Le encontraron en la casa parroquial.Setenta años o setenta siglos. Tenía un bulto oscuro en la cara y unos pelillos díscolos se le asomaban por la nariz y orejas. La sotana se le abombaba a la altura de la tripa, como si un globo espeso y oscuro se le hubiera colada por debajo.-La Milagrona es una Virgen de mucha devoción -dijo el sacerdote.-Eso tenemos entendido.-En realidad toda Castilla. Bueno, en realidad toda España. Porque España es un país mariano. Pero la Milagrona parece que cuenta con algo especial.-El carisma -dijo el teniente.El sacerdote le miró sorprendido.-Algo así -dijo sin demasiada convicción.El teniente dijo de repente:-Lo sabemos todo.El sacerdote se asustó.-¿Qué es lo que saben? ¿Qué pasa? ¿Sucede algo en especial?-Sabemos que la talla es falsa -dijo el teniente.-¿Qué talla?-La que se ofrece al culto en Tamarón.-Naturalmente -respiró tranquilizado el sacerdote. La Iglesia debe defenderse de los expoliadores, sean políticos, ladrones o de los mismos eclesiásticos. Nosotros mismos, en nuestros propios talleres nos encargamos de preparar unas copias casi perfectas.-¿Pero y el pueblo? -dijo el cabo.-Amigos míos, el sentimiento religioso no sufre merma alguna con eso. La devoción es la devoción.-Sí, sí -convino el teniente-, pero un vaso de agua no es un vaso de leche.El sacerdote fijó su mirada en los ojos del teniente.-Así que han entrado en la ermita de Tamarón sin dañar la cerraja.-Eso mismo.-Y se han llevado la Virgen. ¿Y la cerraja?-La han dejado allí.El sacerdote pareció derrumbarse. Luego se repuso. Y confesó:-Paquito es un maricón. Le tuve de alumno en el seminario y les juro que es un auténtico mariconazo. La Milagrona de Tamarón claro que es falsa, más falsa que los judíos conversos que guardaban el saabath. Y eso paquito lo sabe. Es una política del episcopado. Intentamos que todo lo de algún valor descanse en el museo. Por seguridad, ¿lo entienden?-Sí. Pero entonces, ¿por qué han robado la talla?-Por notoriedad. Por afán de llamar la atención. ¿Por qué va a ser si no? La gente a veces hace cosas estúpidas.Pero el poste no se había ido todavía. Le retaba cínicamente. Mediobotón encontró en el bolsillo un mendrugo de pan. Duro como una roca. Lo mojaría más tarde. Sería su única comida.Se puso de nuevo vientre arriba. Era inmenso el zanco aquel. Si le daba por crecer, pronto alcanzaría el cielo. Una golondrina se posó en el cable. Quita, boba. Intentó Mediobotón el lanzamiento de una piedra liviana. Pero la golondrina seguía arriba, atrapada por la gigantesca araña peluda. Luego, se posó otra. Y otra. Y otra. Y muchas más. Y se quedan quietas, atontadas. Mediobotón, que había desenterrado puercos afectados de peste para comérselos y cazado gatos a tirabeque, jamás hubiera sido capaz de enfriar los cuerpecillos de aquellos pájaros. Porque la golondrina es el ave encargada por Dios para extraer las espinas del Cristo.Pero la cosa aquella las iba atrapando con engaño. Vorazmente. Pobrecitas. Una, dos, un ciento. Lo comprendió en seguida: la colgadura era una trampa mortal de los hombres enanos. Y había tantas. Había tantos zancos que a Cristo le dolerían las espinas por siempre.No quedaría ni un solo pájaro. Ya no habría trinos ni amaneceres. Y al Cristo jamás le cicatrizarían las heridas.Mediobotón dejó a un lado la botella vacía y el mendrugo de pan. Se incorporó confundido, lentamente, con esfuerzo.Todavía le dolía la cabeza. Todavía le dolía el cuerpo.Recordó de repente el calabozo, la habitación oscura, la sucesión de golpes. Él no había sido. Él no había hecho nada. Le habían pegado hasta perder el conocimiento. Le habían vaciado la botella de anís en la cabeza.Tenía los brazos amoratados de tanto intentar protegerse. Herida la garganta. Los labios sanguinolentos. Grandes moretones en las nalgas. El rostro enrojecido, como si le hubieran lijado la piel,Miró de nuevo hacia arriba.El poste estaba allí, atrapando a las golondrinas del Cristo. Pero Mediobotón también estaba allí y Mediobotón lo impediría. Por sus cojones.Se puso de nuevo en pie. Y se agarró al poste. Y a duras penas empezó a trepar intentando ahuyentar con sus gritos y con sus aspavientos a los pobres pajaritos. Taparon su cuerpo electrocutado con una manta.Don Francisco, Paquito lo que tú vales, besó la estola antes de colocársela. Luego, concluida la bendición, dijo:-Tenía que morir así el desgraciado. Lejos del pensamiento de Dios. ===