lunes, 12 de mayo de 2008

EL ESTILO LO ES TODO


Mar 3
Venía a recoger algunas cosas que se había dejado hacía un año. Un impermeable rojo, una depiladora inexistente y un par de zapatillas trituradas por Suerte cuando aún no era un cachorro. ¿Ahora tenía un perro? Era bonito. Y no le molestaba (o lo disimulaba con pericia) el fuerte olor a perro que despedía su perro. Tampoco parecía que el rottweiler desconfiase de ella. La había dejado entrar en el recibidor y había olfateado sus zapatos. Luego lamió sus medias empapadas de lluvia. Durante unos minutos (tal vez unos segundos) se quedaron los tres en el recibidor. Tuvo tiempo de sobra, en todo caso, para verificar avergonzado que ella seguía llevando en su dedo anular la alianza de boda. Se introdujo una mano en el bolsillo y la invitó a pasar. Y ella avanzó con paso decidido por el largo pasillo, con Suerte en sus talones.
De la vida me acuerdo, pero dónde está. Otro verso de Jaime Gil de Biedma que solía recordar a menudo y que de pronto, doce meses después de su divorcio, encontraba respuesta. La vida estaba allí, húmeda y palpitante en el recibidor, recién llegada. El destino, se dijo, le había reservado una segunda oportunidad.
El impermeable rojo no quiso aparecer. Y seguía lloviendo cada vez con más fuerza. La suciedad del piso sirvió para redondear el argumento. Ella ese quedaría en casa para limpiar un poco y restaurar el orden en aquel caos de latas de cerveza abolladas, bolas de pienso rancias y diarios atrasados. Era lo que esperaba. Por una vez la suerte le sonreía y todo iba saliendo, como suele decirse, a pedir de boca. El futuro, por fin, era posible. Un futuro con ella y con Suerte. Los tres juntos, ellos dos y el rottweiler, formando una familia.
Aquella misma noche, sin embargo, discutieron por Suerte, La casa estaba limpia, pero el perro apestaba a perro sucio. Había que bañarlo, dijo ella. ¿No sabía que los perros son igual que los niños? Lo sabía. Enemigos del agua por definición. Pero había que bañarlo. A los niños también se les bañaba. Un rottweiler podía ser un perro peligroso. Podía devorar a un niño grande en un par de minutos, destrozar a un adulto en poco más. Existían precedentes. Daba igual. Había que bañarlo. No tuvo más remedio que ceder.Ella entró con el perro en el cuarto de baño. Él se quedó esperando en el pasillo durante unos minutos infinitos. La suerte estaba echada, eso es lo que pensó mientras hacía su pequeño equipaje. Antes de amanecer abandonó la casa.

José Fernández de la Sota: Suerte de perro y otras historias (Algaida Editores, 2005, Colección Calembé, Excmo. Ayuntamiento de Cádiz, 184 páginas).