El Festival de Cine de San Sebastián abrió sus puertas hace dos semanas más o menos. El día de la inauguración, en el remozado Teatro Victoria Eugenia, pudimos presenciar los actos preliminares. Vimos después a Allen Stewart Konigsberg (llamado Woody), tan menguadito, el pobre; a Antonio Banderas, simpático, sencillo y siempre contenido, y a otras estrellas más.
También llegó Javier Bardem, con su cara de primitivo, y con su madre. Sonaban pelotazos de goma cuando los ilustres penetraron en el recinto, pero a quienes se han prestado voluntarios/as a defender los puentes de Mostar y de Bagdad, seguro que no les ha afectado en nada.
Se ha dicho en los medios que este Bardem va a destinar el importe de su premio: 30.000 euros, a la ayuda de los saharauis. Un aplauso, feo; que cunda tu ejemplo.
Penélope no viene. Está liada la bella. Francamente, no sé a quien puede seducir esa carita sosa de morritos saltones, y su cuerpecito siempre en pose. Uno se acuerda de las viejas diosas; de la Bacall, de la Moreau, de Rita Hayworth, de Ava Gardner, de Jane Fonda, de la Monroe o de aquel portento de chica que ha sido y es Claudia Cardinale, y se nos caen los palos del sombrajo. Pero el rostro posmoderno de P mola. Mola mazo.
Menos mal que viene, ¡ay!, Meryl.
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