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domingo, 14 de diciembre de 2008

J.G.Aranguren : "Diciembre"

       Dijo el poeta:

       - Diciembre pintado sobre vidrios;

    no es bueno

    este sol de matacabritillas.

    El aire hace y deshace

    las alamedas en blanco y sepia, de tweed. -

 

       Diciembre también es el mes preferido por los niños. Llegan las Navidades y todo se hace más familiar y más tierno. Para los “paganos”, ahí está la noche vieja, con sus desenfrenos y desbordamientos. Pero a mí, lo que más me toca el sentimiento es la fiesta de los santos inocentes; porque el mundo, por algún fatal designio, gira y se engrasa con el sudor y, en muchas ocasiones, la sangre y la miseria del inocente. Todavía quedan en el mundo muchos Herodes poderosos que se abalanzan sobre los demás tan sólo para su propio medro, para sus reprobables ambiciones.

       Ah, y es el mes de las alegres modistillas. En su día, yo las solía ver por las calles de mi ciudad riéndose y alborotando un poquito. Descaraditas, maliciosas, encantadoras.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Jorge Aranguren :"Desde el aire ....."

 

Desde el aire, mirando hacia babor porque el avión siempre vira un poquito a la derecha de la Dragonera, se la ve grande y pardusca, emborronada de nubes que llegan hasta nosotros desde el norte y su dentadura pétrea, guatas que van corriendo la Tramontana. Con los primeros días de primavera se vuelve algo más verde, se hace lunareja de olivos y algarrobos, perdida ya la exigua y arrebatada nieve de los almendros -de nata débil, como cantara Miguel Hernández: buen hortelano en el aéreo huerto de la palabra-; perdida, digo, su nieve hasta otros años. Parece la isla de Mallorca una gran piedra lunar, una piedra fermentada y dulce, llena de brotes y de rumores subterráneos. Bajo el avión, su perfil de cabrita, o de caballo que apuntalara con sus orejas los caminos altos de Formentor y soportase entre las crines la media luna de Alcúdia, afiánzase por el largo y total hilo de espuma que la circunda dándole consistencia. Así, de semejante guisa la dibujábamos nosotros en el colegio, con azul turquesa todo alrededor, para pasar luego la goma blanda por el borde y simular el límite de los rompientes. Ésta es la isla, brillando al mediodía como en el sueño de Cortázar.

Las veintiañeras del vuelo de Madrid ponen la frente en las ventanillas y sonríen. Todo el macizo bloque de la isla se llena de grandes manchas frenéticas según las nubes pasan por encima de ella y por debajo de nosotros. Vamos a entrar en aquellos bajíos. Las chicas dan grititos con los baches del DC-9 en las térmicas; se ríen y están pálidas. El mistral y la tramontana (los dos viejos predadores disputándose su presa) les van a gastar la primera broma de bienvenida.

La otra isla queda lejos. Cuando yo la llamo así, mis interlocutores se sorprenden y piensan que les estoy tomando el pelo. Luego, alguno se interesa por el secreto, por esa clave que indudablemente yo poseo. Y les digo que sí, que Euskadi es una isla; una isla en la que uno ha vivido, padecido y gozado más de cincuenta años. Ahora queda lejos y, por el parte que se dibuja en los periódicos, con agua del oeste entrándose desde Saltacaballos, pasando por la bocana del Nervión y su vómito de arrabio, dejando atrás Lemóniz y su deuda con la historia, llegándose a la barra de Orio tras picar espuelas, invadiendo Donostia para susto de tamarindos y alegría de la vieja herrumbre que va paciendo pasito a paso las farolas modernistas -como globos de caramelo-, del puente del Kursaal. Ahora estará lloviendo en Donosti, sobre la playa desierta que pisaron un día, de mocitos mocosos, Arconada y Chillida y Savater y quizás mi llorado amigo el pintor Carlos Sanz. Y lloverá en el bocho bilbaíno y en la lejana Gasteiz. Y este remojón gallego, que unos dicen sirimiri y otros orvallo, y los más llovizna, se llegará hasta Hendaya y Biarritz, hasta las Landas. Mojará toda la isla: Euskadi entera.

Porque un país termina siendo lo que quiere ser, si lo quiere de corazón; y en este caso es bien cierto que la voluntad de insularidad nació a la vez que nació Euskadi. Y con Euskadi, pegada a ella como la hiedra a la pared, germinó y se puso a crecer la vocación de una específica e inefable insularidad. Esto es algo que mis amigos sospechan, algo que ya saben cuando les hablo de mi peregrinaje o trashumancia entre dos islas. Me miran con disimulo; quizás abordar este tema roce la inconveniencia, o el mal gusto, o la incorrección. Sería el momento de hablar de cine, de chicas o de fútbol…

Cuando tomamos tierra en la otra isla, la que no admite dudas, el aire tramontano me vuela la gorrilla que me compré en la Parte Vieja, en la tienda de Larrandia. Un grupo de doncellitas se ríen de mí, aunque siguen pálidas como requesones. Ellas, con el truco de los tejanos, no se preocupan por el viento. Corro tras la gorra mientras pienso en esta isla que ahora me recibe…y en la otra. Porque el asunto ha quedado claro para mi.

Jorge Aranguren (Blog)

domingo, 9 de noviembre de 2008

Día de Difuntos (Hallowen)


Pasó el día de los difuntos con su cielo azul de eternidades y un viento que movía las hojas secas y el espíritu del ciprés. Las flores estarán ya decaídas, mojadas por las últimas lluvias; serán, una vez más, una metáfora de lo efímero.

Y pasó Hallowen, con sus niños alegres en la parodia de los terrores infantiles y del horror tomado a chanza. Las calabazas iluminadas esperarán otro año para darnos su escalofrío, su miedo chiquitín, sus sonrisas iluminadas y rígidas. Está el otoño ya mediado.

Y uno no puede evitar el recuerdo de los versos de aquel poeta andaluz: “Cuando termine la muerte, si tocan a despertarse, a mí que no me despierten…”.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Colaboración : "Jorge Oteiza-100 años" (II) (J.G.Aranguren)



Inclinado y al lado de Dios (II)

 

   La relación de Oteiza con Dios (su Dios particular) merecería un capítulo aparte. El panteísmo de Oteiza hace palidecer. En éste, como en Unamuno (citado reiteradamente en las páginas del guipuzcoano), hay un deseo, siempre frustrado, de Dios. Jorge es un hombre religioso. Nos habla de teomaquias, de teosofías. Dios se sitúa en el centro de sus preocupaciones, bajo la serena, muda e inabarcable concavidad del cielo: la cavidad madre. Y Jorge reza:

                            

                              Ahora tengo que irme,

ni tengo angustia, ni quiero vivir eternamente.

No necesito más que esta figura intemporal y esta rama,

Señor, y esta gota de sangre en un dedo,

una gota de agua en la cara, para verte,

no consisto en otra cosa que llamarte.

Quererte desde la pobreza de mi luz individual,

y aun te pierdo en este breve sitio que dispongo,

sobre el abismo de esta piedra,

No sé amarte más…  

 

 Pero no siempre es una plegaria. A veces, un reproche:

  

   Dios no contesta,

en mi caracola marco el número,

no encuentro el prefijo en la lista de mis muertos.

 

   Igualmente, la ironía, el desencanto y como una rabia apenas disimulada:

 

   Oh, Dios blanco, todoblanco,

oh, Dios todo injusto, todoausente,

bueno todo, todo racional y sabio,

oh, Dios niño, o Diosdedo, dedos señalando el cielo.

 

   La figura del padre -rara en la urdimbre de sus textos- pudiera asimilarse a la idea de ese Dios lejano; pero la tierra es siempre protectora:

 

   Padre, no te vayas,

el muchacho sigue bajando por el monte

y no me oye.

Yo me tiro al suelo llorando,

agarrado a la tierra.

 

   Hay que descubrir a este ser “resplandeciente y descompuesto” (reparen en los adjetivos), o inventarlo. Oteiza nos dice: “Aunque no exista, hay que buscarlo”. Es evidente que Dios constituye una gran desilusión; es un tipo aburrido, desganado, que nos hace pensar a veces en un burócrata receloso. Véase un fragmento:

 

    Dios a la diestra, sentado en su taburete,

cansado, muy cansado  de sí mismo,

cansado, sin duda, bastante, también de mí,

de mi insistencia en verle.

 

Pero sucede que Oteiza, como buen panteísta, reconoce un rastro de divinidad en la cosa más ínfima. Levanta una piedra y contempla un gusano. Y este gusano es “testigo y parásito del amor de Dios”. 

 

  Hay un poema en el libro Existe Dios al Noroeste, en el cual el Dios creador es solamente una caricatura: ese maniquí o estafermo móvil que servía de blanco a los caballeros medievales y les asestaba un golpe cada vez que lo fallaban, alguien que lo acompaña en la vida, en la intemperie, decrepito y servil, con las manos en los bolsillos. Dice Jorge:

 

   Este que se nos acerca es Dios;

                        se sitúa a su lado Baroja, a la derecha.

Yo en el otro lado; con agradecimiento, el viejito nos mira.

Caminaba como nosotros, también bajo la lluvia, y solo.

Nos desplazamos los tres inclinados hacia la izquierda,

los dos amigos con Jesús, que volvía de la muerte.

 

   Es muy notable la ternura no disimulada, e incluso la compasión, hacia ese viejecito que, por primera vez, se coloca en el mismo plano que el poeta. Este Dios anciano se solidariza con los paseantes. Viene de la taberna de Emaús; quizá está tan triste como Baroja o como el mismo Oteiza. Llueve, y ellos inclinan la cabeza -como en el célebre poema de Salvador Espriu- para acercarse los unos a los otros.

 

   La confianza de Oteiza hacia su Dios es grande. Lo trata a veces como a un “casero” o a uno de esos pescadores que entran, al atardecer, en la rada de Orio. Cuando se enfada con Él, no teme confesarlo. En los versos que siguen, la eventual blasfemia se atenúa gracias a una metáfora casi pueril. ¡Pero qué bien le comprendemos! Dice:

 

   Ahora que no tengo fe y que fuera de Ti

no tengo nada más, ni quiero,

oh, Dios mío,

soy mil veces más fuerte,

lujoso y soberbio que el Titanic,

y sin Ti me hundiré lo mismo y más profundo.

 

   La nostalgia de Dios -su ausencia- corre paralela al deseo de trascender, de saberse conciencia vigilante más allá de la muerte. Recordemos el Réquiem:

 

   Con mis ojos abiertos y de piedra para siempre

moriré, y ahí sobre el tejado seguirá el búho,

si preguntáis por mí

yo os estaré esperando.

 

   En perpetua vigilia, acaso por la inquietud hacia ese Dios que lanza sobre la tierra los ángeles a puñados para luego abandonarlos, él anda por la casa, en la sobrenoche, y nos dice:

 

   Distingo al fondo una habitación

En la que comienza a amanecer.

 

   ¿En qué otro mundo se halla esta habitación?; ¿qué hay detrás del alba?

 

   Existe Dios al Noroeste acaba con una cita de Oriana Fallaci que remite a lo que acabo de decir: “El deseo imperioso del hombre de invocar a un Dios, sabiendo que éste es únicamente un sueño”. El propio Oteiza no dejará esta cuestión en la penumbra. En Teomaquias escribe: “En el principio debió de ser la soledad de Dios. No sería el amor sino la soledad de Dios la que generó la creación. Como explicación religiosa y teológica del mundo. El amor, para Él, es un descubrimiento del hombre, que sorprende a Dios. Es el Cristo, un hijo del hombre, quien atribuye a Dios el sentimiento de amor en el proceso, ya avanzado, de un mundo en descomposición, tardíamente. Una teología primera de la soledad y, por ende, a una teología del hombre y una antropología del amor”.

 

   Pienso que citar las numerosas referencias, en los poemas de Oteiza, al mundo del arte y a sus creadores nos llevaría demasiado tiempo. Son incesantes, apropiadas y hasta clarividentes; otras, curiosas. Cézanne, Juan Gris, Malévitch, Kandinski, Picasso, Gauguin, Van Gogh, Mondrian, Balenciaga y otros aparecen y se repiten en los poemas. Desarrollar un comentario esclarecedor constituiría todo un ensayo. Voy, al menos, a señalar la importancia que el escultor de Orio otorga a la poesía en su acepción más extensa, como póiesis (ella se manifiesta en toda su obra escultórica) o, en un sentido más restringido, como ejercicio literario.

 

   En el prólogo de Androcanto, Oteiza confiesa también: “Sólo el dolor y la soledad en este esfuerzo por alcanzar las cosas y entregarlas a los demás, dan fuerza y personalidad al hombre (al poeta). Yo no digo que el artista deba buscar (incluso de manera cristiana) el dolor y la soledad; intento decir que lo que concede verdadera grandeza a nuestra muerte es que origina lo que llamamos poesía”.

 

   Tristemente, nuestro poeta ha conocido una inmarcesible experiencia del dolor; ha sido duramente golpeado. La desaparición -el primer día de 1991- de Itziar, compañera amada y soporte sereno para Oteiza durante toda su vida, llevará al escritor de Orio a escribir un poemario que todavía nos emociona. Éste fue publicado por Ediciones Pamiela, de Pamplona, en agosto de 1992. Se titula: Itziar, Elegía. En la segunda parte de este libro están incluidos versos que, sin solución de continuidad, conforman un conjunto poético ligado voluntaria y sentimentalmente al primero. Porque el dolor puede convertirse en frases y en imágenes. Nos quedan algunas palabras. ¿Cómo sobreviviríamos sin ellas? El dolor puede convertirse en papel; podemos depositarlo en un cuaderno para que suba hasta nosotros y lo reconozcamos, y que él también nos reconozca. El dolor sobre una hoja, en el débil vuelo de la página, mientras desplazamos el lápiz o la pluma con los dedos y, antes, con el desarbolado corazón. El dolor es traducible, pese a él. En los libros no cambia de intensidad, queda adherido a las páginas y guarda la misma temperatura, el mismo gesto, el mismo poder de persuasión. Pero sólo tiene un dueño. Jorge habla de Itziar en poemas de carne y sangre. El aceite de la memoria los suaviza un punto. Esta luz del recuerdo, la candela utilizada en el viaje, lo ilumina un poco. Más todo queda aún demasiado cerca (sin duda, siempre será así) Itziar viaja en el poema junto a Jorge como a la espera de un sueño. Y lo vivido se alza, deja su rastro. Las sombras fueron cuerpos; ellas tuvieron sus voces y sus días, ellas nos acompañan durante un tiempo muy breve. El poeta pasa, a lo largo de la vida, con Itziar muy próxima, los dos en un mismo contraluz, sin olvidar los avatares que tuvieron sentido, que lo mantienen todavía, siempre con la figura de la mujer amada como referencia inmarchitable. Es la mujer amada -una presencia beatífica, apacible, frutal-, la que articula y clarifica sucesos que, sin ella, no conocerían esa tensión, esa armonía: lumbre necesaria para el peregrino. Y asistimos progresivamente al debilitamiento de ese resplandor; proceso de una disminución orgánica y, por lo tanto, coyuntural. El amor queda intacto, quema y abraza los troncos con más fuerza aun cuando el declive físico anuncia sus servidumbres, su parte más tenebrosa y vicaria, sus renuncias. No hay aquí desapego, sino un declinar que, sometiéndola, vuelve más diáfana la figura de la mujer que fue para el poeta su mejor y mayor compañía. Quedan cuestiones que apenas nos atrevemos a proponer: “…y tú no estás. ¿Qué voy a hacer?”; las preguntas, la soledad y esa triste mendiga que llega en mal momento y que llamamos ausencia. Pero la prosa seguirá rojeando, quemando dulcemente, fatalmente, a quienes a ella se entregaron. Porque existe un lugar para los conflictos del corazón, un pañuelo para las lágrimas, un espacio para el quebranto; y un paisaje íntimo, un horizonte para el reencuentro.

 

   Jorge Oteiza -al que han llamado Yor o Yur en una lengua más próxima- sabe, como lo supo don Francisco de Quevedo (otro hombre al margen de sus contemporáneos), cuál, entre las humanas facultades, es más poderosa que la muerte. Itziar se lo recordó: “Llenos de paz, nos abrazamos”. Llenos de amor, en el jardín de su casa.

 

   El poeta, en la segunda parte de este libro, nos ofrece un peregrinaje por el universo que le es fiel, la alta mar donde él echa sus redes para pescar durante días y noches. Los temas se encabalgan en un poema vertiginoso, que aturde; los peces brillan en nuestras manos, saltan, se desvanecen. Jorge respira bien desde su barca; ve las cosas hundidas, los seres profundos y milagrosos. De pie, en su banco, sueña que es un hombre que nada, que hiende el agua hasta una punta de la rosa. El agua, el aire. Mientras cruza esa mar, él sabe que pudo ser cazador, jardinero bajo el olor del cielo, lámpara vigilante; un niño escuchando el bosque, la madera, la electricidad… Dice Jorge:

 

   Pasan las horas tristes en silencio,

cayendo lentamente de la tarde.

 

   A lo largo del poema, el nadador aparece entre las referencias y los signos que casi siempre traducen la estructura fluida, caótica y, no obstante, coherente de su discurso. Nada sobra, a pesar de tan manifiesta heterogeneidad. Geografías, ciudades, animales, personas y objetos inanimados vibran en el poema, moviéndose en su partícula de tiempo, en su retícula. Porque hay un tiempo periférico, considerado como una ilusión o efecto de un espejo: sevicia o invento humano, y después, el tiempo del poema: permeable, flexible, de perfiles algo engañosos, regido por unas leyes que el poeta difícilmente puede eludir. Esta acumulación goza, por tanto, de una intensa diafanidad y se acomoda muy bien al dinamismo procurado por el flujo totalmente libre, mas siempre controlado, de lo que se hemos llamado hilo de conciencia. En el ensamblaje del poema, el juego de los espacios en blanco atrae la atención, así como la ausencia de puntuación y una sintaxis rota, quebrada, que elimina elementos de contacto: preposiciones y conjunciones. Este ejercicio requiere su destreza formal y un conocimiento sólido de los engranajes del idioma (solamente así puede el poeta arriesgarse a olvidarlos o a destruirlos). Oteiza lo sabe bien y se concede licencias de las que saca provecho. No debemos olvidar su gran cultura literaria, su familiaridad con las vanguardias más o menos declinantes: surrealismo, ultraísmo, imaginismo, creacionismo, postismo, espacialismo… (etiquetas útiles, incluso si resultan restrictivas). Jorge aprendió de cada una de ellas sin detenerse en ninguna -el talento requiere un ejercicio cabal de síntesis-, y de ahí nace la sensación, que nos invade, de estar frente a un objeto límpido y no usado. El panteísmo del poeta le concede oxígeno y la facultad de inspirar aire, de respirar sobre la tierra. Pocos lo han hecho. Whitman llegó, y Elliot, si bien de una manera más artificiosa e intelectual. Lo consiguieron Neruda y Dámaso, sin olvidar a Yannis Ritsos -otro consumado corredor de fondo-, y el Allen Ginsberg de los años cincuenta (con lloros de LSD y un yaz llamado frío).

 

   Esta poesía condensada, comprimida al máximo -si bien engaña su apariencia torrencial-, se afirma en el sustantivo como elemento que fortalece la gramática. El adjetivo es un adorno, una postura, un elemento que puede contener un germen ya cuajado. En el tropo o metáfora, Jorge nos demuestra su prudencia:

 

   Con la sombra atada a un poste,

el día da la vuelta.

 

   Es toda una oración la que sirve de tropo; el desplazamiento de realidades se hace en el conjunto de lo expresado. Cabe decir que, a pesar de su aspecto sustantivo, el escritor no desdeña los juegos de palabras o la invención de verbos novedosos. Se “enolan” (las olas), o “se bañean”, “se montean”.

 

   En este libro, diversas presencias emblemáticas cohabitan. Metrópolis o simples pueblos: Venecia, Roma, Lecaroz… Personajes paradigmáticos: Marta Graham, Barisnikov, Aresti, el Padre Dámaso, Puccini…, y una mosca, un ángel, una piedra célebre, un artista pomposo. La memoria vuelta como un calcetín, vaciada cual muñequita rusa, como un guijarro emocionante. Y, por encima de todo, el hombre, con su grandeza e infortunio, buscando a Dios en un paisaje que parece no pertenecerle. O como Pompeyo Justiniano: “Rozando el muro para buscar la salida”.

 

   Quisiera decir, en un breve aparte, que la poesía de Oteiza exigiría, sin duda, una interpretación exhaustiva con los instrumentos que utilizan hoy los formalistas, de bruces sobre el soporte lingüístico. Consecuencia del estructuralismo y de sus grandes teóricos, es esa obstinación en considerar el poema como un objeto o un producto autónomo que obraría según sus propias leyes. Se asegura que el poema es una experiencia exterior e independiente. Si constituye una realidad objetiva e indiscutible, sobre la cual el poeta dibuja su vida, es, a la postre, una nueva realidad que busca el intelecto del lector para encontrar su exacta puesta a punto. Habría, entonces, tres realidades: la que es en sí misma, la que el poeta asume con sus versos y la que el lector edifica durante la lectura. Si en el lenguaje normal -el de la simple comunicación- indicar es su razón de ser, en el poema sucede lo contrario. Joan Ferrater, cuyos escritos marcan una cima del aparato teórico que hoy se emplea en las cátedras de literatura, dice: “Para mí, particularmente, estas problemáticas que nos ayudan a pesar de todo, me aburren una pizca. Al margen de su excesiva dependencia de la lingüística -se me dirá: un poema es ante todo, un hecho lingüístico, y es verdad-, existe el riesgo de ver al poema cosificarse. Agotando sus posibilidades, lo reducimos a un simple mineral, a un fenómeno del lenguaje. Reivindico para la poesía esa zona de sombra, esa franja de fresca oscuridad que acaba de ser su savia y su aroma. Porque iluminarla tiene el indudable mérito de una brillante operación intelectual, pero el poema se habrá convertido en otra cosa”.

 

   Oteiza es un poeta de sustantivos y de verbos. (“El adjetivo mata si no da vida”, dice Huidobro.) Y a pesar de su aparente heterogeneidad y sus múltiples planos, el guipuzcoano nos da siempre la sensación de emplear las palabras justas y solamente ellas.

 

   Me parece legítimo desvelar a Oteiza en su mundo poético, en su ser estético. Puede entenderse la importancia que tiene, para todos nosotros, una obra como la que nos ocupa. Habría que acercarse a este hombre colérico y cordial, a menudo poco comprendido pero alabado hasta la náusea por un esnobismo torpe, o -¡lo que hay que ver!- injuriado por las envidias que padeció en su ciudad, Donostia, donde molestaba a los mandamases, a los políticos ortodoxos. Un hombre que luchó en Chile, en París, en Deva, en Bilbao, en Ametzagaña (aquí, en este barrio periférico, se rechazó su proyecto de un cementerio maravilloso, casi astral). Debiéramos conocer mejor a este vasco de corazón de acero, animal indomable, maverich, cimarrón, centinela, bisonte de Altamira sobre las piedras del aziliense; un ser que ni se esconde ni se rinde, una conciencia vigilante que no tuvo interlocutor en su país. Hay que leerle. Esforzarnos en conocer a los demás es una forma de amor. Con Oteiza, tarea cómoda y obligada. 

                                               Jorge G.Aranguren (Blog).

domingo, 26 de octubre de 2008

Colaboración : "Jorge Oteiza-100 años" (J.G.Aranguren)




El 22 de este mismo mes de octubre, Jorge de Oteiza, uno de los hombres más determinantes de la cultura vasca, hubiera cumplido los cien años. Como mínimo homenaje, vamos a transcribir un texto -en este blog y sucesivos- que habla de su legado como poeta.


Inclinado y al lado de Dios (I)


Para cualquier persona no familiarizada, un texto de poesía puede parecer, a priori, problemático. Pienso que el discurso de Oteiza anula estos temores desde las primeras páginas; el contacto con el autor se produce de inmediato y sin violencia. Esto no significa que la asimilación de sus contenidos se produzca directamente. La naturaleza tumultuosa, múltiple y rica en derivaciones y digresiones, con ideas divergentes o yuxtapuestas, sobrepasa lo que normalmente llamamos escritura lineal. Pero no hay que asustarse; sus libros deben acogerse con cierta serenidad, en la disposición de espíritu que requiere un género de lectura distinta de aquella que se corresponde con nuestros cotidianos documentos, y dejarse llevar. Como se trata de un buen barco, embarcarse en esta escritura sobrepasa el simple placer intelectual. Los habituados a la poesía encontrarán, por otra parte, el deleite que produce una aventura estética de envergadura.


Oteiza, en el prólogo de Existe Dios al noroeste explica puntualmente o “justifica” (palabra que él emplea) la publicación de sus poemas. Es significativo que la necesidad de utilizar el poema como medio de expresión coincida con sus búsquedas escultóricas. Jorge dice que sus últimas piezas empezaron a surgir de las palabras; palabras que trascendían la dimensión puramente didáctica (no olvidemos Quousque tándem…!) para insertarse, de modo ineluctable, en esta construcción lingüística que posee su propio código y se llama poesía.


Es verdad que Oteiza no pareció dar, en principio, demasiada importancia a esta disciplina, acaso porque se hallaba prisionero de su reflexión de escultor y sumergido en proyectos literarios de otro orden. Cuando, en 1985, un amigo le llama para interesarse no por el escultor, sino por el poeta, Jorge se sorprende. Hasta ese día, sólo otro escultor, Labordeta (que evolucionaba paralelamente a los postsurrealistas), se había interesado por algunos poemas de Androcanto, obra que le había llegado aislada. Así, Jorge se descubre poeta, en el sentido más restringido del término, al final de su trayectoria plástica, aunque a lo largo de su vida, la tentación de trabajar en este género le había acompañado. Y él mismo vuelve a sorprenderse al elegir finalmente el ejercicio regular de la poesía para manifestarse.


Jorge, por supuesto, es un hombre que no duda a la hora de ofrecernos algunas claves de su obra. Esto es digno de elogio en una época como la nuestra, en la que los creadores ocultan sus orígenes y no quieren reconocer la autoridad intelectual de sus contemporáneos. En el libro de Fullaondo (+): Oteiza y Chillida en la moderna historiografía del Arte, Jorge dice textualmente y con una gran dosis de sinceridad (él estaba entonces, me parece, algo afectado por una experiencia próxima y, sin embargo, bien distinta): “Basta ya de considerar al artista aisladamente, como genio espontáneo surgido de la nada, sin maestro, familia ni país”. Y en Androcanto dice de nuevo: “No existe el escultor, sólo existe la escultura”. Estas aseveraciones no reflejan humildad, ni inseguridad, sino la lucidez de quien las dice. Queda claro que el orgullo que se incrusta en el corazón de los creadores -fenómeno de orden romántico y, por lo tanto, coyuntural- no alcanza a Oteiza. El propio Gabriel Celaya dejó dicho: “No hay poetas; hay Poesía”.


Es, por ende, comprensible que Jorge Oteiza mencione a Maiakovski, Huidobro y Vallejo. Al margen de contagios literarios (siempre benéficos cuando se asimilan y reconocen), existió la amistad entre los tres poetas, cuya vida transcurre paralela a la de Jorge y cimienta una fraternidad que trasciende la lejanía, la ausencia o la muerte. Pensemos en Vallejo y en España, aparta de mí este cáliz, ya que el “gran cholo” fue, de los tres antes mencionados, quien tuvo mayor afinidad de espíritu –y quizás de técnica- con nuestro hombre de Orio. De cualquier manera, juzgo que tanto Huidobro como Vallejo aprobarían las palabras de Jorge, tan iluminadoras éstas, que no me atrevo a comentarlas: “Intentemos escribir, comprender, nombrar, alcanzar con la punta de los dedos lo que sospechamos que nos falta.


Es obligado, no obstante, precisar lo que separa la poesía de Oteiza de la de dichos poetas. Vallejo, cuya influencia posterior fue mundial y, posiblemente, más importante que la del propio Neruda, afronta un universo que le sobrepasa. Su esfuerzo por ordenar el mundo, para darle coherencia, es magnífico y patético. Al final, su útil singular, el lenguaje, se deshace, se escapa, deslízase entre sus dedos. La desintegración semántica y sintáctica de Vallejo corre parejas con su incapacidad de dar a lo que le rodea un poco de espesor o de rigidez. Recordemos cómo su tartamudeo, esa sintaxis balbuciente y fracturada, nos procura una emoción fuerte, nos llega hasta la médula. Mas este desarreglo, lejos de ser involuntario, es provocado: hallamos una carencia magistralmente aprovechada.


De Vallejo a Huidobro. En este caso, la articulación es diferente. El autor de Altazor -o Alto azor- somete la experiencia objetiva a la aventura estética que le otorga el lenguaje. Se hablará de polisemia, de ambigüedad, de ambivalencia, resaltando, incluso, la pura fonética. Esta renuncia, esta suerte de desmantelamiento (¿enriquecimiento?), no es fruto de la casualidad; bien al contrario, es algo buscado. El poeta chileno, especulativo y desdoblándose en un ser estrictamente literario, nos ha legado una obra impar, donde lo subjetivo y el culto a la palabra (un objeto que se privilegia) son el centro. Pero él lo paga perdiendo el mundo.


Les oigo a ustedes reprocharme: “¿Pero qué tiene que ver esto con Oteiza?”. Es una buena cuestión. Oteiza, con honestidad que le honra, nos confiesa sus preferencias literarias, sus lealtades y sus adhesiones. Debemos tener en cuenta el hecho de que Jorge tuvo la suerte de vivir, en sus años de madurez, los decenios decisivos para la historia de la poesía europea, con París como centro difusor y residiendo él en Latinoamérica. Los ecos del simbolismo no estaban extinguidos, ni el estrépito de los epígonos del modernismo, pero el fenómeno surrealista ya estaba ahí, al frente de las artes plásticas y de la literatura. Después vendría el creacionismo, cuyo padre es Huidobro (quien influirá en Gerardo Diego y en Larrea), y este modo de hacer coincidirá con su versión española: el ultraísmo (al que se adhiere tímidamente, para enseguida arrepentirse, Jorge Luis Borges). Al mismo tiempo, en Estados Unidos, el movimiento imaginista -acordémonos de Hulme, Pound o Elliot- participa también de este interés por las imágenes, la transparencia de las metáforas y la sorpresa. Oteiza encuentra a Huidobro en Chile, participa en círculos literarios y políticos, y, en el transcurso de una conferencia que él da en Lima, titulada: “Presencia y ausencia de César Vallejo”, conoce a la esposa de este último, la francesa Georgette, ya viuda, que le informará de las últimas voluntades del “gran cholo”.


Nuestro Oteiza vive años fulgentes, acaso los más fructíferos del siglo, lleno de generosidad y de esperanza. Jorge evocará siempre -con nostalgia mal disimulada- sus estadías en América del Sir; lamentará haber perdido (¿o se los perdió alguien?) documentos irremplazables. Hay en sus poemas referencias numerosas de estos años vividos tan intensamente.


A todo esto, Oteiza, dotado de un poder de asimilación capaz de sintetizar las estructuras más complejas o heterogéneas, elegirá para su poesía elementos quintaesenciados de las poéticas que pueden fortalecer su propia obra. De Vallejo, él tomará su admirable halo de ternura, de depurada emoción, así como el gusto por los objetos cotidianos, tratados de tal suerte, que se convierten en sujetos poéticos atados a un discurso sin verborrea ni retórica; es un agua limpia que corre intensa y serenamente. Esto lo asocia al relampagueo del creacionismo, a sus fuegos y agitaciones, a una típica cualidad de la poesía nerudiana (porque hace falta, absolutamente, hablar de Neruda), a la aptitud para tratar las cosas inanimadas y encenderlas como antorcha que puede alcanzar lo religioso, lo sagrado. (Se habló, y esto es importante, de las palabras telúricas de Neruda. Como el buen salvaje legendario que vive en los fondos del bosque -casi un demiurgo-, Pablo Neruda convierte en poesía todo lo que toca, grande o pequeño: una piedra, una isla, un animal o un hombre, un fenómeno atmosférico o un simple color. A su paso, los seres se alzan y comunican entre ellos. Descubrimos, con sorpresa, que los contrarios pueden unirse y participar de un lenguaje común.


Pues bien, la escritura oteiziana da una impresión similar o próxima a la de Neruda. Puede que estén unidos, en un común panteísmo, por el tamaño de su corazón o por la profundidad de sus miradas. Es el bagaje de los elegidos. Acordémonos de Whitman, Ritsos, Dylan Thomas o Pablo de Rocka. (Lourdes Iriondo, refiriéndose a Oteiza, escribió esto: “Cuando yo dibujo el perfil de una montaña, veo la montaña; Jorge ve el horizonte”.


He mencionado hace un momento a los autores que se han repartido con Oteiza, de manera más o menos cercana, una vida y una poética; me parece necesario mostrar ahora -pues lo confuso de mi exposición ha podido marginar ciertas cuestiones- las cualidades y elementos sobresalientes de esta obra oteiziana y aproximarla a la conciencia del lector. Como lector, quisiera señalar la sensación de libertad y de ejercicio soberano que nos ofrecen los textos. Una tal audacia en la licencia no está exenta de riesgos. En un poema de envergadura, pongo por caso, la construcción es fundamental. Las dificultades del poema aumentan a medida que crece éste sobre la página. No es cuestión de tamaño, pero tiene que ver con él y con la respiración física y síquica del poeta, asunto del que hablaba casi obsesivamente Charles Olson, teórico de la escuela Black Mountain. Es posible correr cincuenta metros sin respirar apenas, pero todo maratoniano sabe bien que el éxito de su esfuerzo depende del ritmo de su aliento. Algo así ocurre con la poesía. Además, en todo poema extenso, la atención del lector pasa por fases de flojedad: una especie de disnea, de sofoco de la atención. Si el poema evoca ideas concretas, puntuales, y se permite pocas fluctuaciones, si no tiene ataduras, salvaremos los muebles. Pero en casa de Oteiza, el poema ofrece, demasiado a menudo, diversos nódulos de atención; es polimorfo, centellea como en una cascada de fuegos de artificio, crece o se comprime de forma vertiginosa. Para nuestra suerte, esta propensión a lo pluriforme, a la ruptura de planos, a la inclusión de la anécdota, al vis a vis, permanece cuidadosamente tejida. Una lectura atenta nos descubre sus claves.


Para entrar un poco en los detalles, yo diría que Jorge Oteiza utiliza, de manera muy hábil, lo que los americanos -siempre amantes de la precisión- bautizaron como hilo mental o “corrient of conciusness”; pero esta corriente de conciencia queda controlada, no nos aturde, aunque nos exija una mayor atención. Este arquitecto de la palabra se permite frecuentemente licencias, las cuales, en otro autor, oscurecerían el poema sin reforzarlo. Jorge subvierte a veces el orden de su discurso, violenta la sintaxis, suprime enlaces gramaticales, utiliza los espacios en blanco para espigar las palabras.


Algunas veces, el error gramatical en sí mismo, deliberado, cobra más eficacia que la pura norma. El poema emblemático “Un edificio en la noche” termina con esta frase: “Soy el que duermo”. El paso de la tercera a la primera persona del indicativo no es más que un truco que permite presionar al lector. Hay otros ejemplos cuyo resultado nos sorprende. Este despliegue técnico obedece a una estricta vigilancia. No hay que ver en los poemas de Oteiza nada parecido a la escritura automática. Se trata de flujo mental, no de automatismo. La escritura automática puede convertirse en un ejercicio gratuito y siniestro. Aquí no sucede eso. Adivinamos, por el contrario, una conciencia que escapa al exterior -como en los paradigmas de Hegel- para retroceder rápidamente sobre ella misma. (He pensado que Jorge parece a veces girar alrededor de un cromlech, cambiando de lugar, mirando al cielo…) Creo que fue Anatole France quien aseguró que estamos todos en nuestra celda y que la mayor parte de los prisioneros, sin movernos, nos situamos en su centro; los que así procedan, nada aprenderán. El artista, contrariamente, cambia de lugar, palpa los muros y descubre una distinta perspectiva. Ésta ha cambiado en lo sustancial. Tal metáfora conviene a un Oteiza que, siendo niño, se agachaba dentro de un agujero protector en las dunas de la playa de Orio. “La poesía es un salir de la vida y encontrar otro sitio donde estar protegido”, dice. Y se encerraba en un pozo de arena que se supone circular. Por encima de él, el cielo cóncavo. Por eso escribe: “Busco una salida para salir de mí…”. Pero, para salir, ¿no hace falta romper el cromlech sagrado?


No hay duda de que la poesía de Jorge es expansiva, centrífuga. Ella se encontraría en los antípodas de su homónimo Guillén, que comprime sus poemas desnudándolos, secándolos. Según las leyes de la Física, un cuerpo condensado, comprimido, conserva todo su peso. Expandiéndose, la poesía del oriotarra ¿disminuye su presión? Para nuestra sorpresa, Oteiza hace en poesía lo contrario que en escultura. El despojamiento del arte minimalista, la especulación sobre la esfera, cubo y poliedros debieran corresponder a una obra poética exprimida hasta lo imposible. Pero sabemos que no es así; este riesgo ha sido milagrosamente conjurado. En los poemas de nuestro autor, incluso en aquellos que por extensión o desarrollo son más abiertos y vulnerables, no se detecta pérdida de vigor, de densidad. Nos emocionan infinitamente más que esas píldoras conceptuales y burguesas del otro Jorge, el de Valladolid. ¿Por qué los versos de Oteiza parecen sobrepasar las leyes de la Física? Ahí queda la cuestión. Quizá un lector avisado, más diestro o más sagaz, encontrará la llave algún día.


Hemos hablado antes de libertad y voy a permitirme una pequeña digresión en este punto. Hoy se lee una poesía en la cual los autores no pueden ser acusados de ignorancia o de insuficiente formación. Son numerosos, entre ellos, los profesores universitarios, los lectores de lengua española, los críticos de periódico, semanario o revista especializada. Tienen en común su bagaje literario, su buen gusto y, sobre todo, su miedo ante el poema. Está lejos la época de León Felipe, Celaya, Crémer, Salvat Papasseit o Juan Perucho. -sólo cito a los de mi más cercano entorno-, escritores, los cinco, harto valientes. Ahora, los nuevos poetas se encuentran tan lejos de su poema, que éste parece infundirles un secreto pánico. Construyen unos objetos muy bien fabricados, pequeñas cajas de música. Los miran como la gallina hace con su huevo. Descansan, fuman y piensan: “No está mal”. Se sienten legitimados. Existe, para todos ellos, una distancia entre el poema y su desencadenador: lo que lo hizo posible. Se desdoblan. Oteiza nunca da esa sensación. Está tan dentro de su poema, que no se le puede sacar de él ni con tenazas de herrero… El arquitecto Marcel Breuer le dijo un día: “Usted trabaja en el interior del lenguaje”. Es verdad. Y, lógicamente, él escribe también “desde” el interior del poema. Por eso se ha podido escribir que, en semejante poética, los ecos se vuelven tan importantes como las palabras.


Hace algunos años, en un congreso sobre poesía, en Cáceres, un crítico literario nos ponía en guardia sobre los peligros de la poesía narrativa. ¡Citaba a Pavese! Y yo recordé la recomendación de Gabriel Celaya, quien dejó dicho que todo cabe en el poema: la subjetividad, las visiones del exterior, las descripciones, lo revelado por la narración e incluso las mismas anécdotas. El problema, si problema hay, reside en el tratamiento que se dé a estos elementos.


Un crítico literario que siguió la obra de Oteiza, desde cerca, en los últimos quince años, me confesó que el mayor logro de la poesía contemporánea fue el haber dejado de ser una suma de suspiros para convertirse en una respiración. Este soplo, en Oteiza, es generoso y amplio. Otros poetas nos hacen entrever el mundo con ayuda de términos, imágenes y símbolos, pero en los libros de Jorge se tiene la sensación de que el mundo fluye directamente…

(seguiremos)

lunes, 20 de octubre de 2008

Una cita con Fernando Aramburu

En una mañana del actual mes de octubre, cuatro martín (es) pescador (es) de la literatura -y amigos- nos reunimos en una cafetería donostiarra para celebrar la llegada de un escritor y compañero, él en fugaz paso por la ciudad en su tránsito hacia Alemania. Se trataba de Fernando Aramburu, al que felicitamos todos por el reciente premio que le ha concedido la Real Academia Española de la Lengua. Intentamos, con poco éxito, hacerle algunos quites a la Gramática, una de nuestras bestias favoritas. Y hablamos, naturalmente, de libros, de autores, de éxitos y fracasos. En torno a unos vinos más o menos generosos, nos reunimos Esteban Durán, Felipe Juaristi, Esteban Anchústegui, el mencionado Aramburu y yo mismo (el más viejo), Aranguren. Entraba el sol por el ventanal del bar, se despejaba el día… Fue un encuentro para recordar.

Fernando Aramburu (blog) es unos de los escritores españoles que en la actualidad goza de mayor proyección. Tiene casi asegurada, en su horizonte, una carrera firme de éxitos. ¡Y se lo merece!

domingo, 5 de octubre de 2008

Creador o Intelectual

Me contaba la anécdota Eduardo Chillida, hace ya algunos años, durante uno de aquellos paseos que él solía dar, solo o acompañado, por el paseo donostiarra que bordea la playa de Ondarreta, hacia su extremo oeste, hasta la rotonda que se remata con el Peine de los Vientos. Lo cierto es que a Eduardo le paró un día cualquiera, en la calle, una señora de edad, cuyo rostro le resultaba al escultor vagamente conocido.

-Hola, ¿cómo andamos? -preguntó la buena mujer a guisa de saludo.

-Ya lo ve: bien.

-Estás hecho un chaval. Da gusto verte.

Eduardo pensó en alguna vecina, en la madre o la hermana de un supuesto conocido. Después de cambiar otras cuatro palabras, el donostiarra se decidió:

-Oiga, no se me enfade, ¿eh?... Pero usted ¿de qué me conoce?

La mujer abrió mucho los ojos, su rostro se iluminó. Acercó unos dedos maternales y tímidos al brazo del artista. Y dijo:

¡Jeeeshús!, ¿quién no te conoce al mejor portero, el mejorcito, que ha tenido la Real?

Este suceso es verídico y además significativo. Da fe de una actitud común entre la gente ante el artista o el intelectual. Hay que partir del hecho, claro está, de la ignorancia o el desconocimiento de las personas -por supuesto, una gran mayoría- que viven ajenas a los eventos culturales. Pero, por otra parte, también está el recelo, la desconfianza y reticencia hacia toda aquella actividad que no posea palmariamente un fin pragmático. Del escritor, del pintor, del músico o del esteta se ha recelado siempre. Es una suspicacia que está enquistada en nuestra sociedad y cuya raíz habría que buscarla lejos en el tiempo y minuciosamente. No es mi propósito ahora emprender tan arriscada tarea, pero sí dejar constancia del ribete de marginalidad que entre nosotros conlleva la labor artística o literaria. Y este criterio está substancialmente adherido a los diversos estratos sociales. Por la parte superior del coloreado friso social, el creador es contemplado cual un ser peligroso. Para el político, el banquero o el gran empresario, aquél es un transgresor. ¿Y qué infringe? Acaso, ni ellos mismos lo saben, aunque tengan el pálpito de hallarse ante un riesgo o amenaza. Hacia su mitad, el cuerpo colectivo tolera al artista y, si puede y guardando siempre la prudencial distancia, tantea su posible utilización. La clase media española, de la que han surgido notabilísimos creadores (recuerden ustedes, como botón de muestra, el noventa y ocho), nunca vio claro el cometido de los intelectuales. En cuanto al pueblo llano, a las clases con menor acceso a la instrucción, jamás se han hecho un esquema aproximado de lo que el creador es, ni acaba de vislumbrar el porqué de lo que hace. Aunque lo dijera Rafael Alberti (él sí que supo engañar a lo ingenuos), la poesía raras veces ha movido a los pueblos. A éstos los mueve el dinero, el látigo o el icono. Vean qué pena…

Y entrando en lo personal, les contaré cómo, un día, un hombre supuestamente ilustrado, un señor que ha ocupado importantes cargos públicos y políticos, fue y me preguntó:

-Oiga, Aranguren, ¿usted a qué se dedica?

-Yo, a escribir -contesté.

Mi interlocutor ladeó un poco la cabeza, sonriéndose. Mi respuesta la tomó por un chiste o una boutade. Insistió:

-Bueno, pero… ¿qué es lo que hace EN SERIO?

Han pasado desde entonces muchas primaveras, pero la imagen la conservo nítida. Le respondí como si le agarrara por las solapas:

-Escribir es justamente la cosa más SERIA que he estado haciendo en mi vida.

Pienso que el caballero se debió de molestar conmigo… Ahora hubiese sido distinto; me hubiera echado a reír. Luego, mirando hacia otra parte, le habría contestado: “Pues no sé; no lo he pensado nunca…”.


P.S. – He hablado de artistas y literatos; el término “creador” les va pintiparado. La palabra “intelectual” peca de ambigua, quizás por manipulada, pero creo que también nos sirve.

Jorge Aranguren (Q.P.)

lunes, 29 de septiembre de 2008

¡Las Cortes Bilbaínas! (La Palanca)

   Estos días se habla mucho de un varón entrado en años, aunque vivaracho él, presidente de una de esas Comunidades Autónomas que ahora trocean mi antigua España, y se habla porque confesó en público, entre gallardo y cínico, que él perdió su virginidad a los dieciocho años… y pagando.

   Quien haya conocido las décadas cuarenta y cincuenta conoce de sobra la represión sexual que padecía el joven españolito. El Nacional-Catolicismo y nuestras familias, tan asustadizas y pacatas, lo hicieron posible. Perder el virgo antes de los veinte años no estaba nada mal… Pagar reduce el mérito o lo atenúa, pero, amigos míos, poca gente mojaba gratis en aquellos días de cristalina pureza.

   Y lo que me fastidia es que se rasguen las vestiduras algunas gentes que, desde luego, no constituyen un ejemplo de ética ni en lo político ni en lo sentimental. En aquellas décadas penosas, iniciarse en el sexo con una meretriz, asistenta sexual o como queramos llamarla, era lo habitual. Aunque el general Franco, siempre celoso de nuestra castidad, mandó, por decreto y sobre los cincuenta, “cerrar las casas de lenocinio y solaz público”, el caso es que sobrevivieron, acaso porque para eso no hay enmienda o porque muchos clientes de aquellos tristes burdelitos era gente muy cercana al Régimen.

                           Se ha dicho que en Las Cortes bilbaínas, muchachos jóvenes de las dos orillas, obreros, señoritos y cuadrillas de falangistas hicieron allí sus primeras armas. Acudían, a veces, aleccionados por sus padres, que también eran clientes y deseaban cuanto antes para sus hijos una destreza erótica que no iban a aprender en ninguna otra esquina metropolitana; también se iba por propia decisión, porque, chicos, ¡manda carallo!

   Servidor, que ha conocido no sólo aquellos tiempos sino aquellos lugares, recuerda la vieja e inmortal Palanca como una larga calle en declive, con bares de alterne y copas en las dos aceras paralelas. Por extraño designio, los establecimientos iban bajando de categoría a medida que la calle iba en descenso, con un nudo en la llamada -¡qué ironía!- Plaza de la Salud.

   Y puestas las mientes en estas travesuras y evocaciones, rememoro un bar-cafetería que llevaba el sugestivo nombre de “El gato negro”. Lo mejor de aquel pub era, a no dudarlo, el friso que se levantaba sobre la barra y que representaba los tejados de París a contraluz de un cielo de atardecer dorado, malva, violeta. Sobre las tejas, recortados, un sinfín de mininos que resolvían allí sus problemas o velaban por sus intereses. Gatos negros. El pintor (no sé si la citada representación estaba pintada al fresco o al óleo) bien se hubiera merecido una medalla.

   No sé decirles cuántos bares de este tipo explotaban sus negocios, en el Bocho, en aquellos 50 / 60 de nuestros pecados. Muchos. Y por un fenómeno poco explicable, el aspecto de las mancebas o pupilas, según he dicho, íbase deteriorando a medida que uno descendía por aquel paraje reservado para los júbilos de la carne. Obvio es decir que un número no menos numeroso de pequeñas pensiones, de albergues por un ratillo, abrían sus puertas con los servicios y ayudas pertinentes.

   Más tarde, este lugar de pecadores (si es pecado disfrutar de las caricias ajenas) empezó a sufrir el acoso de macarras, chulos y macrós que intentaban medrar y aprovecharse a cuenta de las sufridas muchachas. Para mayor desolación, una ola de gitanería invadió el barrio, y, con ella, arribaron también los traficantes de la droga, incansables en sus ofertas de papelinas, hachís, maría, cocaína y porquerías similares. De lugar de esparcimiento, de paraíso de breves, efímeros y asequibles desenfrenos, pasó a ser un  paraje sórdido y peligroso, con navajeros y descuideras pululando a carga cerrada, hasta el punto de que la policía nacional repetía sus rondas por allí con una frecuencia fuera de lo común.

   Guardo un recuerdo tibio y lascivo de la Palanca, donde una chica me dejó, en una tediosa tarde de sirimiri, el argumento para un relato corto que más tarde fue premiado en un concurso literario -¡lo que son las cosas!-; y el tema tenía mucho que ver con aquellos asombrosos gatos.

    A ese señor cántabro, yo le diría que haga oídos sordos a quienes con algo, o con mucho, de mentecatez e hipocresía censuran su aventurilla de hace muchos, muchos años. (Los ñoños suelen ser peligrosos.) Su pecado, Sr. R., es que se ha confesado dónde y con quien no debía. Si me lo hubiese contado a mí, me hubiera hecho cierta gracia por lo que tiene de humanidad y desenfado. Ahora, las feminorras (no las dignas feministas) cargarán contra su persona. Ni caso, camarada. ¡Hemos visto usted y yo tanta agua bajo los puentes…!