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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Fábulas en verso castellano: "La rosa y la zarza"


Fábulas en verso castellano
III - La rosa y la zarza

de Juan Eugenio Hartzenbusch



Murmuraba impaciente 
una rosa naciente 
del cautiverio duro que sufría, 
porque una zarza espesa la tenía 
con sus punzantes vástagos cercada. 
-Yo (sin cesar decía), yo no disfruto aquí ni sé de nada; sin un rayo de sol, tasado el aire, desperdicio, de todos ignorada, y entre espinas incómodas reclusa, mi fragancia, colores y donaire. La zarza respondió: Joven ilusa, tu previsión escasa, del bien que te hago, sin razón me acusa. Bajo mis ramas a cubierto vives del sol canicular que nos abrasa; el golpe no recibes del granizo cruel que nos deshoja; y ese muro de espinas que te enoja, defiende tu hermosura de que una mano rústica la coja. La flor entonces, de despecho roja, ¡Mal haya (replicó) la ruin cordura, que de riesgos que no hay, tiembla y se apura! No fue la maldición echada en vano. A los pocos momentos un villano llega con la cortante podadera: la despiadada mano descarga en el zarzal; hiere, destroza, y tan completamente me le roza, que ni un retoño le dejó siquiera. Poco de la catástrofe se duele, persuadida la rosa de que gana, quedándose sin aya que la cele. Descanse en paz la rígida guardiana. ¡Qué feliz su discípula es ahora! Bañada en el relente de la aurora, descoge con orgullo su tierno y odorífero capullo: princesa de las flores la proclaman los pájaros cantores. Pero el viento la empolva y la molesta, sol picante la tuesta, la ensucia el caracol impertinente con pegajosa baba, y apenas se la enjuga, cuando voraz la oruga su venenoso diente una vez y otra vez en ella clava. Se descolora la infeliz, se arruga, y una ráfaga recia de solano desparramó sus hojas por el llano.  Es el recogimiento condición de las jóvenes precisa: falta en la mocedad conocimiento del suelo que se pisa. La niña que imprudente, sola y sin guía recorrer intente la senda de la vida peligrosa, tema la suerte de la indócil rosa. 

jueves, 4 de septiembre de 2008

Fábulas en verso castellano : La joya milagrosa




Hay, según los navegantes,
allá lejos un país,
cuyos pobres habitantes
andan a todos instantes
con sus bienes en un tris.
Ya un espantoso huracán
hace en la cosecha riza,
ya sepultura le dan
las piedras, lava y ceniza
de un repentino volcán.
Los de ilustre jerarquía
y los míseros gañanes,
todos viven entre afanes,
recelando cada día
terremotos y huracanes.
Para auxilio en tales daños,
entrega el común señor
allí a cada morador,
ya desde sus tiernos años,
una joya de valor.
Y tales prodigios obra
la joya a los niños dada,
que con ella todo sobra,
y sin ella no se cobra,
de lo que se pierde, nada.
Sin embargo, aquella gente
se echa tanto el alma atrás,
que es la cosa más frecuente
perder la joya excelente,
y no recobrarla más.
Causará sin duda espanto
su locura; pero ¡qué!
¿Nada igual aquí se ve?
¿No hacen muchos otro tanto
con la joya de la fe?
Y sus luces, en verdad,
son las que nos guían solas
a puerto de claridad
en la noche y en las olas
de la ruda adversidad.

viernes, 22 de agosto de 2008

Fábulas en verso castellano


Fábulas en verso castellano
I - El treinta de abril

de Juan Eugenio Hartzenbusch

Náufrago libre de borrasca fiera,
día treinta de abril, pisaba un hombre
la plácida ribera
de una isla verde, cuyo propio nombre
Isla del Nacimiento ser debiera.
Observando solícito el paraje,
y no viendo la tierra cultivada,
preguntó para sí con amargura:
-¿Si no estará poblada?
¿Si aquí la población será salvaje?-
De este modo confuso discurría,
cruzando una espesura;
cuando, ¡válgame Dios! ¡Con qué alegría
vio un trillado sendero, donde había
diversas en tamaño y en figura,
huellas de cuatro pies con herradura!
-Ya (exclamó) no hay cuidado:
estoy en un país civilizado:
sólo en un pueblo culto se procura
que gasten los cuadrúpedos calzado.
Siguiendo la vereda,
en un camino entró llano y derecho.
-No hay camino sin gente. -Dicho y hecho.
Una gran polvareda
se alza en la extremidad del horizonte;
divísanse entre el polvo diferentes
caballeros con armas relucientes,
plumas, preseas y admirable pompa;
repite el eco del vecino monte
rudo son de timbales y de trompa,
y óyese luego aclamación festiva
de ¡Viva el nuevo Rey! ¡Viva el Rey ¡Viva!
Los jinetes se apean,
obsequiosos al náufrago rodean,
y antes que diga nada
ni acierte a disponer de su persona,
pónenle un manto real y una corona,
que a prevención la comitiva trajo;
súbenle a una carroza engalanada;
y entre clamores mil, con gozo grande,
majestad por arriba y por abajo,
mucho tirar al aire los sombreros,
y dale que le das los timbaleros,
dicen al nuevo príncipe que mande
a su cochero que ande;
y haciendo los caballos una curva,
por donde vino tórnase la turba,
gritando sin cesar: ¡Viva Facundo
milésimo octogésimo segundo!
-Vamos, (dijo el monarca improvisado),
sin duda en esta tierra, que ya es mía,
Facundo se le pone,
llámese Andrés o Juan, Luis o Conrado,
a todo hombre de bien que se corone.
Bien antigua será la monarquía
donde, si llevan sin error la cuenta,
los reyes pasan ya de mil y ochenta.
Un paje que le oía
repuso: No es extraño,
porque duran aquí tan sólo un año.
Hoy, último de abril, la Providencia
cada año nos envía
un joven para rey: desde tal día,
trescientos, reinará, sesenta y cinco
sobre vasallos, cuyo solo ahínco
darle gusto será con su obediencia.
Pero (estén disgustados o contentos
ellos con él), corridos los trescientos
sesenta y cinco días, ordinario
número que tener el año debe,
no trayendo febrero veintinueve,
su majestad allá de mañanita
recibe la visita
de catorce alguaciles y un notario,
que le dice cortés, pero algo recio:
Llegó San Indalecio;
treinta de abril es hoy, y el calendario
de este dominio reza
que mude la corona de cabeza.
Dejarla es necesario.
Ya vuestra majestad es rey cumplido:
vuestra merced se dé por despedido.
Con lo cual, y sin dimes ni diretes,
cogen a Don Facundo los corchetes,
y en una estéril y desierta playa
le dejan que se quede o que se vaya.
-Oyes, oyes, querido,
(replica el soberano principiante)
¿y de qué vive ese hombre en adelante?
-Vive de la carrera que ha emprendido
para poderse manejar mañana,
bien o mal o peor, conforme gana.
Sujetos hay de los que fueron reyes,
que dándose al estudio de las leyes,
celebridad consiguen y dinero:
uno toma el fusil, otro el arado;
éste vende licores o pescado,
esotro es eclesiástico eminente,
aquél, diestro pintor: últimamente,
para adquirir el pan el forastero,
le ha de sudar la frente,
pues ni en la clase ilustre ni en la baja
ninguno come aquí si no trabaja.
Cesó el paje de hablar, y el rey contesta:
Eso no me disgusta:
vivir de mi trabajo no me asusta.
Sepa el amigo paje
que por juego una vez tejí una cesta;
con un año cabal de aprendizaje,
cualquiera alcanzaría
destreza regular en cestería.
Desde hoy constantemente
seis horas al oficio me consagro,
hasta que labre un cesto, que en su clase
por un esfuerzo pase
del arte cesteril, por un milagro.
Su majestad salió tan excelente
compositor de mimbre gordo y fino,
que en el concurso de la industria, vino
a conseguir el respectivo premio,
siendo solemnemente declarado
primoroso oficial, honra del gremio.
Al fin de su reinado,
quedándole por única prebenda
su rara habilidad, abrió su tienda,
que nunca se veía
de concurrentes útiles vacía.
Trabajador y gastador juicioso,
riquezas allegó, se hizo famoso,
y sucesivamente fue nombrado
alcalde, diputado,
inspector del marítimo registro,
cuatro veces virrey y al fin ministro;
todo por ser sujeto
que observaba su ley con fe y respeto,
ser íntegro y veraz, de buena pasta,
y único para armar una canasta;
de modo que a porfía
cada insular, al verle, prorrumpía:
No tenemos aquí, ni habrá en el mundo
mejor conciudadano ni cestero,
que el sucesor insigne de Facundo
milésimo octogésimo primero.


LECTORES Y LECTORAS
JÓVENES, que en estudio provechoso
vais a ocupar las fugitivas horas,
mirad en ese náufrago dichoso,
cuya vida tracé con desaliño,
la historia general de todo niño.
Nace: padres, abuelos y parientes
le reciben con júbilo y cariño;
le miman con frecuencia,
sobrado complacientes;
y en fuerza de los lloros exigentes
con que por todo a todos importuna,
reina con veleidosa omnipotencia
desde el movible trono de la cuna.
Pero el tiempo voraz, el que sin duelo
traga vidas, y mármoles y bronces,
pronto deja al muchacho sin abuelo,
y sin padre tal vez y sin herencia,
y es forzoso por sí vivir entonces.
A peligros tan ciertos y fatales,
otro remedio no hay que la enseñanza,
que aprovecha en la edad plácida y verde
las ventajosas prendas naturales,
ilustra corazón y entendimiento,
y un tesoro nos da que no se pierde.
Forma, QUERIDOS JÓVENES, la vida
serie no interrumpida
de gusto y de tormento,
de hórridas tempestades y bonanza;
pero, aunque en medio de vaivenes tales,
fiero tropel de males
amenace violento
doblegar vuestras débiles cervices,
con virtud y talento
no tenéis que temer, seréis felices.