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domingo, 14 de diciembre de 2008

J.G.Aranguren : "Diciembre"

       Dijo el poeta:

       - Diciembre pintado sobre vidrios;

    no es bueno

    este sol de matacabritillas.

    El aire hace y deshace

    las alamedas en blanco y sepia, de tweed. -

 

       Diciembre también es el mes preferido por los niños. Llegan las Navidades y todo se hace más familiar y más tierno. Para los “paganos”, ahí está la noche vieja, con sus desenfrenos y desbordamientos. Pero a mí, lo que más me toca el sentimiento es la fiesta de los santos inocentes; porque el mundo, por algún fatal designio, gira y se engrasa con el sudor y, en muchas ocasiones, la sangre y la miseria del inocente. Todavía quedan en el mundo muchos Herodes poderosos que se abalanzan sobre los demás tan sólo para su propio medro, para sus reprobables ambiciones.

       Ah, y es el mes de las alegres modistillas. En su día, yo las solía ver por las calles de mi ciudad riéndose y alborotando un poquito. Descaraditas, maliciosas, encantadoras.

Oliverio Reynés :"Pais de Sagitario"


       La verdad no la sabremos nunca. Vivimos en un país de Sagitario: todos sabemos cómo las gastan los de ese signo zodiacal. Contradictorio, apasionado, individualista furibundo, devoto de sus mitos y, a la vez, iconoclasta, el español va por la vida pegando mordiscos con una suerte de mística vesania. Un subliminal sadomasoquismo pone la guinda al pastel. Los extranjeros, cuando nos ven tan mal avenidos, tan atrabiliarios, tan torpones, tan apesadumbrados por injusticias reales o inventadas,  quédanse de una pieza. Tanta rabia y entusiasmo aplicados a la labor fecunda de la propia creación, a la entrega silenciosa al relato o al poema, a la lucha con el ingrato folio en blanco que nos llama con su más taimada voz de súcubo o sirenio, daría estupendos frutos. Pero, ¿y la dulzura de la derrota, sobre todo cuando ésta se la podemos arrojar a la cara, como boñiga caliente, al supuesto culpable?

       En esta España del año dos mil ocho se lee poco todavía, se escribe a contracorriente y en perpetuo estado de irritación, se publican bastantes cosas prescindibles que no debieron darse a la imprenta. Se llora escribiendo. Se escribe llorando. Y, a pesar de estos gerundios, miles de españolitos se empeñan en hacer inalienables sus vocaciones literarias. Quizás el inconsciente colectivo nos empuja, por eso de que somos una raza ceñuda y desabrida, a empeñarnos en empresas difíciles, a nadar en aguas turbulentas, a curar nuestros juanetes en los maratones. ¡Somos tan encantadoramente irracionales! Pero sería cosa buena llorar un poco menos, gruñir escasas veces, morder únicamente cuando lo exija el guión. ¡Si alguien diera con la fórmula…!

                   Oliverio Reines (Blog)

martes, 9 de diciembre de 2008

"Ternura" (Felipe Juaristi)



Existe el derecho a la ternura; y la obligación de ser tiernos, aunque sea un rato al día. Existe también un equívoco sobre el tema. Si quien habla de ternura es un ser supuestamente masculino, corre el riesgo de que el discurso subyacente sea tachado de afeminado o de amanerado. La ternura es reconocida como expresión de amor maternal o en los afectos que los niños muestran hacia sus animales y objetos más cercanos, el perro de la casa (y no siempre), el osito de peluche y la play station. Alguna norma no escrita pero proclamada de nuestra cultura impide al hombre, en la medida en que lo sea, hablar de ternura, o de proclamar su sensibilidad, sin que sufra la consiguiente burla o sea objeto de inquina. ¿Cuántos hombres reciben un ramo de flores por su cumpleaños, con una tarjeta escrita a mano, en la que se le recuerdan los afectos y emociones que provoca?
Lo cual tampoco pretende afirmar que el espacio femenino, actualmente, sea un modelo de ternura.
En el fondo, existe una terrible confusión sobre el lugar que lo masculino y femenino ocupan en la sociedad. Tanto el hombre como la mujer están sometidos por símbolos que prohíben la ternura, o lo relegan al terreno de la inocencia, a la relación con los seres evidentemente inferiores.
En los demás lugares de encuentro, especialmente en el del amor, se extiende la lógica de la guerra y de la victoria o conquista.
Reivindicar la ternura es incidir en la pluralidad y supone, de hecho, la inmersión de lo masculino en lo femenino, y de lo femenino en lo masculino.

ROCIO SORIA R. DESDE QUITO, ECUADOR

Este bocado de oxígeno es el primero: lo respiro con cuidado y me oprime,
me oprime
como si fuera naciendo íntimamente hacia dentro
como un embrión que lo hubiera formado a solas.

Hay un demonio negro
circulándome y deteniéndose,
circulándome y deteniéndose,
CIRCULÁNDOME Y DETENIÉNDOSE,
puedo sentir cuando se detiene a hurgar atajos entre los troncos sanguíneos,
es como una aguja caminándome por el cuerpo.

La cabeza se entibia por segmentos
de atrás hacia delante y de abajo hacia arriba.

Queda una idea convulsa dentro,
solamente, una idea que no alcanzo a pronunciar,
una idea de miedo destornillándoseme de entre los párpados.

         No hay palabra que la nombre.

El techo: carúncula silenciosa sigue una senda indefinida
el aire pita en mi pecho, puedo sentir cómo se infla mi abdomen,
araño pero no puedo deshacerme de esta convulsión,

las piernas se tensan con piquetes que suben hasta amortiguarse,
las manos se encarrujan entre las sábanas y tiemblan
espasmódicamente.

Quiero un bocado de aire pero la garganta ha estrechado el paso
—hay ruidos de gente llegando.

Una sola imagen final,
una sílaba atascada que se repite y va acelerándose,
acelerándose,
ACELERÁNDOSE
      hasta la desesperación.

No sale.

Se acabó,
todo terminó por apagarse,
la vaga imagen cuelga de la pecera.

                 Punto final

sábado, 6 de diciembre de 2008

Jorge Aranguren :"Desde el aire ....."

 

Desde el aire, mirando hacia babor porque el avión siempre vira un poquito a la derecha de la Dragonera, se la ve grande y pardusca, emborronada de nubes que llegan hasta nosotros desde el norte y su dentadura pétrea, guatas que van corriendo la Tramontana. Con los primeros días de primavera se vuelve algo más verde, se hace lunareja de olivos y algarrobos, perdida ya la exigua y arrebatada nieve de los almendros -de nata débil, como cantara Miguel Hernández: buen hortelano en el aéreo huerto de la palabra-; perdida, digo, su nieve hasta otros años. Parece la isla de Mallorca una gran piedra lunar, una piedra fermentada y dulce, llena de brotes y de rumores subterráneos. Bajo el avión, su perfil de cabrita, o de caballo que apuntalara con sus orejas los caminos altos de Formentor y soportase entre las crines la media luna de Alcúdia, afiánzase por el largo y total hilo de espuma que la circunda dándole consistencia. Así, de semejante guisa la dibujábamos nosotros en el colegio, con azul turquesa todo alrededor, para pasar luego la goma blanda por el borde y simular el límite de los rompientes. Ésta es la isla, brillando al mediodía como en el sueño de Cortázar.

Las veintiañeras del vuelo de Madrid ponen la frente en las ventanillas y sonríen. Todo el macizo bloque de la isla se llena de grandes manchas frenéticas según las nubes pasan por encima de ella y por debajo de nosotros. Vamos a entrar en aquellos bajíos. Las chicas dan grititos con los baches del DC-9 en las térmicas; se ríen y están pálidas. El mistral y la tramontana (los dos viejos predadores disputándose su presa) les van a gastar la primera broma de bienvenida.

La otra isla queda lejos. Cuando yo la llamo así, mis interlocutores se sorprenden y piensan que les estoy tomando el pelo. Luego, alguno se interesa por el secreto, por esa clave que indudablemente yo poseo. Y les digo que sí, que Euskadi es una isla; una isla en la que uno ha vivido, padecido y gozado más de cincuenta años. Ahora queda lejos y, por el parte que se dibuja en los periódicos, con agua del oeste entrándose desde Saltacaballos, pasando por la bocana del Nervión y su vómito de arrabio, dejando atrás Lemóniz y su deuda con la historia, llegándose a la barra de Orio tras picar espuelas, invadiendo Donostia para susto de tamarindos y alegría de la vieja herrumbre que va paciendo pasito a paso las farolas modernistas -como globos de caramelo-, del puente del Kursaal. Ahora estará lloviendo en Donosti, sobre la playa desierta que pisaron un día, de mocitos mocosos, Arconada y Chillida y Savater y quizás mi llorado amigo el pintor Carlos Sanz. Y lloverá en el bocho bilbaíno y en la lejana Gasteiz. Y este remojón gallego, que unos dicen sirimiri y otros orvallo, y los más llovizna, se llegará hasta Hendaya y Biarritz, hasta las Landas. Mojará toda la isla: Euskadi entera.

Porque un país termina siendo lo que quiere ser, si lo quiere de corazón; y en este caso es bien cierto que la voluntad de insularidad nació a la vez que nació Euskadi. Y con Euskadi, pegada a ella como la hiedra a la pared, germinó y se puso a crecer la vocación de una específica e inefable insularidad. Esto es algo que mis amigos sospechan, algo que ya saben cuando les hablo de mi peregrinaje o trashumancia entre dos islas. Me miran con disimulo; quizás abordar este tema roce la inconveniencia, o el mal gusto, o la incorrección. Sería el momento de hablar de cine, de chicas o de fútbol…

Cuando tomamos tierra en la otra isla, la que no admite dudas, el aire tramontano me vuela la gorrilla que me compré en la Parte Vieja, en la tienda de Larrandia. Un grupo de doncellitas se ríen de mí, aunque siguen pálidas como requesones. Ellas, con el truco de los tejanos, no se preocupan por el viento. Corro tras la gorra mientras pienso en esta isla que ahora me recibe…y en la otra. Porque el asunto ha quedado claro para mi.

Jorge Aranguren (Blog)

Gonzalo Ursúa : "Pongamos que hablo de la Real"

Pongamos que hablo de la Real

 

Echo la mirada atrás y procuro no sobresaltarme, pero era, creo, por los férreos cincuenta: años que no eran oscuros ni luminosos, sino de una grisalla especial, y que conservan un destello que me obliga a entrecerrar los ojos. Por entonces ya habíamos recibido a la Virgen de Fátima y liquidado el maquis postrero; algo, en España, paulatina y pesadamente, se estaba alzando y pugnaba por ponerse a vivir. Yo acudía al colegio de los Marianistas, en los altos de San Bartolomé, cerca de Ayete. Desde las aulas de griego se veía el mar como la nada de La historia interminable: un borrón ceniciento que escocía si se miraba con fijeza. En aquel tiempo me hice socio de la Real Sociedad (hace de esto tantos años, que recuerdo muy bien cómo todos los equipos cismontanos vestían con medias negras). A la Real le llamábamos “el ascensor”, y la verdad es que se ganaba este apelativo a pulso, subiendo a primera y bajando a segunda alternativamente, con la pasmosa regularidad de una maquinaria bien engrasada… Eran las tardes de Ontoria, de Bagur, de Igoa, y de Pérez, quien corría la banda con un pundonor de samurai, como si ser extremo derecho fuese la cosa más importante de este mundo. San Sebastián era entonces una ciudad de cien mil almas, celosa de su playa, de su monte Igueldo; gallina clueca para sus remeros, sus futbolistas, máter amábilis para sus futuros atletas -que éramos nosotros y que corríamos por la arena de La Concha con la lengua fuera.

Treinta años después, la Real renunció a ser “el ascensor”; la renta de sus campeonatos playeros y del Sanse comenzó a disfrutarse, y ya poco tenía que ver con aquella escuadra de sólo medio tiempo: un conjunto mediocre, ingenuo e impulsivo. Su público también evolucionó; fue cambiando como cambiaba el paisaje urbano, como mudaba el talante de la ciudad. Con los éxitos llegaron unos nuevos presupuestos, ideas modernas, visiones que sobrepasaban con creces el terreno estrictamente deportivo. Si el poder corrompe y los triunfos se nos suben a la cabeza, reconozcamos que la Real no quedó al margen de estos peligros. Por otro lado, los agoreros tenían razón y las viejas predicciones se cumplieron. Se dijo: “Con la democracia ganaremos”, y se ganaron dos campeonatos. Se aseguró: “Cuando los árbitros dejen de proteger a los clubes adinerados, seremos campeones”. Y lo fueron. Se vaticinó: “Algún día golearemos al Real Madrid”; y fue así. Pero con los triunfos y las apoteosis llegaron las tentaciones, y la primera surgió por la inevitable megalomanía de quien consigue subir al podio. Alguien había conjeturado que la Real Sociedad y su fenómeno deportivo y social rebasaban el área en que se venían desenvolviendo. (Acaso, la ciudad, la llueca de plumas esparcidas, sofocaba y empequeñecía a la familia blanquiazul.) Se pensó en someter al club a un reciclaje que comenzaría por su nombre. El término “Real” sonaba como a reaccionario, y lo de “Sociedad” no decía mucho. Se anunció un posible traslado al euskara o su sustitución por algo más preciso y más claro. Por entonces -todavía no estaban aprobadas las enseñas autonómicas- el equipo llegó a salir al campo con una gran ikurriña, llevada al alimón por Iríbar y Kortabarría. Se cantaba en vascuence y en esa misma lengua, con subsiguiente traducción al catalán, se saludaba al Barça (no recuerdo que ocurriera lo mismo con el Español) por aquello de los lazos de hermandad o por la fraternidad en la lucha común. En las gradas, las banderas albiazules dejaron su bien patente mayoría a las bicrucíferas. Sí, estaban a punto de cambiar muchas cosas. Quizás y por la dinánima sociopolítica-económica-sentimental-deportiva, mi vieja Real accedía a “ser más que un club”.

La Real Sociedad fue siempre el equipo de fútbol de una ciudad cosmopolita, afable, hospitalaria y librepensadora, una ciudad que nunca resultó pagada de sí misma y que siempre quiso transmitir, en saludable ósmosis, el buen gusto y el sentido de la medida a sus gentes y a las instituciones deportivas que empolla a su calor. La Real volvió a ser (al menos, hasta hoy) un club de fútbol sin aumentativos ni diminutivos, sin raras connotaciones; un equipo que desea mantener sus sempiternas virtudes: el pundonor, la modestia y el trabajo inteligente. Si, de nuevo, alguien quisiera hacer de ella algo más que un club, su desdén por el ridículo no se lo permitiría.

Que los dioses le conserven semejante lucidez.

 

                                                                                          Gonzalo Ursúa (Blog) 

"Centro" - Felipe Juaristi

Todas las cosas tienen su centro, donde el peso se aquilata y la gravedad se hace mayor. La tiene el corazón, una fuente coloreada que va arrojando latidos, bombeando sangre, dispersando semillas de vida de un lado hacia otro. La tiene la playa, en el lugar donde los niños se sientan a contemplar el espectáculo de las olas en movimiento, golpeando la arena, como si fuese un blando tambor.
La tiene el mar. Allá van a parar los náufragos y los suicidas que un mal día decidieron perderse en su líquida magnitud. Todos juntos bailan y bailan hasta el amanecer.
La tiene el tiempo, pero tan sólo es memoria que se vacía y se llena, como un agujero o un pozo. La tiene el viento. Allá va reuniendo amigos y hermanos, hojas secas que cayeron, ramas desgajadas de un árbol caído en desgracia, suspiros arrojados en un momento de pasión.
La tiene el fuego en un jardín ardiente e incandescente, donde se queman el sol, la luna y las estrellas, y los demás astros y planetas.
La tiene la tierra. Contra lo que se pueda pensar no hay que cavar hondo, sino deslizarse y dejarse llevar por la superficie, hasta el punto intermedio donde todo queda lejos, hasta lo íntimo.
La tiene la alegría y es una mirada cómplice, un gesto amigo, un regalo inesperado, un mensaje inequívoco de amor. La tiene la tristeza y es una gota de lluvia o de un elíxir dulzón que se aferra al cuerpo del olor, como ceniza rancia.
La tiene el dolor, y es un lugar oscuro, húmedo y cerrado. La tiene el hombre y la tiene la mujer, en sus manos o en sus alas está

ROCIO SORIA R. DESDE QUITO, ECUADOR

POEMA 5 

 

Las antiguas de mí misma

deben haber muerto

en fibras blancuzcas,

en aserrines

tropezándose en sus mismos pies,

ahorcándose en sus propios brazos.

 

Las otras de mí

deben haberse contenido el peso de las pupilas

en los pañuelos de sangre,

deben haberse colgado en los muros

a desgajarse el pellejo a piedras.

 

Encuentro que estoy hecha de fríos

como las otras

lo sé porque el dolor de vivir

se me ajusta a la espalda

y me circula como un hematoma negro.

 

Voy oscura, descalza

como si ya me hubiera unido a las sombras para siempre

como si ya hubiera vivido siempre

trago cuchillos,

me deleito sorbiendo agua sal por las ternillas

hasta llenarme el estómago,

hasta volverme cianótica.

 

El dolor es una especie de éxtasis:

lloro detrás de la cortina

y me gusta cómo mis lágrimas se van espesando.

Es como haber ingerido solvente.

 

¿Hasta cuándo podré reír?

no puede existir un placer tan gratificante

como el dolor que me abunda.

¿Hasta cuánto fuego podré tolerar?

 

Estoy hecha de eritemas

como quien guarda alacranes en el cajón

y se los traga

y deja que lo piquen hasta hacerse inmune.

 

No hay poción, ni raticida para el dolor

solo me queda apretarlo hasta que de tanto apretarlo

me vuelva insaciable.

Sin embargo

hoy no estás y eso si es insalvable

es una nueva mutación del dolor.

Las otras de mí deben haberse colgado en los muros

y despellejado a piedras.

martes, 18 de noviembre de 2008

Se va apagando el año. (Gonzalo Ursúa)

Se va apagando el año. Desnúdanse las hojas de los árboles; tienen un tacto de moflete de viejecita. Ruge el mar con las mareas vivas que la luna trae. Llueve sin remedio. Los pocos días de viento sur, la ciudad es una papelería. Entro en un bar, hacia las dos, y me tomo un blanco. La camarera es de Moldavia y se llama Alina: un sol. Al salir me olvido de mi paraguas.

Creo que fue Umberto Eco (que me perdone si le atribuyo una falsa paternidad) quien dijo que las guerras del futuro no tendrán lugar entre superpotencias, Estados, grupos políticos o económicos. Los conflictos que sobrevendrían pudieran ser largas pugnas entre generaciones, y es de suponer que serían también cruentos y difíciles de resolver.

Pienso que Eco, al formular este vaticinio, no estaba haciendo ciencia-ficción. Con fino olfato de sabueso en los grandes prados de la sociología, lleva hasta sus últimas consecuencias un hecho que está ahí y que podemos comprobar todos los días con sólo salir a la calle y dialogar con un chico joven (si es que no se tienen muchachitos en la propia casa, porque entonces no haría falta buscarlos fuera); me refiero al perpetuo malestar que padece la juventud, a su inadaptación a un comportamiento que la vida entre sus semejantes les exige. Esta desasosegada actitud conlleva una agria y violenta reacción que se traduce en un continuo rechazo del modelo que acatan sus mayores. Hay, qué duda cabe, una razón biológica en esta denuncia y este inconformismo; algo que tiene mucho que ver con el desarrollo de la personalidad. Y eso es positivo. Si no se diera tal rebeldía, temeríamos que nuestra juventud pudiera estar ayuna de valor o que hubiese sido aplastada por sus progenitores (los que hoy frisamos en los setenta -generación “emparedada”- ilustramos de manera palmaria y lamentable esta cuestión). Lo característico de la juventud es y debe ser una postura crítica ante el mundo,

Pero ocurre que se extralimitan. Hoy se disculpan demasiadas transgresiones y se amparan excesivas libertades, dando por supuesto que nuestros jóvenes son las más directas víctimas de una sociedad que no puede enarbolar gallardetes de ética o de moral porque hace tiempo que ella misma dejó de creer en dichos valores. Si cualquier individuo con uso de razón se representa globalmente, sin demasiadas elucubraciones, este preciso momento histórico, comprenderá que la herencia que estamos preparando a nuestros descendientes no es, ni mucho menos, un regalo ni un campo de rosas. Pero esto ha sucedido siempre; el animal humano no ha conseguido aún asegurarse unas formas de convivencia estables, no ha logrado arrumbar, en la bocamina de los recuerdos tristes, esos pesados fardos que le están agobiando desde los primeros núcleos tribales: el afán desmedido de poder, la insolidaridad, la codicia, el miedo a sus semejantes; taras todas éstas que lleva el hombre en sus genes y que el desarrollo científico, las religiones y las teorías políticas más dispares no han podido erradicar.

Yo no creo, por otra parte, que para los jóvenes de ahora el mundo de sus mayores sea más repulsivo que lo fuera para los chicos del “mayo francés”, para los hippys, los punkis o para los existencialistas de papá Sartre, por referirme a movimientos que yo pude vivir y sobre los cuales puedo todavía pronunciarme. Pero, echando la vista atrás, removiendo siglos, comunidades y situaciones históricas concretas no consigo dar con una juventud que no se sintiera incómoda, desplazada, amenazada y sometida por sus mayores o por el modelo social que éstos -de una forma consciente o por la inevitable situación heredada- les impusieran. No creo que la vida de los jóvenes del 98 (reparen ustedes en lo que escribieron más tarde) fuera sencilla; ni la de los románticos (lean a Larra); ni la de aquellos que vieron volver a Fernando VII; ni la de quienes transitaron por nuestro flamante y famélico Siglo de Oro (recuerden a Don Pablos o a Lázaro de Tormes) Y no demos más pasos por el túnel del tiempo. Cuanto más bajamos en la cronología, más nos cercioramos de que la incultura, el imposible acceso a una educación mínima, el hambre, las guerras, la opresión y la carencia de libertades fueron las dolorosas pústulas de una sociedad perpetuamente enferma y doliente. Los jóvenes de entonces se enfrentaron con ella como, ahora, esta airada juventud de gafas negras, escúters, botellón y movida nocturna lo hace con una sociedad que los mira con recelo, teme por su ascensión dentro del mismo cuerpo social, intenta desplazarlos y solamente los tolera cuando aceptan sus condiciones. El paro, la marginación y el fantasma de los conflictos étnicos vuelven a estar con ellos: están como estuvieron siempre… Y resulta obvio que nosotros los adultos se lo hemos puesto muy difícil, y se comprueba -al menos, yo lo creo así- que siempre fue difícil para todos.

Gonzalo Ursúa (Blog)


Alma Cervantes : "Nuestros Cuerpos" ; "Anatomía"



NUESTROS CUERPOS


Ante nosotros
se edificaba el imperio de los sueños
tantos y tantos anhelos que robaban nuestras noches.

Pero allí estábamos
al pie de los deseos
y fuì en tus ojos el placer de sudores.

Fui tuya
con el desespero de lejanos abandonos
bebiendo de tu aliento cada uno de tus besos
apresados en mi cuerpo.

Fuì gaviota en tu vientre
pincelando fantasías
en la cavidad de tus volcanes
inventando mil formas
de amar sin medida.

En mis senos esculpiste tus besos
y bebiste con tus labios néctar de rosas
en el impulsivo anhelo
de veredas que mis manos recorrían
develaron poco apoco
un oàsis encendido sin misterios.

Las caricias que en incendiarias sensaciones
apresaron los deseos
se unieron en un sòlo orgasmo
como el agua al desierto.

Y en donde desemboca el éxtasis de toda entrega
quedó un aliento suspendido a las palabras
todas las horas que al tiempo
despojamos para amarnos.

Alma Cervantes



ANATOMÍA

 

 

Anatomía
en descripción perfecta a mis heridas
delineando tus besos
formando recodos que nunca explorados
vivieron.

Ahí
en murmullos permanecen en el anonimato
los recuerdos sedientos
y sueños.

Ahí,
detrás de montañas que extravían tu nombre
en donde el eco se duerme
-calla-
extraña
y el tiempo en espejismo se come a la vida
eternamente.

Mis dedos
atentos a la voz de tu alma
escriben,
te escuchan
y aquellos besos
un día mutilados
fueron quedándose pausadamente
(guardados)
entre mis ríos y tus desiertos.


Alma Cervantes

"Crítica" - Felipe Juaristi

La mitad del mundo critica a la otra mitad, aunque pueda suceder, echadas las cuentas, de que sea siempre la misma mitad, más o menos, la que se dedique al antiguo oficio, de mucho beneficio, de la censura dialéctica. Son gente que piensa, o cree, que no es lo mismo, que lo que no es blanco es necesariamente negro y, sobre todo, ajeno. Prefieren la apariencia de limpieza, aunque luego no sea oro todo lo que reluzca.
De lo que deducen que bueno, únicamente, es lo que ellos persiguen, y malo lo que los demás siguen, con bastante más bellaquería que bondad, por supuesto, porque las buenas intenciones, aunque permanezcan ocultas y apenas salgan a la luz, para no ajarlas, les pertenecen, y no a los otros, sospechosamente malignos y de peor voluntad. Lo ven todo desde la atalaya de sus prejuicios, bien protegidos, eso sí, detrás de gruesa cristalera de seguridad y con calefacción potente, para no resfriarse ni enfriarse los ánimos, que por débiles y menesterosos, se congestionan con facilidad y quedan enfermos y en necesario reposo.
Quien apueste todo o nada, perderá probablemente el todo, y más. Las opiniones sobre las cosas mundanas son, por supuesto, rebatibles, pero no absolutas. No hay nada que no tenga su grado de bondad, o de maldad repartida, ni defecto que no se convierta, según cambie el tiempo, en afecto.
El agrado y desagrado son muchas veces contingentes y coyunturales, siervos de la ocasión. Mejor sería, por tanto, que la mitad del mundo se criticara un poquito más; por variar, claro.

ROCIO SORIA R. DESDE QUITO, ECUADOR

POEMA 

Ya nadie quiere cuidar de esta mano
cuyos movimientos involuntarios han pretendido,dicen, ahorcarme.


La envuelvo
la cubro
le doy un beso en la cabecita
le arrullo
me amanezco meciéndola pero ella nunca duerme
está vigilante
pendiente
se sobresalta al menor ruido y me araña de desesperación el pecho.

Quiere llamar mi atención porque sabe que ya está cerca.
Le digo que sea cautelosa pero ella es muy impulsiva.
Es peor cuando la máquina de los latidos empieza a bombear toda la noche, sin descanso
y no termina de morirse ese pitido en mis ojos
o se vuelve a una sola hebra
y el hombre de blanco viene con su abulia masculla algún silencio que he olvidado
dice algo que no entiendo. 


Se acerca
se la lleva
le muele a sondas el cuello.

Él no entiende
que ella solo pretendía advertirme.
Se la lleva.
Estoy sola.
Miro por el estrecho agujero del parapeto común.

El hombre de la pieza seis se ha levantado
y camina descalzo hacia el fondo
agitando la pierna como si quisiera lanzarla.

El hombre de las flores amarillas
se golpea la cabeza contra la pared
repitiendo la misma frase.

El martes arañaba con la cuchara el plato vacío
en un ritual interminable de invocación.

Ya nadie quiere atar estos cordones blancos que me crecen cuando llueve,
nadie quiere cuidar de esta mano
cuyos movimientos involuntarios han pretendido,
dicen, ahorcarme.


La envuelvo

la cubro.

Espero.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Colaboración : Félix Aldabaldetrecu : "Amar, amante y amado"


Amar, amante y amado

La gente feliz está siempre enamorada. El amor es un instinto práctico. De su utilidad depende nuestra felicidad. Hay quien considera que el amor es la suma del apego personal, la inversión familiar y la sexualidad, y todo ello afectado por el entorno.

En la elección de la pareja, el aspecto, la simetría de las facciones, reflejo del metabolismo y los genes, es importante. Son signos de salud que ya nuestros antepasados seleccionaban para tener una buena prole. La monogamia apareció por el interés de ambos padres en que los hijos salieran adelante.

La felicidad aumenta con la edad porque tenemos más recuerdos y éstos se comparan con cada estímulo exterior, generando esa sensación de felicidad. Sin memoria no hay amor; no hay con qué compararlo. Dicen que el desamparo del bebé en la cuna es idéntico al del enamorado abandonado. Un neurólogo afirma que lo mejor es volver a enamorarse. Pero no es fácil. Si en la niñez uno sufrió desapego afectivo, quedará condicionado para la búsqueda del amor en su época adulta. La capacidad de amar puede estar afectada por un factor genético que se mantiene o no según el entorno.

Con frecuencia, el ser amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Los seres más inesperados pueden estimular el amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Es una idea activa sobre el amor, más que pasional. En cambio, bajo el dictado de la pasión, es preferible ser amado que amante.

Decimos que “el amor es ciego”. Pero no es verdad que la ceguera del amor nos impida detectar las carencias o defectos del amado. El amor no embota nuestras percepciones o nuestra sensibilidad, sino que más bien las exacerba. Nadie es tan consciente de los defectos y carencias del amado como el amante; la ceguera que aflige a quien se enamora es de una índole más terrible y destructiva: sabe que la persona amada es tiránica, frívola o egoísta y, sin embargo, la ama; incluso suele ocurrir que estos vicios evidentes de su personalidad, lejos de extinguir su amor, lo aviven hasta extremos de irracional dependencia. Es habitual, además, que el amante confíe en la naturaleza mesiánica de su amor: sabe que la persona que ama es necio, grosero, insoportablemente banal, pero piensa que la fuerza de su amor bastará para trasmutar esos defectos en virtudes; y así el necio, enaltecido por el amor sin condiciones que le brinda el amado, se tornará discreto; el grosero, sutilísimo; el banal, penetrante. Es cierto que el amor puede obrar milagros; y que, a veces, perfectos zoquetes se metamorfosean en seres angelicales, gracias al amor generoso que les dedican sus amantes. Pero resulta más habitual que el zoquete siga siendo lo que fue antes de ser amado. Incluso puede ocurrir que el amado llegue a odiar al amante, puede suceder que su amor llegue a resultarle intolerable. Pero el amante, poseído por la ceguera del amor, insiste abnegadamente en su esfuerzo redentor, la belleza de su pasión lo ofusca hasta el extremo de impedirle constatar que se trata de una pasión estéril. Y así el amor se convierte en fuente de dolor incesante para quien ama,

¿Cómo evadirse de ese dolor abrasivo que nos dejan los amores contrariados? Un ejemplo puede ser el protagonista de una historia que, creyendo haber hallado la sabiduría del amor, durante años, amó arrebatadamente a una mujer indigna de su amor. Cuando ella lo abandona, recorre el país durante años, tratando de encontrarla, en un periplo enloquecedor. Hasta que, de repente, cuando ya se cree perdido, lo invade una profunda paz. Descubre que el amor es la “experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo”. El protagonista empieza entonces a amar las cosas pequeñas que la vida nos ofrece: un bosque, una playa, un monte, un río. Eran cosas en las cuales no había reparado -no, al menos, con afecto-. Y en esta forma discreta, bondadosa de amor encuentra la felicidad: “me encuentro con muchos semejantes y una radiante luz se apodera de mi ser. Miro las bandadas de pájaros en el cielo o gentes que realizan sus trabajos en el campo… Cualquier cosa, cualquier ser viviente. ¡Todos desconocidos y todos amados!”. Es el único modo de sobrevivir al amor que un día tributamos en vano a una persona que no lo merecía; es también una senda ascendente, una vía de elevación y purificación, una escalera cuyos peldaños nos conducen al amor que no defrauda. Quizá una solución mística, pero que esconde una verdad profunda y consoladora sobre la naturaleza del amor, esa fuerza misteriosa que se acumula durante años en el corazón del hombre y que con tanta frecuencia crece, como los lirios venenosos, sobre una ciénaga pestilente.

Félix Aldabaldetrecu (Blog)

Alma Cervantes :


CARTA DE AMOR

CUANDO DUELE LA AUSENCIA
La Agonía de extinguir el desaire de las palabras pronunciadas de tus labios resonaban a cada segundo en mis oídos, de esos labios que yo había besado, esos labios que musitaban mi nombre y que embebecida quedaba al escuchar esa voz tan amada para mi…no, no seré la primera mujer sobre la tierra que se aleje dolida y fracasada…no seré la primera mujer que derrame una lagrima de olvido, de dolor, de desilusión y agonía. Mis ojos se secaron ya de tanto llorar y de mis manos solo se desprenden frases de olvido, de ausencia, desamor y sufrimiento Muy pronto volveré de nuevo a aquella habitación cubierta de fantasía de donde nunca debí haber salido, de aquella habitación donde un día la puerta se abrió y dejé mis huellas sobre la alfombra de la realidad que parecía prometer tantas cosas maravillosas, tangibles, en la esencia de la vida, manos reales que prodigaban caricias, sencillas frases de amor que conquistaban a un alma vacía, antaño cubierta de soledad…a su tiempo la ausencia en alegría se convertía …porque tu existías.Rodeada de incertidumbre poco a poco la realidad se tornaba cada vez mas conocida, aquel mundo en el que me había refugiado parecía rendir sus frutos y yo era feliz, y aprendí a sonreír, aprendí a perder mis temores y a ser cada vez mas fuerte para defenderme de todas tempestades, porque yo merecía ser feliz…y estaba conciente que a tu lado no lo lograría.Me dolías…me dueles…me dolerás….pero voy a olvidarte….me dueles tal vez como duele la vida…como duele la muerte, como duele este interminable andar por aquellos caminos desiertos…Y regresabas…regresabas una y otra vez porque tal vez aquí en estos brazos que tanto te estrecharon encontrabas la ternura y el calor deseado que en otro lugar no poseías…regresabas al mismo sendero en donde se habían terminado tus pasos. Ya no mas…no mas, no quiero ya quererte, no quiero que me busques no quiero que me toques, no deseo ni anhelo que me poseas ni tener tan siquiera un beso de tu boca que ha lastimado aquello que era tan hermoso. El amor es limpio…debe serlo, sin condiciones ni ataduras de ninguna especie, lo nuestro se estaba convirtiendo ya en una adicción total por parte mía.. de parte tuya ¿que puedo ya decirte? Si sueles ser tan indiferente!! Tu que hablas del tiempo, ese tiempo que fuera tan solo de nosotros mismos, ese tiempo tan valioso para ti perdidos a mi lado, te los regreso, te regreso esas interminables horas de entrega, de palabras maravillosas, te regreso mis besos a tus besos, mis caricias a tus caricias, te regreso las miradas de mis ojos prodigados a los tuyos, te regreso cada una y por completo las noches de placer que llegamos a gozar, ya no las quiero…ya no …déjame marchar cuando el ocaso pronuncie tu nombre y se pierda mi mirada en un mar de locuras de todas esas hermosas locuras que viví a tu lado, porque ya no quiero amarte, ni tenerte, ni tocarte ni quiero que me busques, ¿para que? Sigue sin mi y con los tuyos ¿y te digo algo? Amala mucho, hazla feliz, porque aunque me duela reconocerlo ella es mejor que yo porque te tiene a ti, porque si Dios los unió algún día por algo fue, te repito aquellas palabras que alguna vez te dije, no la odio, nunca podría odiarla, al contrario la admiro por ser tan mujer para permanecer a tu lado y porque ahora se que será la mujer que estará contigo cuando envejezcas y caminen juntos tomados de la mano, te felicito por ello, y yo estaré contenta porque sabré que eres feliz…cuando en verdad se ama no se alegra de la desdicha del ser amado del otro lado…y yo se que tu serás feliz, para eso estas formando tu patrimonio, los cimientos tan anhelados y que yo en cuatro años no pude formar contigo.Nunca me recuerdes, se que no dejaré huella en tu vida porque mi amor fue tan grande e inmenso que son de esos amores que entregan todo sin recibir ni esperar nada…así debe de ser, así debe de ser el corazón para poder triunfar en esta vida rodeada de tanto materialismo, un corazón fuerte y arrogante como el que tu posees y ya que Dios te concedió la gracia de esas manos fuertes que han sabido cosechar a la tierra, a la bendita tierra que da los frutos de su cosecha…sigue así y llegarás mas alto, lo sé y te lo aseguro, porque las personas que son como tu jamás se detienen ante nada para lograr lo que desean…¡y es que la vida es tan corta! No te reprocho nada, solo te doy las gracias por aguantarme este tiempo que para mi fue el mas hermoso de mi vida, gracias por enseñarme lo que era ser mujer y lo que significa entregarse a alguien completamente. Gracias por todo y mil disculpas por quitarte un poco de tu tiempo que es tan valioso para ti, y lo estas perdiendo para leer estas líneas, te doy mi palabra de mujer que ya jamás volveré a cruzarme en tu camino.Adiós mi gran amor, que Dios te bendiga siempre, a ti y a los tuyos…

Alma Cervantes

 

RETAZOS DEL ALMA

Querido Diario:

Hoy, a un momento que el silencio se ha detenido en el espacio mismo de la melancolía, cuando ha dolido la ausencia y el hilo de la distancia detiene a las heridas.
Hoy, quiero hablar con mi soledad y cubrir con letras a mi musa abatida ya de tanta indiferencia, volver los ojos al cielo y reconstruir promesas.
Hoy, quiero sentirme niña de nuevo
correr por el patio de mi casa y alcanzar una estrella
Hoy, mas que ayer...deseo estar cerca de todo lo nuestro.


Los versos
que recorrían el camino
hasta quedar cubiertos del amor que había nacido
un día
el día en que una estrella nació
resurgiendo
en cada nota , en cada beso
en cada silencio estremecido
y que impregnado de besos se quedaba
anclado al pensamiento.

Versos, que hablan a la vida
al amor y a todas las huellas
que en el cuerpo se han tatuado
y surgen
-eternamente-


Querido diario
Hablas del amor, tus versos se embriagan con la ternura de tu pluma y dentro de quien los lee...se va formando poco a poco una fuente de vida.
La verdad
en el inmenso oasis de tu cielo
se refleja un horizonte
lejano
vagamente extasiado a tus heridas.

Un deseo
de la lucha por sobrevivir
airoso en el tiempo,
que mueve lentamente el ocaso
en donde el mar se pierde en su locura.

Y tu lo sabes, son retazos del alma éstos, que aquí escribes,
has descrito tu alma complementando tu vida, esta vida que has elegido
y has vertido tus raíces en la tierra misma de tus orígenes...me he preguntado infinidad de veces en donde se terminan los sueños, y al leerte, he llegado a la conclusión de que la vida es el sueño, placentero, con sus tristezas y alegría nos entrega el camino de lucha y coraje cuando se desean las cosas y no pueden alcanzarse.

Sí, amado diario, la historia se seguirá escribiendo mientras existan unos ojos que quieran seguir observando y mientras existan en el mundo almas inquietas y ávidas de amor .

Noviembre 9 2008

(De mis memorias silenciosas)

Alma Cervantes

 

miércoles, 5 de noviembre de 2008

"Mezquindad" (FELIPE JUARISTI)

Una mujer va andando tranquilamente por la acera, en dirección a una parada de autobús. De pronto, ve que el autobús que desea tomar está llegando. Ambos corren, la mujer a velocidad de tacón, tap, tap; el autobús, a diesel, brum, brum. La máquina llega antes. Baja y sube gente. La mujer llega al fin y el autobús cierra sus puertas. La mujer, cansada y resoplando, golpea el cristal en ese preciso instante, por llamar la atención del conductor y para que le abran la puerta y pueda entrar. El conductor la mira, sonríe, arranca y se va. La mujer suelta un juramento, no en arameo, sino en el lenguaje de los seres airados.
Entre los viandantes hay quien le afea la conducta: «Una mujer no debe soltar tacos».
Un coche pequeño intenta salir del lugar donde estaba aparcado en la vía pública. La conductora saca el auto, aunque con evidente dificultad. Una furgoneta blanca, grande y pesada sale no se sabe de dónde y se lleva por delante el coche que ya asoma su débil morro azul plateado en la calzada. El conductor, o conductora de la furgoneta, no se digna a parar y sigue su camino, como cometa lanzada al viento. La mujer del coche golpeado sale del vehículo, contempla los destrozos, se lleva las manos al rostro, y, enfadada y fuera de sí, se lamenta en voz alta. Unos viandantes que pasan la recriminan: «La que no sepa conducir que se quede en casa». Y así suceden los acontecimientos en el mundo, en esa lucha larvada entre la mezquindad y la bondad, la generosidad y la cicatería, que de todo hay.

Colaboración : "El Cuerpo del hijo" (ROCÍO SORIA)

QuintoPretoriano tiene a bien incorporar a su espacio la colaboración de la escritora ecuatoriana Rocío Soria , cuyo perfil, según ella misma es el que sigue: 

Rocío Soria

Datos personales

Rocío Soria R. (Quito, 1979). Realizó estudios en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Ha publicado su poemario "Huella Conceptual", con el que obtuvo el Segundo Premio en el Concurso de Poesía organizado por el Departamento de Cultura de la Universidad Central del Ecuador, 2003; obtuvo también el Primer Premio en el Concurso Interuniversitario de Relato Corto organizado por la Universidad San Francisco de Quito, 2005; Premio Nacional de Poesía Fanny León Cordero organizado por la Asociación Ecuatoriana de Escritoras Contemporáneas, 2005, Medalla de Bronce en el género cuento en el Concurso de Poesía, Cuento y Ensayo organizado por la Facultad de Filosofía, Escuela de Lenguaje y Literatura de la Universidad Central del Ecuador, 2006; Primer Premio Concurso del Libro y de la Rosa organizado por la UNESCO y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 2006. Ha publicado el poemario El Cuerpo del Hijo, 2008.

El cuerpo del hijo
POEMA

Ya nadie quiere cuidar de esta mano 
cuyos movimientos involuntarios han pretendido, dicen, ahorcarme.
La envuelvo
la cubro
le doy un beso en la cabecita
le arrullo
me amanezco meciéndola pero ella nunca duerme
está vigilante 
pendiente
se sobresalta al menor ruido y me araña de desesperación el pecho. 

Quiere llamar mi atención porque sabe que ya está cerca. 
Le digo que sea cautelosa pero ella es muy impulsiva.
Es peor cuando la máquina de los latidos empieza a bombear toda la noche, sin descanso
y no termina de morirse ese pitido en mis ojos 
o se vuelve a una sola hebra 
y el hombre de blanco viene con su abulia masculla algún silencio que
he olvidado
dice algo que no entiendo. 
Se acerca
se la lleva 
le muele a sondas el cuello.

Él no entiende
que ella solo pretendía advertirme.
Se la lleva. 
Estoy sola.
Miro por el estrecho agujero del parapeto común.

El hombre de la pieza seis se ha levantado
y camina descalzo hacia el fondo 
agitando la pierna como si quisiera lanzarla.

El hombre de las flores amarillas 
se golpea la cabeza contra la pared 
repitiendo la misma frase. 

El martes arañaba con la cuchara el plato vacío 
en un ritual interminable de invocación.

Ya nadie quiere atar estos cordones blancos que me crecen cuando llueve, 
nadie quiere cuidar de esta mano 
cuyos movimientos involuntarios han pretendido, 
dicen, ahorcarme. 


La envuelvo 

la cubro. 

Espero.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Colaboración : "Jorge Oteiza-100 años" (II) (J.G.Aranguren)



Inclinado y al lado de Dios (II)

 

   La relación de Oteiza con Dios (su Dios particular) merecería un capítulo aparte. El panteísmo de Oteiza hace palidecer. En éste, como en Unamuno (citado reiteradamente en las páginas del guipuzcoano), hay un deseo, siempre frustrado, de Dios. Jorge es un hombre religioso. Nos habla de teomaquias, de teosofías. Dios se sitúa en el centro de sus preocupaciones, bajo la serena, muda e inabarcable concavidad del cielo: la cavidad madre. Y Jorge reza:

                            

                              Ahora tengo que irme,

ni tengo angustia, ni quiero vivir eternamente.

No necesito más que esta figura intemporal y esta rama,

Señor, y esta gota de sangre en un dedo,

una gota de agua en la cara, para verte,

no consisto en otra cosa que llamarte.

Quererte desde la pobreza de mi luz individual,

y aun te pierdo en este breve sitio que dispongo,

sobre el abismo de esta piedra,

No sé amarte más…  

 

 Pero no siempre es una plegaria. A veces, un reproche:

  

   Dios no contesta,

en mi caracola marco el número,

no encuentro el prefijo en la lista de mis muertos.

 

   Igualmente, la ironía, el desencanto y como una rabia apenas disimulada:

 

   Oh, Dios blanco, todoblanco,

oh, Dios todo injusto, todoausente,

bueno todo, todo racional y sabio,

oh, Dios niño, o Diosdedo, dedos señalando el cielo.

 

   La figura del padre -rara en la urdimbre de sus textos- pudiera asimilarse a la idea de ese Dios lejano; pero la tierra es siempre protectora:

 

   Padre, no te vayas,

el muchacho sigue bajando por el monte

y no me oye.

Yo me tiro al suelo llorando,

agarrado a la tierra.

 

   Hay que descubrir a este ser “resplandeciente y descompuesto” (reparen en los adjetivos), o inventarlo. Oteiza nos dice: “Aunque no exista, hay que buscarlo”. Es evidente que Dios constituye una gran desilusión; es un tipo aburrido, desganado, que nos hace pensar a veces en un burócrata receloso. Véase un fragmento:

 

    Dios a la diestra, sentado en su taburete,

cansado, muy cansado  de sí mismo,

cansado, sin duda, bastante, también de mí,

de mi insistencia en verle.

 

Pero sucede que Oteiza, como buen panteísta, reconoce un rastro de divinidad en la cosa más ínfima. Levanta una piedra y contempla un gusano. Y este gusano es “testigo y parásito del amor de Dios”. 

 

  Hay un poema en el libro Existe Dios al Noroeste, en el cual el Dios creador es solamente una caricatura: ese maniquí o estafermo móvil que servía de blanco a los caballeros medievales y les asestaba un golpe cada vez que lo fallaban, alguien que lo acompaña en la vida, en la intemperie, decrepito y servil, con las manos en los bolsillos. Dice Jorge:

 

   Este que se nos acerca es Dios;

                        se sitúa a su lado Baroja, a la derecha.

Yo en el otro lado; con agradecimiento, el viejito nos mira.

Caminaba como nosotros, también bajo la lluvia, y solo.

Nos desplazamos los tres inclinados hacia la izquierda,

los dos amigos con Jesús, que volvía de la muerte.

 

   Es muy notable la ternura no disimulada, e incluso la compasión, hacia ese viejecito que, por primera vez, se coloca en el mismo plano que el poeta. Este Dios anciano se solidariza con los paseantes. Viene de la taberna de Emaús; quizá está tan triste como Baroja o como el mismo Oteiza. Llueve, y ellos inclinan la cabeza -como en el célebre poema de Salvador Espriu- para acercarse los unos a los otros.

 

   La confianza de Oteiza hacia su Dios es grande. Lo trata a veces como a un “casero” o a uno de esos pescadores que entran, al atardecer, en la rada de Orio. Cuando se enfada con Él, no teme confesarlo. En los versos que siguen, la eventual blasfemia se atenúa gracias a una metáfora casi pueril. ¡Pero qué bien le comprendemos! Dice:

 

   Ahora que no tengo fe y que fuera de Ti

no tengo nada más, ni quiero,

oh, Dios mío,

soy mil veces más fuerte,

lujoso y soberbio que el Titanic,

y sin Ti me hundiré lo mismo y más profundo.

 

   La nostalgia de Dios -su ausencia- corre paralela al deseo de trascender, de saberse conciencia vigilante más allá de la muerte. Recordemos el Réquiem:

 

   Con mis ojos abiertos y de piedra para siempre

moriré, y ahí sobre el tejado seguirá el búho,

si preguntáis por mí

yo os estaré esperando.

 

   En perpetua vigilia, acaso por la inquietud hacia ese Dios que lanza sobre la tierra los ángeles a puñados para luego abandonarlos, él anda por la casa, en la sobrenoche, y nos dice:

 

   Distingo al fondo una habitación

En la que comienza a amanecer.

 

   ¿En qué otro mundo se halla esta habitación?; ¿qué hay detrás del alba?

 

   Existe Dios al Noroeste acaba con una cita de Oriana Fallaci que remite a lo que acabo de decir: “El deseo imperioso del hombre de invocar a un Dios, sabiendo que éste es únicamente un sueño”. El propio Oteiza no dejará esta cuestión en la penumbra. En Teomaquias escribe: “En el principio debió de ser la soledad de Dios. No sería el amor sino la soledad de Dios la que generó la creación. Como explicación religiosa y teológica del mundo. El amor, para Él, es un descubrimiento del hombre, que sorprende a Dios. Es el Cristo, un hijo del hombre, quien atribuye a Dios el sentimiento de amor en el proceso, ya avanzado, de un mundo en descomposición, tardíamente. Una teología primera de la soledad y, por ende, a una teología del hombre y una antropología del amor”.

 

   Pienso que citar las numerosas referencias, en los poemas de Oteiza, al mundo del arte y a sus creadores nos llevaría demasiado tiempo. Son incesantes, apropiadas y hasta clarividentes; otras, curiosas. Cézanne, Juan Gris, Malévitch, Kandinski, Picasso, Gauguin, Van Gogh, Mondrian, Balenciaga y otros aparecen y se repiten en los poemas. Desarrollar un comentario esclarecedor constituiría todo un ensayo. Voy, al menos, a señalar la importancia que el escultor de Orio otorga a la poesía en su acepción más extensa, como póiesis (ella se manifiesta en toda su obra escultórica) o, en un sentido más restringido, como ejercicio literario.

 

   En el prólogo de Androcanto, Oteiza confiesa también: “Sólo el dolor y la soledad en este esfuerzo por alcanzar las cosas y entregarlas a los demás, dan fuerza y personalidad al hombre (al poeta). Yo no digo que el artista deba buscar (incluso de manera cristiana) el dolor y la soledad; intento decir que lo que concede verdadera grandeza a nuestra muerte es que origina lo que llamamos poesía”.

 

   Tristemente, nuestro poeta ha conocido una inmarcesible experiencia del dolor; ha sido duramente golpeado. La desaparición -el primer día de 1991- de Itziar, compañera amada y soporte sereno para Oteiza durante toda su vida, llevará al escritor de Orio a escribir un poemario que todavía nos emociona. Éste fue publicado por Ediciones Pamiela, de Pamplona, en agosto de 1992. Se titula: Itziar, Elegía. En la segunda parte de este libro están incluidos versos que, sin solución de continuidad, conforman un conjunto poético ligado voluntaria y sentimentalmente al primero. Porque el dolor puede convertirse en frases y en imágenes. Nos quedan algunas palabras. ¿Cómo sobreviviríamos sin ellas? El dolor puede convertirse en papel; podemos depositarlo en un cuaderno para que suba hasta nosotros y lo reconozcamos, y que él también nos reconozca. El dolor sobre una hoja, en el débil vuelo de la página, mientras desplazamos el lápiz o la pluma con los dedos y, antes, con el desarbolado corazón. El dolor es traducible, pese a él. En los libros no cambia de intensidad, queda adherido a las páginas y guarda la misma temperatura, el mismo gesto, el mismo poder de persuasión. Pero sólo tiene un dueño. Jorge habla de Itziar en poemas de carne y sangre. El aceite de la memoria los suaviza un punto. Esta luz del recuerdo, la candela utilizada en el viaje, lo ilumina un poco. Más todo queda aún demasiado cerca (sin duda, siempre será así) Itziar viaja en el poema junto a Jorge como a la espera de un sueño. Y lo vivido se alza, deja su rastro. Las sombras fueron cuerpos; ellas tuvieron sus voces y sus días, ellas nos acompañan durante un tiempo muy breve. El poeta pasa, a lo largo de la vida, con Itziar muy próxima, los dos en un mismo contraluz, sin olvidar los avatares que tuvieron sentido, que lo mantienen todavía, siempre con la figura de la mujer amada como referencia inmarchitable. Es la mujer amada -una presencia beatífica, apacible, frutal-, la que articula y clarifica sucesos que, sin ella, no conocerían esa tensión, esa armonía: lumbre necesaria para el peregrino. Y asistimos progresivamente al debilitamiento de ese resplandor; proceso de una disminución orgánica y, por lo tanto, coyuntural. El amor queda intacto, quema y abraza los troncos con más fuerza aun cuando el declive físico anuncia sus servidumbres, su parte más tenebrosa y vicaria, sus renuncias. No hay aquí desapego, sino un declinar que, sometiéndola, vuelve más diáfana la figura de la mujer que fue para el poeta su mejor y mayor compañía. Quedan cuestiones que apenas nos atrevemos a proponer: “…y tú no estás. ¿Qué voy a hacer?”; las preguntas, la soledad y esa triste mendiga que llega en mal momento y que llamamos ausencia. Pero la prosa seguirá rojeando, quemando dulcemente, fatalmente, a quienes a ella se entregaron. Porque existe un lugar para los conflictos del corazón, un pañuelo para las lágrimas, un espacio para el quebranto; y un paisaje íntimo, un horizonte para el reencuentro.

 

   Jorge Oteiza -al que han llamado Yor o Yur en una lengua más próxima- sabe, como lo supo don Francisco de Quevedo (otro hombre al margen de sus contemporáneos), cuál, entre las humanas facultades, es más poderosa que la muerte. Itziar se lo recordó: “Llenos de paz, nos abrazamos”. Llenos de amor, en el jardín de su casa.

 

   El poeta, en la segunda parte de este libro, nos ofrece un peregrinaje por el universo que le es fiel, la alta mar donde él echa sus redes para pescar durante días y noches. Los temas se encabalgan en un poema vertiginoso, que aturde; los peces brillan en nuestras manos, saltan, se desvanecen. Jorge respira bien desde su barca; ve las cosas hundidas, los seres profundos y milagrosos. De pie, en su banco, sueña que es un hombre que nada, que hiende el agua hasta una punta de la rosa. El agua, el aire. Mientras cruza esa mar, él sabe que pudo ser cazador, jardinero bajo el olor del cielo, lámpara vigilante; un niño escuchando el bosque, la madera, la electricidad… Dice Jorge:

 

   Pasan las horas tristes en silencio,

cayendo lentamente de la tarde.

 

   A lo largo del poema, el nadador aparece entre las referencias y los signos que casi siempre traducen la estructura fluida, caótica y, no obstante, coherente de su discurso. Nada sobra, a pesar de tan manifiesta heterogeneidad. Geografías, ciudades, animales, personas y objetos inanimados vibran en el poema, moviéndose en su partícula de tiempo, en su retícula. Porque hay un tiempo periférico, considerado como una ilusión o efecto de un espejo: sevicia o invento humano, y después, el tiempo del poema: permeable, flexible, de perfiles algo engañosos, regido por unas leyes que el poeta difícilmente puede eludir. Esta acumulación goza, por tanto, de una intensa diafanidad y se acomoda muy bien al dinamismo procurado por el flujo totalmente libre, mas siempre controlado, de lo que se hemos llamado hilo de conciencia. En el ensamblaje del poema, el juego de los espacios en blanco atrae la atención, así como la ausencia de puntuación y una sintaxis rota, quebrada, que elimina elementos de contacto: preposiciones y conjunciones. Este ejercicio requiere su destreza formal y un conocimiento sólido de los engranajes del idioma (solamente así puede el poeta arriesgarse a olvidarlos o a destruirlos). Oteiza lo sabe bien y se concede licencias de las que saca provecho. No debemos olvidar su gran cultura literaria, su familiaridad con las vanguardias más o menos declinantes: surrealismo, ultraísmo, imaginismo, creacionismo, postismo, espacialismo… (etiquetas útiles, incluso si resultan restrictivas). Jorge aprendió de cada una de ellas sin detenerse en ninguna -el talento requiere un ejercicio cabal de síntesis-, y de ahí nace la sensación, que nos invade, de estar frente a un objeto límpido y no usado. El panteísmo del poeta le concede oxígeno y la facultad de inspirar aire, de respirar sobre la tierra. Pocos lo han hecho. Whitman llegó, y Elliot, si bien de una manera más artificiosa e intelectual. Lo consiguieron Neruda y Dámaso, sin olvidar a Yannis Ritsos -otro consumado corredor de fondo-, y el Allen Ginsberg de los años cincuenta (con lloros de LSD y un yaz llamado frío).

 

   Esta poesía condensada, comprimida al máximo -si bien engaña su apariencia torrencial-, se afirma en el sustantivo como elemento que fortalece la gramática. El adjetivo es un adorno, una postura, un elemento que puede contener un germen ya cuajado. En el tropo o metáfora, Jorge nos demuestra su prudencia:

 

   Con la sombra atada a un poste,

el día da la vuelta.

 

   Es toda una oración la que sirve de tropo; el desplazamiento de realidades se hace en el conjunto de lo expresado. Cabe decir que, a pesar de su aspecto sustantivo, el escritor no desdeña los juegos de palabras o la invención de verbos novedosos. Se “enolan” (las olas), o “se bañean”, “se montean”.

 

   En este libro, diversas presencias emblemáticas cohabitan. Metrópolis o simples pueblos: Venecia, Roma, Lecaroz… Personajes paradigmáticos: Marta Graham, Barisnikov, Aresti, el Padre Dámaso, Puccini…, y una mosca, un ángel, una piedra célebre, un artista pomposo. La memoria vuelta como un calcetín, vaciada cual muñequita rusa, como un guijarro emocionante. Y, por encima de todo, el hombre, con su grandeza e infortunio, buscando a Dios en un paisaje que parece no pertenecerle. O como Pompeyo Justiniano: “Rozando el muro para buscar la salida”.

 

   Quisiera decir, en un breve aparte, que la poesía de Oteiza exigiría, sin duda, una interpretación exhaustiva con los instrumentos que utilizan hoy los formalistas, de bruces sobre el soporte lingüístico. Consecuencia del estructuralismo y de sus grandes teóricos, es esa obstinación en considerar el poema como un objeto o un producto autónomo que obraría según sus propias leyes. Se asegura que el poema es una experiencia exterior e independiente. Si constituye una realidad objetiva e indiscutible, sobre la cual el poeta dibuja su vida, es, a la postre, una nueva realidad que busca el intelecto del lector para encontrar su exacta puesta a punto. Habría, entonces, tres realidades: la que es en sí misma, la que el poeta asume con sus versos y la que el lector edifica durante la lectura. Si en el lenguaje normal -el de la simple comunicación- indicar es su razón de ser, en el poema sucede lo contrario. Joan Ferrater, cuyos escritos marcan una cima del aparato teórico que hoy se emplea en las cátedras de literatura, dice: “Para mí, particularmente, estas problemáticas que nos ayudan a pesar de todo, me aburren una pizca. Al margen de su excesiva dependencia de la lingüística -se me dirá: un poema es ante todo, un hecho lingüístico, y es verdad-, existe el riesgo de ver al poema cosificarse. Agotando sus posibilidades, lo reducimos a un simple mineral, a un fenómeno del lenguaje. Reivindico para la poesía esa zona de sombra, esa franja de fresca oscuridad que acaba de ser su savia y su aroma. Porque iluminarla tiene el indudable mérito de una brillante operación intelectual, pero el poema se habrá convertido en otra cosa”.

 

   Oteiza es un poeta de sustantivos y de verbos. (“El adjetivo mata si no da vida”, dice Huidobro.) Y a pesar de su aparente heterogeneidad y sus múltiples planos, el guipuzcoano nos da siempre la sensación de emplear las palabras justas y solamente ellas.

 

   Me parece legítimo desvelar a Oteiza en su mundo poético, en su ser estético. Puede entenderse la importancia que tiene, para todos nosotros, una obra como la que nos ocupa. Habría que acercarse a este hombre colérico y cordial, a menudo poco comprendido pero alabado hasta la náusea por un esnobismo torpe, o -¡lo que hay que ver!- injuriado por las envidias que padeció en su ciudad, Donostia, donde molestaba a los mandamases, a los políticos ortodoxos. Un hombre que luchó en Chile, en París, en Deva, en Bilbao, en Ametzagaña (aquí, en este barrio periférico, se rechazó su proyecto de un cementerio maravilloso, casi astral). Debiéramos conocer mejor a este vasco de corazón de acero, animal indomable, maverich, cimarrón, centinela, bisonte de Altamira sobre las piedras del aziliense; un ser que ni se esconde ni se rinde, una conciencia vigilante que no tuvo interlocutor en su país. Hay que leerle. Esforzarnos en conocer a los demás es una forma de amor. Con Oteiza, tarea cómoda y obligada. 

                                               Jorge G.Aranguren (Blog).