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lunes, 8 de septiembre de 2008

Cesare Pavese

Hoy día 9 de Septiembre de 1908 Nacía en Santo Stefano Belbo (Cuneo) Cesare Pavese por lo que ahora en 2008 se celebra el Centenario de su nacimiento , y Quinto Pretoriano , que ya en su día dedicó una colaboración de Jorge Aranguren y otra de Felipe Juaristi en este blog, desea incluir el siguiente reportaje aparecido en el periódico "El País", ayer día 8 de Septiembre : 


REPORTAJE: El poeta de Piamonte

Cesare Pavese, el solitario de las colinas

El centenario del escritor revela la permanente actualidad de su literatura

JOSÉ ANDRÉS ROJO - Madrid - 08/09/2008


La literatura de Cesare Pavese está inundada de reflexiones sobre la soledad, pero también sobre la familia, el sexo, el amor y, sobre todo, la muerte. Su diario es reflejo del lado trágico de la vida que siempre le persiguió. Definió el suicidio como "un homicidio tímido", y eso no le impidió acabar con su vida a los 41 años.

En una carta que Italo Calvino le envió al crítico Geno Pampaloni en 1951 le decía: "No has tomado bastantes precauciones contra la infección de uno de los males más tristes y comunes de nuestra época: el anticomunismo". Le hacía algunas consideraciones sobre sus comentarios, poco favorables, a la edición de la poesía de Cesare Pavese, y le advertía que no esperara encontrar en su diario, que no había aparecido aún, muchos comentarios políticos: "Pavese quería darnos con su diario un testimonio del antiguo lado trágico de la vida humana del cual nadie escapa", comentaba Calvino.










¿Qué queda del gran escritor italiano cien años después de su nacimiento? ¿Siguen pesando prejuicios anticomunistas a la hora de leerlo o con el tiempo se ha impuesto su finura para contar con verdadera maestría las turbulencias de hombres y mujeres? El episodio que con más fuerza marca la trayectoria de Pavese es su suicidio. Alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se tomó el contenido de unos veinte sobres de los somníferos que utilizaba para combatir el insomnio. El 27 de agosto de 1950 descubrieron su cuerpo sin vida y una nota en el ejemplar de Diálogos con Leucò que tenía en la mesa de noche: "Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado".

¿Sus ideas políticas, su inmensa obra literaria, un montón de cotilleos? ¿Qué ha quedado de Pavese? Nació el 9 de septiembre de 1908 en una pequeña localidad del Piamonte, Santo Stefano Belbo, y su obra está llena de los paisajes de su infancia, pero también palpita en toda ella Turín, la ciudad en la que creció, en la que se licenció en Literatura, en la que fue detenido por su complicidad con los comunistas, en la que trabajó durante largos años en la editorial Einaudi (junto a Natalia Ginzburg e Italo Calvino), en la que se quitó la vida. Los soportales de la zona antigua, los barrios obreros, los cafés y restaurantes, la vida de sus calles, el río Po, y las colinas próximas a la ciudad, a la que tantas veces se dirigen sus personajes en busca de consuelo, de diversión, de compañía, de paz interior, de júbilo.

La Fundación Cesare Pavese y el Premio Grinzane Cavour, con el apoyo de la Región del Piamonte, presentaron antes de verano un extenso programa para celebrar la efeméride y así recuperar la voz del gran escritor: seminarios, exposiciones, obras teatrales, ciclos de cine, conciertos, algún premio. Se celebrarán en Turín y Roma, y en distintos lugares del Piamonte, pero también en París y San Petersburgo, y en la Feria del Libro de Guadalajara, en México. El nombre de Pavese, en su país natal, estará ahí todo el tiempo (durante este fin de semana, por ejemplo, varios actos del Festival de Literatura de Mantova lo han recordado). En España, Lumen inicia una biblioteca dedicada al escritor italiano con la publicación de La literatura norteamericana y otros

ensayos, y Entre mujeres solas, y en ella aparecerá Fuego grande, la única novela que sigue inédita en nuestro país, y que escribió a cuatro manos con Bianca Garufi. Pre-Textos, por su parte, reedita La luna y las hogueras, y más adelante ofrecerá nuevas traducciones de Tierra adentro y de Antes de que cante el gallo.

Hay todo el rato en la obra de Pavese la melodía de las cosas cercanas que afectan a hombres y mujeres de la manera más radical. La propia soledad, en primer lugar. Pero también la familia, el descubrimiento del amor y del sexo, la mala suerte, la amistad, el atractivo de lo desconocido y, claro, la muerte. Cuando definía cómo era su obra, comentaba que su ambición era la de fundir dos actitudes que en principio son opuestas: la de sumergirse en el mundo próximo ("mirada abierta a la realidad inmediata, cotidiana, rugosa") y la de mantener al mismo tiempo un distanciamiento contemplativo y formal ("recato profesional, artesano, humanista"). Así que contaba cosas que pasaban en Turín, pero que siguen ahí, agarrando las entrañas de todos. "¿Por qué, si alguien puede, no debería pararse en el camino y disfrutar del día? ¿Es necesario siempre haber padecido y salir de un agujero?", le pregunta Morelli a Clelia en Entre

mujeres solas.

Desde 1930, cuando lee su tesis sobre Walt Whitman, hasta 1950, cuando se suicida en Turín, esos 20 años cubren la vida literaria de Pavese, y son años, hasta su derrota en 1945, en que reina el fascismo en Italia. Es imposible acercarse a su obra sin tener en cuenta que se realiza en ese clima de "miedo al porvenir", de desorden y violencia, de permanente inquietud y prepotencia y verborrea grandilocuente. Es la literatura norteamericana (Melville, Sherwood Anderson, Edgar Lee Masters, Sinclair Lewis...) la que le permite, en primer lugar, vislumbrar "un orden nuevo", otra manera de ver las cosas, un soplo de frescura. Para salir de esa "vida encogida" que imponía el fascismo.

Cuenta mucho en Pavese su tarea de traductor de los grandes escritores estadounidenses, y cuenta también su labor como editor en Einaudi, ofreciendo a una sociedad cerrada de ventanas para abrirse al mundo de fuera. Luego está su aproximación a los comunistas, porque encontró en ellos el instrumento más eficaz "para la realización de una libertad intelectual concreta", y su querencia por el mundo obrero, donde se estaba gestando el hombre nuevo.

Cuando lo detuvieron en 1935 por ayudar a "la mujer de voz ronca", que desempeñaba importantes labores clandestinas en el partido comunista y de la que estaba enamorado, Italia combatía en Abisinia. Pavese encontró en las palabras la mejor manera de levantarse por encima del vacuo nacionalismo de los fascistas. El fracaso amoroso fue la otra corriente que sacudió la vida de un hombre del que han dicho sus amigos que era triste. "Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros", escribió en su diario. Su respuesta fue su literatura.

Piezas de una autobiografía intelectual

Fascismo. "La naturaleza del fascismo, como la de todos los vicios, era por el contrario rodar por la pendiente convirtiéndose en alud, escapando incluso al control de sus jefes".

Arte. "El arte, en resumidas cuentas, es artificio, y nada en él está dado de una vez para siempre; cada época vuelve a plantearse la cuestión de las raíces y recrea su arte moderno".

Consenso. "Es muy fácil aceptar la perspectiva más trivial e instalarse en ella, al calor del consenso de la mayoría. Es muy cómodo suponer que se han acabado los esfuerzos y ya conocemos la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y cobarde".

Libertad. "Nada valioso puede salir de la pluma o de las manos sin fricción, sin choque con las cosas y los hombres. Libre es solamente aquel que se inserta en la realidad y la transforma, no quien anda por las nubes. Por lo demás, ni siquiera los vencejos consiguen volar en el vacío absoluto".

- Palabras. "Por las palabras que un escritor emplea puedes saber quién es. Mira los camaradas de la guerra de España: unos les llamaban rojos, otros leales, unos, comunistas y subversivos, otros, patriotas. Esas palabras te indicaban con quién hablabas, y en cada caso significaban una cosa distinta. En las palabras que usas están tu clase y tu trabajo, lo que sabes, lo que comes, las personas que tratas. En las palabras está todo".

Reglas de juego. "Cuando Pavese empieza un relato, una fábula, un libro, nunca se propone un ambiente socialmente determinado, un personaje o unos personajes, una tesis. Casi siempre sólo apunta a un ritmo indistinto, a un juego de acontecimientos que son sobre todo sensaciones y ambientes".

Comunistas. "No ha habido una propuesta, una medida, una polémica genuinamente democrática -es decir, dirigida a garantizar y profundizar la libertad de los ciudadanos- que no tuviera en ellos a sus inspiradores y sus defensores más ardientes".

Libros. "Incluso un libro en chino está hecho para ti. Se trata siempre de aprender las palabras de un hombre. Todos los libros que valen están escritos en chino, y no siempre hay un traductor. Llega el momento en que estás solo ante la página, así como estaba solo el que la escribió".

- El hombre. "Nosotros no iremos hacia el pueblo, porque ya somos pueblo y todo lo demás en inexistente. Iremos, en todo caso, hacia el hombre. Porque el obstáculo, la corteza que debemos romper es la soledad del hombre, la nuestra y la de los demás. Toda la nueva leyenda, todo el nuevo estilo reside en eso, y entraña nuestra felicidad".

Fragmentos de La literatura norteamericana y otros ensayos, el libro que Italo Calvino calificó como "la más rica y explícita autobiografía intelectual de Cesare Pavese".

JUAN CRUZ El poeta de Piamonte

¿Y después?

JUAN CRUZ 08/09/2008

 

"Los suicidios son homicidios tímidos". Eso escribió Cesare Pavese el 17 agosto de 1950; 10 días más tarde se quitó la vida, en un hotel de Turín, donde vivía. Antes, el 18 de agosto, apresado por la desilusión amorosa, repitió algunas de las ideas que parecían obsesiones en sus diarios secretos: "Siempre sucede lo más secretamente temido. Escribo: oh tú, ten piedad. ¿Y después?". ¿Y después?

El dolor era su peso, y su vuelo; lo subrayó el amor, hasta el suicidio. "Basta un poco de valor". Ella, una actriz, Constance Dowlinh, Connie, le prometía y le deshacía la esperanza, y él se fue ahondando en la nada. "Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más". Eso fue lo último que escribió. Ángel Crespo, que escribió el prólogo de la edición española de este diario implacable (El oficio de vivir, Seix Barral), narra así esa premonición que marcó hasta la herida final la vida de Pavese: "Desde los 17 años (...) tuvo la premonición de su suicidio, lo que le llevó a escribir a últimos del año 1926 o principios del siguiente una poesía en la que hablaba del revólver con el que había de quitarse la vida".

Como si el tiempo ya hubiera ocurrido, estaba encerrado en la burbuja de la huida. "Te dicen", escribió el año antes de su suicidio, "tienes 40 años y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico... ¿Soñabas otra cosa a los 20 años?".

"Tenías 20 años y eras sincero", decía Vasco Prattolini en Crónica de los pobres amantes. La vida (la vida literaria, la vida en el Partido Comunista, que le fue tan esquivo, la vida editorial) le fue poniendo oscuras telas de cebolla a aquellas ilusiones difíciles. Y ya era un hombre esquivo que nunca había querido ser adulto. En un hermoso relato (en el que no lo nombra, pero se le adivina), Natalia Ginzburg (Las pequeñas virtudes, Acantilado) le describe luchando contra el tiempo, silencioso: "Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños".

Era, decía la Ginzburg, que fue su amiga, sobrio, modesto y generoso, pero tenía la picadura de la vanidad, que iba y venía, y cuando venía hallaba en él un muro que se preguntaba: "¿Y después?". Ésa fue la pregunta de su vida, acaso la que le condujo a la desilusión final y fatal. Murió en verano, decía la Ginzburg, "como un forastero", en un hotel de su propia ciudad. Había escrito, feliz, eso decía, un libro que sale ahora otra vez (Entre mujeres solas, Lumen), pero el hastío le hizo renegar de su satisfacción, y ahí vino otra vez la pregunta imprescindible de su vida, y la que explica su muerte: "¿Y después?". Cometió sobre sí mismo un homicidio tímido, real, ya él no fue literatura. ¿O lo fue entonces del todo?

miércoles, 28 de mayo de 2008

EL PURGATORIO DE LA SOLEDAD


En el poema titulado El paraíso sobre los tejados, dice Pavese (y cito de memoria):

-Será un día tranquilo, con una luz fría,
como el sol que se levanta y se pone.
Nos despertaremos en la tibieza del último sueño;
el aire será tal la tibieza;
pondrá una sombra larga sobre el rostro supino… -

Fue una premonición, fue el pálpito de esa jornada postrera sobre cuyo advenimiento el poeta tuvo, a través de su vida, una conciencia muy clara. La muerte, para nuestro hombre, será, a la postre, una forma de libertad, una manera de desligarse de esas candentes ataduras -crueles y sin posible elusión- que fueron aferrándose a su espíritu, cual malas hierbas, a lo largo de toda su peripecia vital. Sobre los posibles mecanismos de defensa ante este difícil avatar, creemos que no fueron muy firmes o que él no tuvo la suficiente fuerza, el cuajo necesario, para construirlos, para curarse, con arriesgada homeopatía, de esas parasitaciones. No fue muy brillante el planeta que reinó el día de su nacimiento, en septiembre de 1908, en un pueblo de Cuneo (Piamonte) llamado Santo Stefano Belbo. Ni los sucesos familiares ni políticos iban a favorecer a un hombre frágil y circunspecto, poco agraciado físicamente y vulnerable por su genuina sensibilidad. La incomunicación, que entraña soledumbre, las dudas éticas, en unos años en los que sólo cabía la alternativa de rebelarse o de rendirse ante los acontecimientos, y el difícil acceso al mundo femenino son tres goznes sobre los que gira una vida dolorosa y atormentada que se refleja de manera palmaria en ese diario, El oficio de vivir, que escribió durante toda su vida y que termina el 17 de agosto de 1952 con tres frases: “Todo esto me repugna. Ninguna palabra. Un gesto. No escribiré más”. A partir de ahí, la habitación solitaria del hotel Roma, las cinco llamadas telefónicas, lo somníferos y, acaso, el encuentro, por fin, con aquella dama de la voz ronca.

Césare Pavese es una figura de rasgos trágicos, como si un hado maligno, un sino, lo hubiera ido persiguiendo un día tras otro. Muy niño, pierde a su padre y queda tutelado por su madre, una mujer autoritaria y desilusionada, cuyo carácter, precisamente, buscó Pavese en las mujeres que, ya adulto, pudieron interesarle. Había en él una desconfianza hacia la ternura y su despliegue, hacia el amor dulce, apacible, un poco bobalicón, que hace las delicias de un determinado tipo de hombre. El poeta se prendó siempre de las mujeres de temperamento vigoroso, un punto adustas, que viven para sí y saben arrostrar los inconvenientes que la vida, como si fueran guijarros o rodrigones, les va poniendo en el camino; mujeres cuyo nombre -y esto es una anécdota apuntada por Marta Rivera de la Cruz- aparece en sus novelas con su C inicial: Cate, Clelia, Concia, mientras que a las hembras débiles y sumisas las apoda con una E de comienzo: Elena, Elvira, Ernestina… Aun así, en el poeta siempre coexistirán dos sentimientos ante la mujer: el de admiración y deseo de compartir su afecto, y el de menosprecio e incluso odio, un odio que acaso arranque en el rechazo de ellas ante sus requerimientos . Estos juicios no tienen por qué asombrarnos. Pavese sintió siempre un ardiente deseo de encontrar a la mujer ideal -su propia biografía lo delata-, y ellas no pudieron o no quisieron corresponderle. El despecho de Pavese es comprensible; como todos los fracasados en el amor, siente una confesada simpatía por las mujeres de la vida. Sin embargo, él contrajo una bronquitis crónica al esperar bajo el aguacero a una artista de varietés que, al final de su representación, huyó por una puerta lateral con otros hombres, dándole humazo. Y su estancia en la cárcel se debió al acceder, por el amor no correspondido de una joven activista, al cruel oficio de cartero entre ésta y su amante partisano. Estando en esto, conviene decir que acaso su gran amor, el postrero, fue la americana Constance Dowling. Ésta le rechaza y le confiesa que va a casarse con otro hombre. Pavese lo acepta con estoicismo y todavía es capaz de enviarle poesías, sin resquemor, sin esperanza. ¿Y a qué mujeres pudo llamar en su última noche…?

Es posible que, a la vista de lo sobredicho, se pueda tener una opinión algo desfavorable de Pavese. En realidad, sus denuestos contra las mujeres vienen dados por el menosprecio que éstas sintieron siempre hacia el poeta. Pavese buscó a la mujer ideal o, al menos, a aquella que se adaptase más estrechamente a su manera de ser y de sentir. No la encontró y eso le hizo generalizar un juicio negativo sobre el mundo femenino, más rabieta y venganza que convicción. Podríamos resumirlo en esta frase: Pavese amaba a las mujeres; las mujeres no le amaban a él. Para colmo, es palmario que habría necesitado una mujer de fuerte personalidad (¿trasunto de la madre?) que resolviera esa desconfianza del poeta hacia la blandura, el amor fácil, lo empalagoso del mimo. Y hasta su última noche en el hotel Roma de Turín no renunció a encontrarla.

Estudio aparte necesitaría toda la magnífica y significativa obra poética que Césare desplegó durante su andadura por la tierra. Creo que debo señalar, porque es un factor a tener en cuenta, el conocimiento exhaustivo que tenía él de la poesía y la novelística norteamericana, a tal extremo que puede decirse que la puso de moda. Traductor de Walt Whitman, Sinclair Lewis, Melville, Sherwood Anderson, Steinbeck, Dos Passos, Gertrude Stein, Daniel Defoe, Dawson, Morley, Dickens o el citado Faulkner, su familiaridad con las letras americanas es indudable. Coordinó, junto con Vittorini su Antologia americana. De aquella poesía aprendió el tono mesurado pero vigoroso, la naturalidad, el lenguaje coloquial -a veces cerca del prosaísmo-, el verso muy extendido sobre la página por mor de decasílabos y endecasílabos, la capacidad de observación y, sobre todo, de trascender las cosas que aparentemente están menos revestidas de interés; algo que ya hizo Vallejo, en el Perú, y de lo cual los yanquis son maestros.

Creemos, sin demasiado miedo a equivocarnos, que Pavese (nacido en1908), junto con Montale (1896), Quasimodo, (1901) Ungaretti (1888) Pasolini (1922) y acaso Dino Campana (1885) forman un friso impresionante de lo que ha sido la poesía transalpina del pasado siglo.
En un soneto inmarchitable, Francisco de Quevedo se enfrentó a la muerte diciéndole que perdería su condición si mirase a su amada, a tal extremo, que se volvería vida. Dice: “Que serás vida si llegase a verte, y quedarás de ti desconocida”. Siglos más tarde, otro poeta, este italiano y de nombre Césare Pavese le escribe a la mujer de su sueño: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. ¿Puede pensarse en algo más apasionado y estremecedor?

Jorge G.Aranguren (27-5-2008)

lunes, 26 de mayo de 2008

Pavese


No siempre aciertan los poetas a vivir; pero casi siempre saben cómo morir. Se les hace difícil e ímproba la vida; pero se acercan a la muerte con la candidez de un enamorado. Corren a su encuentro, como Alejandra Pizarnik; se abrazan a ella, como Alfonsina Storni; se demoran cargadas de piedras, como Virginia Woolf; saltan en su busca, como Paul Celan, desde el puente de Mirabeau. "Pasan los días, pasan por decenas. Ni el tiempo pasado, ni los viejos amores regresan. Bajo el puente Mirabeau fluye el Sena", escribió Apollinaire, y nosotros escuchamos en la voz líquida de Serge Reggiani. El poeta Li Bai (o Li Po), una noche que se encontraba paseando en barca, ebrio como otras veces, vio la luna reflejada en las aguas del lago, se inclinó para saludarla y abrazarla, cayó, como era lógico en su estado, y se ahogó. Sus poemas se han convertido en clásicos, no sólo en la China, sino en una gran parte del mundo occidental y civilizado. Sus palabras se extienden sobre el territorio físico y, también, sobre el otro, el que está situado más allá de cualquier corporeidad: sin límites ni fin. Leo un poema: "La brisa otoñal refresca. La luna brilla. Las hojas caídas, amontonadas, se mueven. El cuervo, ya recogido, sale asustado de su nido. ¿Dónde estarás, mi amor? ¿Cuándo volveré a verte? ¡Ay! Esta noche me duele el corazón". El poema atrae a la mente aquel texto de Jacques Prevert, titulado "Les feuilles mortes" que cantó, entre otros, Ives Montand, que tocó, entre otros, Miles Davis. Las aguas del lago se agitan, el viento arrastra las hojas secas, el corazón nunca está impasible. Para el melancólico, siempre es otoño, aun en verano. Para el melancólico la vida es un fulgor, un instante de lucidez, un intervalo de éxtasis que desborda el tiempo no vivido ni soñado, el tiempo huido o dejado de lado, abandonado y huérfano, el tiempo preso en manos ajenas.

Sería aventurado afirmar que Cesare Pavese se preparó durante toda la vida para la muerte, pero también lo sería afirmar que la muerte vino y lo cogió de sorpresa. Él tenía una idea de la misma, había imaginado sus pasos, adivinado su mirada; había ensayado su postura, repasado sus ademanes, su compostura, para cuando viniese en su busca. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. La muerte siempre trae los ojos de quien la espera. A veces nos guiña un ojo; a veces, no, pero pocos veces sabemos extraer de dicho gesto la certeza. Dudamos y esperamos; esperamos mientras dudamos.

Sucedió en el hotel Roma, cerca de la estación de Turín, lugar ocasional para encuentro de amantes furtivos, donde se viaja por los raíles de la sangre e incluso por la vía incierta y desmesurada de la pasión. El comienzo de toda relación es alegre; significa un reencuentro con la vida, un amanecer, un renacimiento; se borran todas las experiencias anteriores, como si no hubiesen existido. “La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta esta sensación –prisión, enfermedad, hábito, estupidez– uno quisiera morir”, escribió Pavese en su diario. Su única alegría en el mundo era comenzar a escribir. Vivir era escribir. Escribir era vivir, la palabra era signo de vida, cada problema lingüistico un problema vital de difícil resolución. El deseo de vivir es el deseo de escribir.

El deseo escribe sus designios en la carne blanca de los amantes, al compás de los latidos del corazón. Pero cuando ellos escuchen el sonido metálico de los trenes cercanos, el silbato avisando la partida de alguna locomotora, sabrán que, en su viaje, no han llegado demasiado lejos. Mirarán desde la pequeña ventana hacia afuera y verán la estación, y la gente que se va, y las palomas que vuelan como si fuesen figuras de humo. Sabrán que su viaje ha llegado a término, cuando no ha hecho más que iniciarse, sabrán que ya es hora de despedirse. Pavese, en el hotel cercano a la estación, vio que el mundo se iba hacia alguna parte y que él se quedaba, tan solo como había vivido siempre. Antes de su muerte envió una carta a una muchacha: “¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hombre”. Dicen que hizo varias llamadas a varias mujeres, sin resultado.

Hay que reconocer que un acto semejante no se improvisa. Es un suicidio escrito de antemano, demasiado literario. El día 10 de abril de 1936 escribió en su diario: “Cuando un hombre se encuentra en mi estado, no le queda sino hacer examen de conciencia. No tengo motivos para desechar mi idea fija de que cuanto le sucede a un hombre está condicionado por todo lo pasado, en resumidas cuentas, de que se lo merece. Una prueba, ahora que he llegado a la abyección moral, ¿en qué pienso? Pienso en lo hermoso que sería que esta abyección fuese asimismo material, tuviese por ejemplo los zapatos rotos. Sólo así se explica mi vida actual de suicida. Y sé que estoy condenado para siempre al suicidio ante todo obstáculo y dolor. Es esto lo que me aterra. Mi principio es el suicidio nunca consumado, que no sumaré nunca, pero que me halaga la sensibilidad”.

Luego aparecerá el gesto, la acción de tomar las pastillas en la habitación del hotel, cerca de la estación; luego viene el quedarse y demorar, soñar un instante en que se es un animal dormido y que una mano femenina lo acaricia con suavidad, con ternura. Esperando a la esperanza.

“Oh querida esperanza,

también nosotros aquel día,

sabremos que eres la vida y la nada”.

Pero la vida de Pavese no se reduce a ese gesto. Su amigo Italo Calvino ha señalado lo siguiente: “Existe una historia de la felicidad de Pavese, de una difícil felicidad en el corazón de la tristeza, de una felicidad que nace con el mismo impulso de profundizarse en el dolor, hasta que la fisura es tan grande que el fatigoso equilibrio se despedaza". Pavese se asomó al abismo del dolor, y se vio reflejado en el fondo del mismo, entre una barahúnda de gritos, llantos y susurros. Se reconoció a sí mismo, e intentó llevar ese reconocimiento al mundo de las palabras, intentando de alguna manera explicar en qué se había convertido, en qué pecio del tiempo se había quedado como naúfrago. Se reconoció sin conocerse, porque el conocimiento de uno mismo está vedado; es lo prohibido. En sí mismo vio a otro. Creemos conocernos y, a veces, tan sólo vislumbramos un fantasma que ha usurpado y se ha adueñado de nuestro lugar, que duerme en nuestra cama con nuestra chica o chico, y bebe nuestras bebidas y escucha nuestra música. Puede ser insoportable. Quien más indaga sobre su propio ser, menos avanza en su conocimiento. Y cuanto menos se conoce, menos se actúa, sumido en la duda eterna. ¿Quién soy? No conviene extrañarse de no saber qué se es, sino extrañarse de que, a pesar de todo, riamos, amemos y seamos capaces de sentir algo parecido a la felicidad. Esa extrañeza recorre la obra de Pavese. Escribe un diario y se dirige a sí mismo como si fuese, no un extraño, sino otra persona. Le sucedió lo mismo que Rimbaud: “J´est un autre”,

En sus textos habitan instantes llenos de silencio. La escritura no puede sustituir totalmente a la vida, a la pasión por la vida, que queda casi siempre al margen, inaccesible a las palabras. Y si la escritura no puede sustituir a la vida, ¿para qué la escritura? Antes de su muerte anotó en su diario las siguientes palabras: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pavese había llegado a ese momento crucial en el que pocas salidas quedan: el silencio eterno en la vida, o bien el silencio eterno en la muerte. Prefirió la segunda opción. “Lego la nada a nadie”. Así acaba el poema de Borges titulado “El suicida”. No sé por qué, pero cuando lo leo me acuerdo de Cesare Pavese. La escritura es esa nada que se lega a nadie, ese todo que se transmite por todas partes y cuyo destino es el hombre, mortal por necesidad.

Felipe Juaristi