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martes, 9 de diciembre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux : "El avestruz y el ganso"


Fábulas argentinas
El avestruz y el ganso

de Godofredo Daireaux



El avestruz y el ganso, teniendo que recorrer juntos cierta distancia, caminaban a la par. Al cabo de muy poco tiempo, el ganso, todo cansado, le dijo al avestruz:

-¡Pero usted anda demasiado ligero, amigo!

-Si voy al tranco -le contestó el avestruz.

Y después de andar algún trecho más, se dio vuelta el ganso, exclamando:

-¡Mire, cuánto hemos andado ya!

-Mire más bien -le dijo el avestruz-, cuánto tenemos que andar todavía.

Para el ave de patas cortas cualquier paso es rápido y cualquier paseo es un viaje. Y para gente de vistas cortas cualquier adelanto también es incomparable progreso.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Fábulas argentinas : "El hombre y la oveja" (Godofredo Daireaux)

Fábulas argentinas
El hombre y la oveja

de Godofredo Daireaux



El hombre dijo a la oveja: -¡Te voy a proteger!

Y a la oveja le gustó.

-Apenas -dijo el hombre- tienes en las espaldas, para resistir al frío, algunas hebras de gruesa lana. Vives en rocas ásperas, donde tienes que brincar a cada paso, con riesgo de tu vida, para buscar el escaso alimento, el pobre pasto que allí crece. Los leones no te dejan en paz. Crías hijos flacos con tu poca leche, y da pena ver en semejante miseria a ti y a toda tu familia. Ven conmigo. Te daré rico vellón de lana fina y tupida, perseguiré a tus enemigos, curaré tus enfermedades, tendrás parques seguros y prados abundantes. Verás, tus corderos, ¡qué gordos serán! Ven, pues; te voy a proteger.

Y fue la oveja, balando de gozo.

El hombre, primero, la encerró en un corral. Quiso ella salir; un perro le mordió el hocico.

Le hirieron en la oreja con un cuchillo y la metieron en un baño, frío, de olor muy feo.

Por fin, de compañero, le dieron un carnero que a ella no le gustaba nada.

En vano protestó.

-Es para tu bien -dijo el hombre-: ¿no ves que te estoy protegiendo?

Poco a poco se fue acostumbrando.

Sus formas agrestes cambiaron por completo; sus mechones cerdosos se volvieron lana, y se hinchó de orgullo al ver su hermoso vellón.

Entonces, el hombre la esquiló.

La oveja tuvo magníficos hijos, rebosantes de salud y redondos de gordura.

El hombre se los llevó, sin decirle para donde.

La oveja quiso saltar el corral para seguirlos, y rompió un listón de madera. El hombre, furioso, asestándole un golpe en la cabeza:

-¡Vaya! -dijo-, ¡métase uno a proteger ingratos!

martes, 18 de noviembre de 2008

Fábulas argentinas : El avestruz y el ganso (Godofredo Daireux)


Fábulas argentinas
El avestruz y el ganso

de Godofredo Daireaux



El avestruz y el ganso, teniendo que recorrer juntos cierta distancia, caminaban a la par. Al cabo de muy poco tiempo, el ganso, todo cansado, le dijo al avestruz:

-¡Pero usted anda demasiado ligero, amigo!

-Si voy al tranco -le contestó el avestruz.

Y después de andar algún trecho más, se dio vuelta el ganso, exclamando:

-¡Mire, cuánto hemos andado ya!

-Mire más bien -le dijo el avestruz-, cuánto tenemos que andar todavía.

Para el ave de patas cortas cualquier paso es rápido y cualquier paseo es un viaje. Y para gente de vistas cortas cualquier adelanto también es incomparable progreso.

martes, 4 de noviembre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux : "El arroyo y el cañadón"


Fábulas argentinas
El arroyo y el cañadón

de Godofredo Daireaux



Angosto y transparente, corría el arroyo, con su incesante cuchicheo, sobre su hermoso lecho de piedritas, en mil saltos alegres, entre sus riberas floridas.

Extendido en todo lo ancho de la llanura, reflejando las nubes espesas, mudo, dormía el cañadón perezoso, tapado en partes por su sábana de juncos y duraznillos.

El primero brindaba, con amable generosidad, a las haciendas sedientas el cristal de sus aguas.

-Pocas, pero buenas -les decía, sonriéndose, con su vocesita cantante-; tomen sin cuidado. Son limpias y sanas. No teman que se les acabe; vienen de a poco, pero para todo y para todos alcanzan. No se secan nunca: siempre corren renovadas.

-¿Qué diré yo, entonces -dijo el cañadón-, si este pobre tonto se alaba? Aunque corras y trabajes toda la vida, nunca pasarás de lo que sois, encerrado entre tus barrancas. Enriquecido yo, de todas las aguas que de ti y de tus semejantes puedo detener, no necesito moverme para vivir. ¿Ves estas nubes negras? algo destruirán, pero aumentarán mi caudal. También sé ser generoso a mis horas y no impido que las haciendas prueben mis aguas.

-Rico sois, es cierto, cañadón mío -le contestó el arroyo-, rico de lo que nos quitas, y tienes agua más bien por demás. También les das a los animales sedientos; pero les tapas el pasto bueno. Tus aguas barrosas, sucias y cálidas, no fecundan la tierra y sólo producen gérmenes de muerte para los que, apremiados por urgente necesidad, se atreven a probarlas.

No seas orgulloso por tu extensión; los sapos, los escuerzos y los mosquitos, son los únicos que cantan tu gloria; y si, cansado de tu insolencia, te llega a secar el sol, ¡qué olor, señor!

Mal puede alabar su generosidad el usurero.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux : "El águila"

Fábulas argentinas
El águila

de Godofredo Daireaux



Cuando tuvieron los pájaros que elegir un rey, no pocos fueron los candidatos; y bien desprovisto de méritos se sentiría aquél que no pensó entonces, siquiera por un rato, en solicitar para sí los votos de los demás.

Se juntaron primero para designar candidato los más copetudos con los más inquietos y los más gritones. Pero pronto conocieron que cada cual tendría un solo voto, el propio, y se disolvió la asamblea, dejando que el pueblo eligiese a su gusto y nombrase al que más quisiera.

Y el pueblo, acariciado por muchos candidatos zalameros y prometedores, pero cansado ya de gritos huecos y de agitaciones estériles, no vaciló en confiar sus destinos, a pesar de temblarle, al águila, que vuela en lo alto, solitario y callado, majestuoso y dominador.

Una pequeña liga de temor a veces hace más resistente el blando metal de la popularidad.

martes, 21 de octubre de 2008

Fábulas argentinas : "Decreto moralizador" (Godofredo Daireaux)

Fábulas argentinas
Decreto moralizador

de Godofredo Daireaux



Entre los hombres, unos tienen mucha tierra y gozan de la vida sin trabajar; otros no tienen ninguna y trabajan sin gozar; bien pocos son los que la tienen justito para gozar trabajando.

Si tuviera cada cual que arar la tierra que tiene, preferirían unos cuantos, sin duda, cederla a otros.

El tigre, al ver que algunos de sus súbditos voraceaban, mientras otros casi se morían de hambre, quiso obligarlos por un edicto a comerse cada cual todo lo que cazara.

El zorro se tuvo que comer enterita la gallina que había robado y quedó repleto; lo mismo el gato con una gran rata y dos lauchas, y así de otros, sufriendo no pocos regular indigestión.

Pero quedaron sin comer muchos perros cimarrones, hambrientos y flacos, que por esto mismo nada habían podido cazar. Y miraban éstos, envidiosos, al puma ocupado por orden superior en devorar las diez ovejas que en la noche había muerto.

Su envidia duró poco: después de la primera oveja, el puma no podía más; y al acabar la segunda, obligado por el decreto, reventó.

Los perros flacos eran tantos que pudieron, sin llenarse, comer las ovejas que quedaban y también el puma muerto.

lunes, 13 de octubre de 2008

Fábulas argentinas : "Cóndor y Chingolo" (Godofredo Daireaux)



El cóndor en su poderoso vuelo remontó a la cima de la montaña, se asentó en ella, torció su horrible pescuezo desplumado y recorriendo todo el horizonte con una orgullosa ojeada, exclamó:

-¡Yo, buitre, soy el centro del orbe!

Un gavilán, amodorrado en la punta de un poste del telégrafo en plena Pampa, contemplaba entre los párpados a medio cerrar el horizonte lejano que por todas partes a igual distancia lo envolvía, y despertándose, también exclamó: ¡Yo, gavilán, soy el centro del orbe!

Pero también el carancho, asentado en la cima de un sauce, viendo el horizonte amplio de la llanura extenderse por igual trecho a todos lados, gritó: ¡El centro del orbe soy yo, carancho!

El chimango, mientras tanto, dejó durante un rato de rascarse los piojos para cerciorarse desde lo alto de un poste del corral, de que, sin la menor duda el centro del orbe era él, pues no había más que fijarse en el horizonte para comprobar el hecho. Y tanto se convenció de que así era, que se lo dijo al chingolo.

Pero el chingolo, que no tiene ni una pluma de zonzo, no se la quiso tragar sin ver; voló para arriba, hasta lo más alto que le fue posible, y cuando volvió a bajar, le gritó al chimango: ¡Mentira, el centro del orbe soy yo, bien lo acabo de ver!

Y no hay pájaro en este mundo, por chico que sea, que no crea ser el eje de alguna cosa.

lunes, 6 de octubre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux

Fábulas argentinas
Concurso de belleza

de Godofredo Daireaux



Decidieron los animales abrir un concurso de belleza: se fijaron día y condiciones, y se publicó la lista de los premios ofrecidos.

El día señalado acudieron a la cita los candidatos; y los miembros del jurado comprobaron con sorpresa que todos los animales, sin excepción, se habían presentado para disputar el premio.

Empezaron a indagar los motivos de semejante unanimidad, pues les parecía que entre los competidores, algunos había que no podían ni remotamente contar con los sufragios de los jueces y que el jurado iba a tener un trabajo por demás ingrato.

Preguntaron, por ejemplo, al elefante, qué era lo que lo impulsaba a concurrir: «Pero toda mi persona, contestó él; el conjunto y los detalles: mi masa imponente; mi trompa tan larga y tan elegante; mi cuero tan rugoso que no hay otro igual; y mi colita tan bonita, y mis ojos tan pequeños, y mis orejas tan anchas».

Todo lo que era de él le parecía bonito. Y lo mismo pasó con los demás, sin contar que nunca era lo que a los jurados parecía digno de mayor aprecio lo que a cada cual de los competidores más le agradase. El pavo real, por cierto, era orgulloso del esplendor de su cola, pero, más que todo, recomendó a los jueces la suavidad de su canto; el perro ñato ponderó lo chato de su hocico, lo mismo que el elefante había ponderado lo largo de su trompa, y el zorro no dejó de llamar la atención sobre lo puntiaguda que era su nariz, asegurando que esto era el verdadero colmo de la belleza.

El avestruz quería que todos admirasen lo corto de sus orejas, y el burro sacudía las suyas para hacer valer su tamaño. Tanto que el jurado tuvo que aplazar el concurso hasta que entrase -dijo- un poco de juicio en las cabezas; como quien dice: por tiempo indeterminado.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux




Sucedió un horrible accidente; se desplomó el techo de una casa abandonada, hiriendo de gravedad a muchas ratas; y entre todos los animales inscriptos en la sociedad de socorros mutuos se inició una subscripción, para proveer camas que era lo más urgente; y todos se apresuraron a dar pruebas efectivas de solidaridad.

El mismo hurón que, días antes, se había comido todos los hijos de una de las ratas heridas, no vaciló en traer su óbolo, y para ello se sacó de la espesa cola un puñado de pelos. Y todos, enternecidos por este rasgo de generosidad, susurraron con los ojos llenos de lágrimas: «¡Qué bien! ¡mire que con las ratas andaba algo distanciado. Y asimismo, ya ve!».

La oveja se lució. Era unos días antes de la esquila; llevaba cinco libras de lana, los calores empezaban, y su poncho la tenía molesta. Se arrancó un gran mechón de lana y lo entregó al comité. Todos los presentes echaron el grito al cielo: «¡Qué generosidad! ¡qué desprendimiento!».

Y como Damián, el venado, que sin tener mayor relación con las ratas, pero llevado por su buen corazón, traía en aquel momento un puñadito de pelos cortos, que sólo con pelarse casi toda la paleta había podido conseguir, lo miraron con bastante desprecio.

Sólo Cristo supo valorar el óbolo de la viuda.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Fábulas argentinas : Godofredo Daireaux : Cambio de políica

Fábulas argentinas
Cambio de política

de Godofredo Daireaux



Durante un tiempo, tanto los herbívoros como los carnívoros habían tomado parte en el gobierno. Y no por esto andaban peor las cosas: al contrario, pues cada cual traía el tributo de sus cualidades peculiares, y mientras reinó la concordia, todo anduvo perfectamente.

Pero los que comen pasto, creyéndose, quizá con razón, más útiles que los carnívoros, quisieron echar a éstos del gobierno. Los carnívoros que eran los menos pero que tenían para sí la fuerza bruta, se resistieron y fueron, al fin y al cabo, los herbívoros los que tuvieron que ceder y salir.

Por supuesto que los otros no dejaron en el gobierno ni a uno solo de sus contrarios, y tuvieron que sufrir la dura ley del vencido, los vacunos y los yeguarizos, la oveja y la cabra, el huanaco y la gama, y hasta las palomas.

Y los carnívoros colocaron en todos los puestos del gobierno a sus solos partidarios, desde el tigre, que fue presidente, hasta la gaviota que entró de portera. El puma, el cimarrón; el zorro, el gavilán, y el mismo tábano, todos tuvieron colocación, y los herbívoros se tuvieron que conformar con pasárselo lamentando que sus méritos quedaran inútiles.

¿Quién tenía la culpa?

Cuentan que fue entonces cuando el cerdo (siempre ha sido vividor) se acostumbró a comer carne con unos y vegetales con otros, «por si sobreviniera -dijo- algún acuerdo».