
Alfan alfiles a adherirse
a las junturas, al fondo, a los testuces,
al sobrelecho de los numeradores a pie.
Alfiles y cadillos de lupinas parvas.
Al rebufar el socaire de cada carabela
deshilada sin americanizar,
ceden las estevas en espasmo de infortunio,
con pulso párvulo mal habituado
a sonarse en el dorso de la muñeca.
Y la más aguda tiplisonancia
se tonsura y apeálase, y largamente
Se ennazala hacia carámbanos
de lástima infinita.
Soberbios lomos resoplan
al portar, pendientes de mustios petrales
las escarapelas con sus siete colores
bajo cero, desde las islas guaneras.
Tal los escarzos a la intemperie de pobre
fe.
Tal el tiempo de las rondas: Tal el del rodeo
para los planos futuros
cuando innánima grifalda relata sólo
fallidas callandas cruzadas.
Vienen entonces alfiles a adherirse
hasta en las puertas falsas y en los borradores.
César Vallejo: Trilce. (Poema XXV)
(De este poema ha dicho Saul Yurkievich: “Primeros rasgos percibidos: hermetismo, osadía y heterogeneidad idiomática. Aunque incomprensible, el impulso expresivo mantiene su potencia a través de todo el desarrollo, conecta y articula esa sucesión de elementos dispares, ninguno suena a falso, nade se desmiembra del conjunto, nada queda suelto. A pesar de la ininteligencia conceptual, nos vemos paulatinamente envueltos en un campo magnético. Verso a verso, estímulo tras estímulo, ciertas referencias objetivas nos van trazando la columna vertebral del poema. Entre destellos parciales, va configurándose una imagen sentimental, el claroscuro de una intención delineada por el movimiento de luces y penumbras. No hay desarrollo lógico, ninguna concatenación episódica. Los objetos se conjugan libremente; las palabras están enhebradas por vínculos internos. El sentido angustioso del poema se refuerza mediante una tonalidad dramática, una sonoridad crispada, llena de filos, torceduras, vidriosa, punzante…).
