sábado, 6 de diciembre de 2008

ROCIO SORIA R. DESDE QUITO, ECUADOR

POEMA 5 

 

Las antiguas de mí misma

deben haber muerto

en fibras blancuzcas,

en aserrines

tropezándose en sus mismos pies,

ahorcándose en sus propios brazos.

 

Las otras de mí

deben haberse contenido el peso de las pupilas

en los pañuelos de sangre,

deben haberse colgado en los muros

a desgajarse el pellejo a piedras.

 

Encuentro que estoy hecha de fríos

como las otras

lo sé porque el dolor de vivir

se me ajusta a la espalda

y me circula como un hematoma negro.

 

Voy oscura, descalza

como si ya me hubiera unido a las sombras para siempre

como si ya hubiera vivido siempre

trago cuchillos,

me deleito sorbiendo agua sal por las ternillas

hasta llenarme el estómago,

hasta volverme cianótica.

 

El dolor es una especie de éxtasis:

lloro detrás de la cortina

y me gusta cómo mis lágrimas se van espesando.

Es como haber ingerido solvente.

 

¿Hasta cuándo podré reír?

no puede existir un placer tan gratificante

como el dolor que me abunda.

¿Hasta cuánto fuego podré tolerar?

 

Estoy hecha de eritemas

como quien guarda alacranes en el cajón

y se los traga

y deja que lo piquen hasta hacerse inmune.

 

No hay poción, ni raticida para el dolor

solo me queda apretarlo hasta que de tanto apretarlo

me vuelva insaciable.

Sin embargo

hoy no estás y eso si es insalvable

es una nueva mutación del dolor.

Las otras de mí deben haberse colgado en los muros

y despellejado a piedras.