lunes, 9 de junio de 2008

Vísto, Oído, Leído

  • Debo volver, en conciencia, al asunto del catalán por si alguien que me haya leído pudiera sospechar una larvada animosidad hacia esa lengua. Debo decir que siempre he sentido un gran respeto por este idioma, y hasta entusiasmo, toda vez que, en mi formación como escritor, nombres de la literatura catalana -Verdaguer, Viñoli, Salvat Papasseit, Espriu, Pla, Comadira, Parcerisas y un largo etcétera- han tenido su hueco en mi almario y he disfrutado de ellos con fruición. El catalán, lengua romance y con su origen en el oc, es fluida y flexible, suave y sonora, y forma parte de mi irrenunciable, aun siendo yo mismo vasco, vocación mediterránea. Por una casualidad, hace unas pocas fechas y releyendo a Salvador Pániker, barcelonés: un hombre inmerso en muchas sabidurías, leí un párrafo esclarecedor de su libro El cuaderno amarillo. Lo transcribo: “¿El catalán? A veces, por encargo, redacto en catalán, pero hay algo que no acaba de encajar. Comparado con el castellano, el catalán es una lengua recoleta y menestral, también poética, sin pizca de arrogancia, como cohibida y a la vez telúrica. El castellano, ya se sabe, arrastra multitud de improntas históricas, muchas de ellas impresentables. De algún modo, sigue ahí la Weltanschauung de aquellos hidalgos segundones que se enganchaban en los tercios de Italia buscando lances de amor, de espada y de fortuna. El honor, la chulería y la incultura. También la cortesía y el gracejo. La austeridad, el señorío. En fin, uno usa la lengua que le tocó en suerte”.
  • Lázaro Carreter, el llorado filólogo, ya apuntó esa moda algo espuria de emplear la palabra “físico”en contextos no adecuados: “El actual Barcelona es menos físico que el Villarreal”. Y aquí se debiera haber dicho “estado físico”. Incluso puede ser que un hombrón le diga a otro más chiquitillo: “Yo soy más físico que tú”. ¡Hale, evitemos este empleo!


  • A un servidor le dieron siempre miedo los payasos. Y los mimos. Todavía me dura ese repeluzno. Hay algo en ellos de forzado que me pone alerta. Pero, en su descargo, hay que decir que cumplen una tarea loable: divertir a sus semejantes. Y yo debería sentir por ellos la simpatía que no les profeso a los otros payasos, los que se reúnen en el Congreso no para hacer reír, sino para hacernos padecer a los ciudadanos y conseguir al fin que perdamos toda esperanza.

  • El rap, ese largo recitado (no me atrevo a decir música), nacido en los barrios pobres de New York hacia los ochenta, y que debe mucho al break dancing y a los eslogans o lemas del graffiti barriobajero, es un fenómeno que se está extendiendo como reguero de pólvora negra por todo el mundo occidental. Podría emparentar, de lejos, con el versolarismo vasco. En ambos, el rapsoda trata de aportar un mensaje y ser preciso y ocurrente. La ironía y el sarcasmo son sus mejores armas. A más a más, se puede competir. Sin embargo, el versolari vasco intenta ser, sobre gracioso y divertido, elegante. La virulencia y el denuesto no son sus mejores armas, si es que las esgrime alguna vez. Por el contrario, en el rap vale todo y, con frecuencia, lo soez, lo ponzoñoso, lo grosero, indecente y procaz tienen ahí su sitio de privilegio… Pienso en el rap con la extrañeza y la pena que dan aquellos movimientos que nacen ya adulterados, lastrados, desperdiciados, y me llama la atención el fervor y el entusiasmo que despierta. Muchos poetas hubieran querido, a lo largo de la historia, tener la audiencia del humilde rapero. No les fue otorgado. Ni siquiera autores de raíz profunda y acendradamente social, como León Felipe, Crémer, Gabriel Celaya o Goytisolo -y no cito a otros epigonales- pudieron disfrutar, en sus recitales, de esa audiencia entregada y ardiente. Aunque se hayan hecho famosas e insoslayables algunas imágenes, como aquélla de Miguel Hernández arengando en el frente a sus correligionarios, la poesía no mueve multitudes. Acaso -¡Dios no lo permita!-, el rap sí va a ser un arma cargada de futuro.


  • Felicitamos desde esta humilde página al ciclista Alberto Contador. Y no sólo por sus hazañas en el Tour y en el Giro, sino por la sencillez y dignidad de que ha hecho gala pese al desapego culpable de algunos jerifaltes de poltrona… (Madrileño de Pinto, tu horizonte es más que esperanzador. Piensa sólo en los tuyos y no lo desperdicies.)

  • Cómo nos aburre la repetida monserga esa que, desde las altas superficies, esferas o como se las llame, nos vienen dando con lo del cambio climático. Que se amustian y cachifollan las cerezas del Jerte, es el cambio climático; que el ciclón Elvirita amenaza Miami, es el cambio climático; que cae pedrisco sobre Ceuta y Melilla, es el cambio climático; que ya no vemos lubinas en el Urumea ni torcazas en Valladolid, es el cambio climático; que las gallinas ponen los huevos con dos yemas, es el cambio climático; que a la guapa Ana Belén le están saliendo arruguitas junto a los ojos, es el cambio climático (no el climatérico)… Seamos serios por una vez. Los estudiosos del tema: meteorólogos, geólogos, oceanógrafos, vulcanólogos e historiadores en general saben que el clima debe estudiarse a través de sus grandes ciclos. No me vale un período de cinco, de diez, de veinte años. En ocasiones, conviene ampliar nuestra perspectiva en cientos e incluso en miles de aquéllos. El arbolito no tiene que impedirnos la visión del bosque. Cuando el neandertal pateaba los suelos de Europa, hace unos cincuenta mil años, creo recordar que la actual Inglaterra era una región helada e inhóspita y parte de nuestros actuales desiertos florecían como vergeles. Posteriormente, y fíjense si transcurrieron años, se produjeron variaciones climáticas que influyeron decisivamente en la fauna, en la flora y en el comportamiento humano. Pero estos cambios tuvieron lugar a lo largo y ancho de periodos cuya cifra casi nos nubla el entendimiento; nunca sucedieron de la noche a la mañana. En el desdichado siglo XIV, poco después de la llamada “peste negra”, en Castilla se sucedieron dos lustros sin apenas lluvias, con inviernos durísimos y heladas negras que llevaron el dolor, la hambruna y la miseria a toda la población. ¿Hubo en cambio climático? Pues no. Sencillamente se alteró, durante diez o doce años el clima habitual de la meseta. Y estas mudanzas o perturbaciones vienen ocurriendo, puntualmente, en toda la superficie de nuestro planeta. Menos mal que hoy se alzan voces autorizadas que nos alertan de la intención de quienes están prediciendo catástrofes a corto plazo. ¿No existirán intereses que van más allá de la recta intención? El rédito político ¿no puede ser uno de ellos? El ciudadano que tiembla ante las expectativas del citado cambio tiende a olvidarse de otros problemas que, a lo mejor, afectan más directamente a su vida diaria… Nos enfrentamos, ahora mismo, a una crisis general que pone en duda los sistemas sociopolíticos que hemos aceptado como buenos para nuestra economía y nuestro próximo futuro, y, dentro de esta recesión (llamémosla así si rebasa de los seis meses), la carestía de los alimentos, el paro, el encarecimiento de los productos energéticos, la precariedad de las pensiones, el problema de la inmigración y el malestar de los menos favorecidos parece cosa menos grave si la comparamos con el archimeneado cambio climático. Resulta más que evidente que a la clase política -la nuestra y la foránea- le interesa agitar este espantajo o revivir fantasmas milenaristas cuando se ve incapaz de remediar las antedichas carencias. Echemos tierra -pensarán ellos- sobre nuestras ineptitudes y asustemos al personal, que es tonto. (No olvidemos que una de las características de nuestros dirigentes -viene de lejos- es subestimar la capacidad de raciocinio de sus gobernados.) ¿Les saldrá bien la jugada
  • Y esto nos lleva a tocar, siquiera levemente, el controvertido y recientísimo (nadie hablaba de esto hasta mediado el pasado siglo) tema de la ecología. Gracias a Dios, los ciudadanos tienen formada, hoy por hoy, una conciencia altamente sensible ante el medio ambiente y el entorno humano en general; respeto y mimo por ese planeta azul que nos aloja. Sin embargo, y como en todo humano afán, se da también el falso ecologismo, el de grito, pancarta y manifa, apoyado en supuestos que no resisten un análisis racional. Uno se admira ante la ejecutoria de Jacques Cousteau y su Calypso, o de Migel Delibes junior, por citar dos ejemplos, pero se entristece ante los jóvenes vociferantes que piden, entre otras cosas más baladíes, la supresión de un proyecto de carreteras o de un veloz ferrocarril. La ecología no debe enfrentarse al progreso, deben ambos coexistir. (Sabían ustedes, ahora que se habla tanto de las nocivas emisiones de los automóviles, que el volcán Perbuatan, en la isla indonésica de Krakatoa, expulsó al aire, en 1883, más C.O.2 y gases tóxicos que todos los que pudieron arrojar, por sus tubos de escape, los automóviles desde el nacimiento del legendario Ford-T ?) Seamos ecologistas, vaya, pero, sobre todo, no perdamos nuestra capacidad de razonar.


  • Por cierto, ya nadie habla del agujero de ozono, ese que produciría el achicharramiento, por rayos ultravioleta, de nuestro orbe conocido. Qué ¿le pusieron un parche, o se arregló por sí solo? Que nos lo digan.
  • Un lapsus divertido lo protagonizó, hace unas horas, cierta cadena de radio en su programa matinal de contenido histórico. Dijo el locutor, rectificando apresuradamente: “Francisco de Asís, a su amante, le tenía sorbido el sexo”. ¡Hombre, don Pepe, y que lleve usted todavía fama de medio lila…!

  • Ana Urrutia, la gentil presentadora del programa del tiempo en ETB-2, a quien censuramos suavemente, en otro blog, por una locución una pizca escatológica y de moda entre más de una jovencita, nos aseguró el lunes que dentro de escasos días disfrutaremos de un solito reconfortante. Ana, cuidado con los diminutivos. Muchos de nosotros erramos en este aspecto gramatical. “Sol” debe convertirse -si queremos reducirlo- en “solecito”, como “pierna” en “piernecita” y “lengua” en “lengüecita”. Así las cosas, observamos que, en Latinoamérica, multitud de escritores de valor reconocido escriben “pueblito” y “viejito”. No obstante, solito equivale a “estar solo” y conviene saberlo. Lo dicho, guapa.