martes, 24 de junio de 2008

Noche de San Juan


Hoy es la noche de san Juan. Siempre tuve por este día, por esta noche, una predilección que arranca en mis años infantiles. Vivía yo en un chalé frente al hipódromo de Lasarte. Aquello, entonces, era un valle bonito, con sólo tres casas entre dos pueblos. Aquella madrugada mi madre me sacó de la cama. “Jorge, Jorge -me dijo-, ven a ver cómo se quema el monte… El monte era el Buruntxa y, en efecto, daba la sensación de que estaba en ascuas. Cientos de hogueras resplandecían bajo la noche; unas grandes, otras más chicas. Pero el efecto general era que el propio monte era pasto de las llamas. Mi padre me tranquilizo:
-Son los pastores -dijo.
-¿Los pastores? -repetí con una voz preguntona.
-Sí, hijo. Como es la noche de san Juan, los pastores encienden muchas hogueras para purificarse, para espantar los malos espíritus y las brujas.
-Pero tú me has dicho que no hay brujas ni espíritus -respondí algo confuso.
-Cierto -respondió mi padre con una sonrisa-, pero, por una noche, vamos a creer en ellos, ¿te parece?
Hoy, habitante de la ciudad, apenas si hacia la sobrenoche me llega el tufo a leña quemada. En los pueblos es diferente. Se hace fiesta, se salta sobre el fuego, se come, se bebe, la gente se enamora al calor de las brasas. Porque se trata de un hermosísimo rito pagano que va desapareciendo. ¡El solsticio! Con la hoguera se quemarán todas nuestras impurezas, nuestros vicios, las malas acciones, las torcidas voluntades. Seremos puros… Esta noche, a lo mejor (porque Ulises y los griegos también lo hacían sin sombra de vergüenza), me pondré a llorar.

Jorge G. Aranguren