martes, 24 de junio de 2008

El estilo lo es todo:


En las cálidas mañanas estivales, agazapados en la galería del bazar, mascando tabaco o aspirándolo, o por las tranquilas encrucijadas de la campiña, bajo los largos rayos oblicuos de la tarde, lo comentaba aún, de carro en carro, de carro en jinete, de jinete en jinete, de carro y jinete a cualquiera que estuviese parado cerca de un buzón de correos o de una verja:
-¿Continúa todavía?
-Sí, aún sigue.
-Acabará por matarse. No será una gran pérdida.
-No, sin duda, para su mujer.
-Claro. Así se ahorrará el viaje diario para llevarle la comida. Aquel Flem Snopes…
-Naturalmente. ¿Quién si no él podría haberlo conseguido?
-Nadie lo habría logrado. Cualquiera hubiese podido engatusar a Henry Arms, pero ¿quién, si no Flem Snopes, habría sido capaz de engañar a Ratliff?
Aunque apenas eran las diez, cuando Snopes pasó por allí, no solamente había llegado la muchedumbre de todos los días, sino que estaban todos, incluso los que, como él, iban a Jefferson. No salió del camino para ponerse en fila. Se adelantó a los carros parados mientras las cabezas de las mujeres que daban el pecho a sus hijos se volvían para mirarle -las caras graves, hasta apenadas-, no cesaron de observarle cuando paró el carro y siempre sentado, mascando con aquel movimiento cadencioso y continuo, lanzó una mirada al jardín por encima de las cabezas. Entonces las caras a lo largo de la valla en ruinas fueron siguiendo la dirección de sus pupilas y vieron a dos niños que salían de la maleza del ángulo más apartado del jardín, lo atravesaban a paso de lobo y se acercaban a Armstid por la espalda. Él no había levantado la cabeza ni dejado de cavar; no obstante, los niños aún no estaban a cinco metros de distancia cuando se volvió como un resorte, se arrastró fuera del hoyo y les persiguió con la pala en alto. No dijo nada; ni tan siquiera insultaba. Los perseguía solamente, arrastrando la pierna, tropezando con los terrones que había cavado, mientras los niños huían, llevándole ventaja. Habían ya desaparecido por entre las matas de donde salieron, pero Armstid continuaba todavía corriendo, hasta que tropezó y se desplomó, y permaneció así un instante mientras fuera del cercado todos lo miraban con un silencio tan absoluto que permitía oír el silbido seco de la respiración jadeante.
Por fin se incorporó, se puso a gatas, como hacen los niños, recogió la pala y volvió, andando, al hoyo. No levantó la vista hacia el sol como hace, para saber la hora, el que se toma un descanso en su trabajo. Volvió corriendo al hoyo, presuroso con su dolorida y agotada lentitud, con la cara demacrada y barbuda como la de un loco. Descendió y continuó cavando.
Snopes volvió la cabeza y escupió por encima de la rueda del carro. Sacudió levemente las riendas.
-¡Arre! -dijo.


William Faulkner: The hamlet (El villorrio)