sábado, 21 de junio de 2008

PEQUEÑA HISTORIA DE LAS PALABRAS


SOBRE LAS FRASES HECHAS

Las frases hechas tienen su origen en un acontecimiento histórico. Se las llama así, frases hechas, porque no hay que rehacerlas ni retocarlas. Se toman o se dejan, como son, sin echar más grano o paja a la que de por sí traen. Veamos.

¿Qué quiere decir “tener mala leche”?

Siempre se ha dado gran importancia a la leche que se mama en la más tierna infancia. Dicen que la lactancia materna es la más recomendable, y no vamos a ser en Q. P. quienes enmendemos la plana a nadie, por unas gotas de lecha aquí o allá. Pero, en otros tiempos, cuando no era posible, se acudía a la merced de las vecinas, y como lo que se come se cría, así la leche tomada en la niñez influía, o influye, que de todo hay, en el carácter del lactante. San Agustín recomendaba que se empleasen nodrizas cristianas “para que el niño no se vea influenciado por leche pagana”. Si San Agustín, en lugar de ser obispo de Hipona, lo fuese en la actualidad de Donostia, recomendaría que la lecha dada a las criaturas que al mundo vienen, bajo la égida de Ibarretxe, lo fuese proveniente de las ubres ubérrimas de las recias, fuertes y hermosas matronas euskaldunes. En la Edad Media, y muy especialmente en Castilla, se recelaba de las nodrizas judías o musulmanas, por creer que “tenían mala leche”. Por lo tanto, “tener mala leche” significaba, simplemente, haber sido alimentado por infieles.

“Que cada palo aguante su vela”, es una expresión que tiene su razón de ser y su no sé qué de proverbial en el lenguaje marinero. Quiere decir que cada cual debe responsabilizarse y cargar con las consecuencias derivadas de sus actos, sean estos acertados o fallidos. Antiguamente, aludía a los palos que sostienen las velas en las embarcaciones, no confundir con los palos del sombrajo. Cada marinero debía sostener las que le habían sido asignadas. Tal era su trabajo, y su deber. Había, no lo dudamos, palos que aguantaban a su vela más querida por amor.

Mas la universalización del amor ha traído como consecuencia su inmediata depreciación en la efímera bolsa espiritual, y su conversión en valor de mercado, fluctuante, como todo, según las santas y sagradas leyes del mercado. El día de san Valentín es frecuente escuchar, en corros y corrillos, en tertulias y carillones, como si de un himno se tratase, la siguiente frase: “Hoy más que ayer y menos que mañana”.

Dichas palabras fueron escritas por Rosemonde Gérard, poetisa francesa nacida el 1871 y fallecida en 1953. Fue esposa de Edmond Rostand, celebérrimo autor de Cyrano de Bergerac, y madre del literato Maurice Rostand. Los versos en cuestión se encuentran en el libro Les Pipeuaux (Los Caramillos), en la poesía “L’étérnelle Chanson”:

“Car vois-tu, chaque tour je t’aime davantage,

Aujourd’hui plus qu’hier et bien moins que demain”.

“Pues ya ves que cada día te amo mas, hoy más que ayer y mucho menos que mañana”, en castellano, claro.

Dicen los pesimistas y escarmentados en las lides amatorias que nada hay más parecido al amor que la guerra y que en el combate se suceden victorias y derrotas, y, de tanto en tanto, “victorias pírricas”.

Pirro, famoso rey del Epiro, nació el año 319 a. J. C, y murió el año 273. Lucha continuamente contra Roma y sus soldados, a los que derrotó en varias batallas. En una de ellas se enfrentó Pirro al cónsul Valerio Levino en Siria. Como dice un autor, de cuyo nombre preferimos no acordarnos: “Los elefantes, que los romanos aun no conocían, hicieron maravillas: la caballería romana, encargada de cubrir el paso, se dispersó delante de ellos y las legiones no se mantuvieron mucho mejor. La derrota fue clara; los romanos perdieron siete mil hombres, un cuarto, al menos, de su efectivo. Pero la resistencia había sido suficiente para inspirar al rey respeto antes las cualidades militares de los vencidos. Había perdido cerca de cuatro mil hombres, y, entre ellos, algunos de sus mejores oficiales”.

Eso dio lugar a que Pirro, cuando sus generales le felicitaron por su triunfo, respondiese: “Otra victoria como esta, y estoy perdido.” Desde entonces se ha llamado victoria pírrica, aquella que aun siendo un triunfo, debilita en tal forma al vencedor, que lo incapacita para próximas contiendas.

Pirro no era un “muermo”, sino un “vivillo”. En el sentido rígido y estricto, el término “muermo” designa una enfermedad virulenta y contagiosa que afecta a las caballerizas, y se caracteriza por ulceraciones, flujo en la mucosa nasal, sobre todo, males todos ellos que obligan al animal a mantenerse en una actitud pasiva y decaída. Actualmente se refiere a aquella persona o asunto aburrido o cargante. Todo lo contrario que Q. P.