domingo, 10 de agosto de 2008

Correo del navegante

Arantxa Gorostidi, desde Igueldo, nos dice:

Os he leído recientemente y veo que no os mola nada el logotipo para la capitalidad de la cultura en la Donostia del 2016. A mí, ni fu ni fa. Pero quisiera observar que parece darse en este pueblo un reiterado recurso a las obras de Chillida y, muy concretamente, al Peine de los Vientos. Debemos tener en cuenta que, para muchos, esta obra es emblemática, iconográfica. A otros, ni la obra ni el lugar les parece que cumple este objetivo. Ahí está el trabajo de Jorge Oteiza en el Paseo Nuevo (antigua ermita), la variada obra de Néstor Basterrechea o las estelas de Ricardo Ugarte, todo ello escasamente representado en otros contextos. Malo es mitificar a un artista en detrimento de otros coetáneos. El arte es subjetivo. Lo que hoy nos admira, mañana nos puede hastiar hasta el aborrecimiento. Estoy segura de que hay cantidad de motivos para representar dignamente a esta ciudad, que goza de un paisaje envidiable y de edificios de marcadísimo interés. Obremos, pues, con tiento y con mesura, sin recurrir a lo fácil, a lo manido, a lo que profusamente se ha mostrado a la gente. Sé que es difícil.

El un periódico local: Azcarate reitera que los padres podrán elegir si sus hijos dan Religión. Se supone que los niños no pueden ejercer de profesores. Mejor quedaría: “Azcarate reitera que los padres podrán elegir si a sus hijos se les va a enseñar Religión”.

Cuca Sánchez Muñagorri, desde Deba, nos escribe:

Cierto munícipe alavés se extraña de que la gente, durante las fiestas de San Sebastián, no se vista ad hoc y no salte, corra y baile con las charangas, los cabezudos o simplemente por libre. Así en Vitoria como en Pamplona. A este señor habría que decirle que cada ciudad tiene su idiosincrasia, sus modales y sus prejuicios. Donostia no es ciudad de charanga, ruido, jaleo, petardo y alborozo fácil, salvo durante las carnestolendas, unos días festivos que, para mí, resultan lamentables, horteras y casposos. San Sebastián conserva su antigua distinción, su gran estilo de dama aristocrática, algo, quizás, heredado del XIX. No la cambiemos, por favor.