miércoles, 20 de agosto de 2008

Poema de Salvatore Quasimodo


LA POESÍA

Una noche en que la nieve adormecía ángeles sobre las cumbres
y, sobre los tejados, derramaba crisantemos,
quizá, al lado de mi cuerpo frío, buscó calor,
desnuda como todas las canciones de los nómadas,
pura como todas las rosas de los huertos desconocidos,
donde las rugosas glebas y los búcaros de las flores blancas
ofrecen rocío a los pájaros sedientos.

Acaso, siempre había estado a mi alrededor,
en mi casa de frágil soñador,
abierta a las estrellas cenicientas
que desde el cielo traen los besos de los niños muertos sin amor.

Ahora, es como un incensario de ágata purísima
que arde entre las columnas de la habitación de amatista,
donde la hora matutina, huyendo de mis besos de Nocturno,
dejó el amor y el llanto de todos los caminos del mundo.

Arde, y el incienso es sonrisa de muchacha,
arde y el hachís es caricia de boca
sobre los pechos de una mujer perfecta.

En la hora en que las luciérnagas se encienden
sobre los vaporosos cristales de los castillos encantados,
y las canciones del sueño tienen cadencias de estrellas,
sumisamente, besándonos en los ojos,
recitamos el Cántico del sol,
nuestra plegaria del crepúsculo,
que nos abre las puertas azules del sueño.

Ella me enseñará a hablar en la oscuridad;
mis canciones no tienen sol,
como el rebaño que, sonando sus esquilas,
a las fuentes desciende con las cabezas inclinadas.

Besa el umbral de tu casa, h. 1920 (publicado en 1981). Traducción de Antonio Colinas.

LA POESIA

Una sera che la neve angioli addormentava sui comignoli,
e, sui tetti spargeva crisantemi,
forse, cercò calore accanto al mio corpo freddo,
nuda come tutte le canzoni dei nomadi,
pura come tutte le rose degli orti sconosciuti,
ove le zolle ricciute e le coppe dei fiorellini bianchi
hanno rugiada pei passeri assetati.

Forse, m’era stata sempre d’intorno,
nella mia casa di fragile sognante
aperta alle stelle incenerite
che portano dal cielo i baci dei bimbi morti senz’amore.

Ora, è come un incensiere d’agata purissima
che brucia fra le colonne della stanza d’ametista,
ove l’ora matutina, sfuggendo ai miei baci di Nocturno,
l’amore lasciò e il pianto di tutte le strade del mondo.

Brucia, e l’incenso è sorriso di fanciulla,
brucia e l’hashish è carezza di bocca
su le mammelle d’una femina perfetta.

Ne l’ora che le lucciole s’accendono
sui cristalli vaporosi dei castelli incantati,
e le canzoni del sonno hanno cadenze di stelle,
sommessamente, baciandoci sugli occhi,
recitiamo il Cantico del sole,
la nostra preghiera del crepuscolo,
che ci apre le porte azzurre del sogno.

Ella nel buio m’insegnò a parlare;
la mie canzoni sono senza sole,
come il gregge che a sonagliere sciolte
a le fonti scende a testa china.

Bacia la soglia della tua casa, 1981.