viernes, 15 de agosto de 2008

Impresiones


Estoy convencido de que a los países estrechos los hicieron mentes estrechas. Suponer que una persona con uso de razón es incapaz de juzgar un acontecimiento porque sucede fuera de su lugar natal es una puerilidad. Otra cosa sería que al sujeto se le prohibiese opinar por el mismo motivo. Estamos, pues, ante dos posturas -la incompetencia y la prohibición- que incluso pueden sumarse para de esta manera conformar un todo represivo. Para bien o para mal, España vive ahora la fiebre de las raíces, de lo autóctono, visceral, genuino y échenle ustedes adjetivos. Estas son unas “tercianas” que van a durar y, como ocurre con las enfermedades tropicales, nos dejarán más débiles, más indefensos ante otros problemas graves. Además, como tales infecciones son recurrentes o recidivas, volverán a aparecer en sucesivas oleadas con mayor o menor virulencia. En nombre de la etnia ya se han cometido demasiados desmanes; algunos -¡Dios mío, contaremos los muertos?- nos han envilecido hasta hacernos renegar de nuestra condición de hombres.

Hay quien sostiene que el alejarse de un problema es bueno para resolverlo. Y es cierto que el espectador, por el hecho de observar una distancia, de no dejarse influir por la pasión o el interés y no estar involucrado, a veces tiene una visión más nítida que la de aquel que vive inmerso en el suceso sin disfrutar de esta fría e inteligente perspectiva. A mí me encanta que sobre mis asuntos opinen gentes ajenas; naturalmente, su opinión, que debo agradecer, la tomo con las debidas reservas. Pero es curioso, porque siempre me revelan ángulos, me iluminan rincones, ofrécenme caminos, me plantean alternativas que yo, creyéndome amo y señor de mi problema, no hubiera podido contemplar.Creo que fue un carpintero de Nazaret quien dijo hace dos mil años: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. La frase es reversible. Yo me atrevo a decir que se es de donde se quiere ser, que elegir una determinada comunidad para vivir supone, como toda elección, un acto de amor y otro de fe; y que siempre el que elige patentiza una categoría moral superior a la de aquel que se contenta con aceptar lo que le cupo en suerte. El que la persona sea luego aceptada por esa comunidad ya es otro cantar. Las sociedades tienen extraños mecanismos de defensa. Miedos atávicos, recelos que perduran durante décadas o siglos. Pero si se produce la integración del nuevo miembro, el derecho de éste a opinar -e incluso a juzgar- es inalienable.

Anteayer, mi único nieto, Jorge, cumplió los cinco años. Jorge es un demonche divertido, guapo e inagotable, con unos ojos donde vive y alienta la pureza del mundo. Si lo admite la Providencia, verá el amanecer del año dos mil cien. Sus abuelos, para entonces, sólo serán polvo; pero vivir y conocerle habrá merecido cualquier pena.