domingo, 2 de noviembre de 2008

El estilo lo es todo : Heriberto Frías (LOS PERROS DE TOMOCHIC)


 

                                  Los perros de Tomochic

 

   El crepúsculo, uno de esos crepúsculos fríos y rápidos de la sierra, se extinguió, anegando el inmenso valle en una sombra glacial y tristísima.

   Se perfilaron las crestas del anfiteatro de montañas recortando la tenue y áurea lividez del cielo, hasta que arriba sólo quedó el azul oscuro salpicado de gotas de luz y abajo un mar de tinta negra.

   A veces, súbitas ráfagas del noroeste, venidas de las lejanas profundidades de los bosques resinosos y acres, pasaban prolongando una queja infinita, infinitamente desolada. Y estas ráfagas frías, al atravesar el valle, anchuroso y hondo, llevaban rumores vagos y tristísimos, los hálitos de la selva, los estremecimientos de los viejos árboles crujiendo ante el invierno y la noche, como el doliente suspiro de la sierra abrupta, colosal y salvaje. Sentíase más y más intenso el frío de aquellos soplos mientras la sombra era más densa; y cuando, por fin, no quedó una sola claridad, se levantó poderosamente la sinfonía de los ruidos nocturnos en el valle.

   Allá, en un extremo de aquel anfiteatro, el cerro de Medrano se alzaba como un enorme dromedario, mientras lamía su flanco derecho el río, teniendo a su frente el valle de Tomochic. Y aún más allá, erguido, cortado a pico, agresivo y hosco, el cerro de la Cueva parecía contemplarle, como un tigre sentado sobre su grupa… En el ondulante torso del titán estaba el campamento. Sobre la cumbre, dominando el profundo valle, un parapeto protegía el principal puesto de observaciones. El largo pico de acero de un cañón de Hotchkiss avanzaba siniestramente en el vacío, saliendo por entre las rocas y los arbustos, acechando en las tinieblas, rumbo a la muerte.

 

   Noche plena. Los alegres rumores del vivac se habían extinguido. El servicio de vigilancia estaba ya nombrado y sobre aquel gigantesco zig-zag del monte, sobre aquel lomo del cerro, momentos antes tan animado por la soldadesca y la franca algazara al aire libre, no hubo sino vagos rumores de voces quedas que avivaba o extinguía el viento, lejanas risas, toses, tal cual voz enérgica -voz de mando artificialmente colérica-, los ruidos secos de los fusiles golpeando en las piedras, alguna canción tristísima -viejos temas mexicanos con inflexiones casi salvajes- y silbidos que se cruzaban de un extremo a otro, entre acentos femeninos, chillones, que solían ser cortados bruscamente, y nada, nada más, pero todo ello en varia y tenue cascada, porque la orden de silencio era terminante.

   De cuando en cuando, el soberano viento de las selvas lejanas, saturado de acres y resinosos perfumes, pasaba por el susurro melancólico de las altas frondas, llevando todos los hálitos de la sierra, el coro solemne y épico que cantaba el himno de los cíclopes americanos, bajo los eternos pinos sombríos…

                                               Heriberto Frías (1870 – 1928)  

 

   (Heriberto Frías inició la Novela de la Revolución Mexicana con su obra ¡Tomochic!. Es ésta una novela épica, estremecida por el duro paisaje y la azarosa vida de tanto combatiente anónimo: hombres que luchan por una causa que ni les atañe ni les motiva, pero que van a morir porque éste es el destino de los humildes.)