martes, 18 de noviembre de 2008

Se va apagando el año. (Gonzalo Ursúa)

Se va apagando el año. Desnúdanse las hojas de los árboles; tienen un tacto de moflete de viejecita. Ruge el mar con las mareas vivas que la luna trae. Llueve sin remedio. Los pocos días de viento sur, la ciudad es una papelería. Entro en un bar, hacia las dos, y me tomo un blanco. La camarera es de Moldavia y se llama Alina: un sol. Al salir me olvido de mi paraguas.

Creo que fue Umberto Eco (que me perdone si le atribuyo una falsa paternidad) quien dijo que las guerras del futuro no tendrán lugar entre superpotencias, Estados, grupos políticos o económicos. Los conflictos que sobrevendrían pudieran ser largas pugnas entre generaciones, y es de suponer que serían también cruentos y difíciles de resolver.

Pienso que Eco, al formular este vaticinio, no estaba haciendo ciencia-ficción. Con fino olfato de sabueso en los grandes prados de la sociología, lleva hasta sus últimas consecuencias un hecho que está ahí y que podemos comprobar todos los días con sólo salir a la calle y dialogar con un chico joven (si es que no se tienen muchachitos en la propia casa, porque entonces no haría falta buscarlos fuera); me refiero al perpetuo malestar que padece la juventud, a su inadaptación a un comportamiento que la vida entre sus semejantes les exige. Esta desasosegada actitud conlleva una agria y violenta reacción que se traduce en un continuo rechazo del modelo que acatan sus mayores. Hay, qué duda cabe, una razón biológica en esta denuncia y este inconformismo; algo que tiene mucho que ver con el desarrollo de la personalidad. Y eso es positivo. Si no se diera tal rebeldía, temeríamos que nuestra juventud pudiera estar ayuna de valor o que hubiese sido aplastada por sus progenitores (los que hoy frisamos en los setenta -generación “emparedada”- ilustramos de manera palmaria y lamentable esta cuestión). Lo característico de la juventud es y debe ser una postura crítica ante el mundo,

Pero ocurre que se extralimitan. Hoy se disculpan demasiadas transgresiones y se amparan excesivas libertades, dando por supuesto que nuestros jóvenes son las más directas víctimas de una sociedad que no puede enarbolar gallardetes de ética o de moral porque hace tiempo que ella misma dejó de creer en dichos valores. Si cualquier individuo con uso de razón se representa globalmente, sin demasiadas elucubraciones, este preciso momento histórico, comprenderá que la herencia que estamos preparando a nuestros descendientes no es, ni mucho menos, un regalo ni un campo de rosas. Pero esto ha sucedido siempre; el animal humano no ha conseguido aún asegurarse unas formas de convivencia estables, no ha logrado arrumbar, en la bocamina de los recuerdos tristes, esos pesados fardos que le están agobiando desde los primeros núcleos tribales: el afán desmedido de poder, la insolidaridad, la codicia, el miedo a sus semejantes; taras todas éstas que lleva el hombre en sus genes y que el desarrollo científico, las religiones y las teorías políticas más dispares no han podido erradicar.

Yo no creo, por otra parte, que para los jóvenes de ahora el mundo de sus mayores sea más repulsivo que lo fuera para los chicos del “mayo francés”, para los hippys, los punkis o para los existencialistas de papá Sartre, por referirme a movimientos que yo pude vivir y sobre los cuales puedo todavía pronunciarme. Pero, echando la vista atrás, removiendo siglos, comunidades y situaciones históricas concretas no consigo dar con una juventud que no se sintiera incómoda, desplazada, amenazada y sometida por sus mayores o por el modelo social que éstos -de una forma consciente o por la inevitable situación heredada- les impusieran. No creo que la vida de los jóvenes del 98 (reparen ustedes en lo que escribieron más tarde) fuera sencilla; ni la de los románticos (lean a Larra); ni la de aquellos que vieron volver a Fernando VII; ni la de quienes transitaron por nuestro flamante y famélico Siglo de Oro (recuerden a Don Pablos o a Lázaro de Tormes) Y no demos más pasos por el túnel del tiempo. Cuanto más bajamos en la cronología, más nos cercioramos de que la incultura, el imposible acceso a una educación mínima, el hambre, las guerras, la opresión y la carencia de libertades fueron las dolorosas pústulas de una sociedad perpetuamente enferma y doliente. Los jóvenes de entonces se enfrentaron con ella como, ahora, esta airada juventud de gafas negras, escúters, botellón y movida nocturna lo hace con una sociedad que los mira con recelo, teme por su ascensión dentro del mismo cuerpo social, intenta desplazarlos y solamente los tolera cuando aceptan sus condiciones. El paro, la marginación y el fantasma de los conflictos étnicos vuelven a estar con ellos: están como estuvieron siempre… Y resulta obvio que nosotros los adultos se lo hemos puesto muy difícil, y se comprueba -al menos, yo lo creo así- que siempre fue difícil para todos.

Gonzalo Ursúa (Blog)


1 comentario:

Alma Cervantes dijo...

Interesantisimo aporte has plasmado para deleite y conocimiento de quienes entramos a este importante portal, gracias por ello y no creas que me olvido de ti y aqui dejo mi paso con algo de Tomás Segovia (España-México, 1927)



Fin de año

Tomás Segovia (España-México, 1927)

Qué blanco el cielo ha quedado,
Desfallece, tiembla, expira;
de su rostro se retira
todo el doliente morado.
Y queda el mundo inmutado
en un trémulo extravío.
¡Oh femenino vacío,
presa ya para unos lazos!
Mundo exangüe entre los brazos
del más ardiente albedrío.