domingo, 9 de noviembre de 2008

Colaboración : Félix Aldabaldetrecu : "Amar, amante y amado"


Amar, amante y amado

La gente feliz está siempre enamorada. El amor es un instinto práctico. De su utilidad depende nuestra felicidad. Hay quien considera que el amor es la suma del apego personal, la inversión familiar y la sexualidad, y todo ello afectado por el entorno.

En la elección de la pareja, el aspecto, la simetría de las facciones, reflejo del metabolismo y los genes, es importante. Son signos de salud que ya nuestros antepasados seleccionaban para tener una buena prole. La monogamia apareció por el interés de ambos padres en que los hijos salieran adelante.

La felicidad aumenta con la edad porque tenemos más recuerdos y éstos se comparan con cada estímulo exterior, generando esa sensación de felicidad. Sin memoria no hay amor; no hay con qué compararlo. Dicen que el desamparo del bebé en la cuna es idéntico al del enamorado abandonado. Un neurólogo afirma que lo mejor es volver a enamorarse. Pero no es fácil. Si en la niñez uno sufrió desapego afectivo, quedará condicionado para la búsqueda del amor en su época adulta. La capacidad de amar puede estar afectada por un factor genético que se mantiene o no según el entorno.

Con frecuencia, el ser amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Los seres más inesperados pueden estimular el amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Es una idea activa sobre el amor, más que pasional. En cambio, bajo el dictado de la pasión, es preferible ser amado que amante.

Decimos que “el amor es ciego”. Pero no es verdad que la ceguera del amor nos impida detectar las carencias o defectos del amado. El amor no embota nuestras percepciones o nuestra sensibilidad, sino que más bien las exacerba. Nadie es tan consciente de los defectos y carencias del amado como el amante; la ceguera que aflige a quien se enamora es de una índole más terrible y destructiva: sabe que la persona amada es tiránica, frívola o egoísta y, sin embargo, la ama; incluso suele ocurrir que estos vicios evidentes de su personalidad, lejos de extinguir su amor, lo aviven hasta extremos de irracional dependencia. Es habitual, además, que el amante confíe en la naturaleza mesiánica de su amor: sabe que la persona que ama es necio, grosero, insoportablemente banal, pero piensa que la fuerza de su amor bastará para trasmutar esos defectos en virtudes; y así el necio, enaltecido por el amor sin condiciones que le brinda el amado, se tornará discreto; el grosero, sutilísimo; el banal, penetrante. Es cierto que el amor puede obrar milagros; y que, a veces, perfectos zoquetes se metamorfosean en seres angelicales, gracias al amor generoso que les dedican sus amantes. Pero resulta más habitual que el zoquete siga siendo lo que fue antes de ser amado. Incluso puede ocurrir que el amado llegue a odiar al amante, puede suceder que su amor llegue a resultarle intolerable. Pero el amante, poseído por la ceguera del amor, insiste abnegadamente en su esfuerzo redentor, la belleza de su pasión lo ofusca hasta el extremo de impedirle constatar que se trata de una pasión estéril. Y así el amor se convierte en fuente de dolor incesante para quien ama,

¿Cómo evadirse de ese dolor abrasivo que nos dejan los amores contrariados? Un ejemplo puede ser el protagonista de una historia que, creyendo haber hallado la sabiduría del amor, durante años, amó arrebatadamente a una mujer indigna de su amor. Cuando ella lo abandona, recorre el país durante años, tratando de encontrarla, en un periplo enloquecedor. Hasta que, de repente, cuando ya se cree perdido, lo invade una profunda paz. Descubre que el amor es la “experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo”. El protagonista empieza entonces a amar las cosas pequeñas que la vida nos ofrece: un bosque, una playa, un monte, un río. Eran cosas en las cuales no había reparado -no, al menos, con afecto-. Y en esta forma discreta, bondadosa de amor encuentra la felicidad: “me encuentro con muchos semejantes y una radiante luz se apodera de mi ser. Miro las bandadas de pájaros en el cielo o gentes que realizan sus trabajos en el campo… Cualquier cosa, cualquier ser viviente. ¡Todos desconocidos y todos amados!”. Es el único modo de sobrevivir al amor que un día tributamos en vano a una persona que no lo merecía; es también una senda ascendente, una vía de elevación y purificación, una escalera cuyos peldaños nos conducen al amor que no defrauda. Quizá una solución mística, pero que esconde una verdad profunda y consoladora sobre la naturaleza del amor, esa fuerza misteriosa que se acumula durante años en el corazón del hombre y que con tanta frecuencia crece, como los lirios venenosos, sobre una ciénaga pestilente.

Félix Aldabaldetrecu (Blog)

2 comentarios:

Alma Cervantes dijo...

Un buen tema, amar, amante, amando
El smor para ser amor tiene que doler, sentimiento inexplicable que llega y se adentra en el alma, desafortunadamente no siempre se es correspondido, o el ser amado ya tiene alguien a su lado, aún asi crece el amor, ese amor que continuará existiendo en la vida de quien ama sin esperar nada a cambio.

Felicidades buen aporte, mis saludos y admiracion

Esteban dijo...

Para ti Félix por ese bello texto, y para ti Alma por dedicar parte de tu tiempo a leer esta bitácora os dedico este poema de Rubén Darío :

AMO, AMAS

Amar, amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo;
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.

Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!