lunes, 28 de julio de 2008

Ah, guardià, caritat .....

Ah, guardià, caritat per als ossos,
car ja t´arribo sense gens de carn.
(S.Espriu)

Hay un tipo de maridaje que raras veces sale bien. Me refiero al vínculo que alguna vez se establece entre el intelectual y el político, entre el hombre que desarrolla una actividad creadora y especulativa por antonomasia y aquel otro al que una colectividad designa para gobernar la cosa pública. Suele darse el caso -aunque no sea frecuente- de que el sujeto político se considera a sí mismo un intelectual. Esto ha ocurrido siempre; el típico orador decimonónico, de mitin callejero y demagogia servida cual docena de churros, muchas veces engañaba a los ciudadanos haciéndose pasar por ilustrado. Ejemplos grotescos y abundantes nos proporciona nuestro siglo diecinueve, tan confuso, turbulento, apasionado y sugestivo. Pero, en puridad y prescindiendo de posibles coqueteos mutuos, la trabazón político-intelectual escasas veces dio fruto.
Cuando el catedrático, el profesor, el escritor, el poeta, han intentado intervenir en las decisiones y maniobras gobernativas, han fracasado. Otros, sabedores de la ineficacia de su gestión, se resignaron a un papel de testigos que, por lo menos, hacía posible la utilización de la palabra escrita para decir la verdad. Y no siempre… Del otro lado, contemos con la manifiesta desconfianza del político hacia el intelectual. Porque cuando aquél se acerca a éste será casi siempre para robarle, para sustraerle alguna cosa de la cual pueda servirse a posteriori; en definitiva, para manipularlo. Conociendo esta interesada disposición, el docto se ha retirado a sus cuarteles de invierno; en ocasiones, con éxito, pero, una y otra vez, pagando con la soledad y la indigencia esta actitud de rebeldía o, mejor, de negativa a la inevitable fagocitación del invasor.
Ocurre que el erudito es un hombre que coloca la ética -tan bienamada como peligrosa criatura- muy arriba en su genuina axiología. Su compromiso con tal doncella se firma y rubrica de por vida, y muchas veces con sangre. Muy al contrario, el político hace de la eficacia su estandarte. A la ética se la pasa por el forro de los comicios. Esta actitud lo retrata y dice mucho de él, pero todos conocemos la capacidad de disimulo, de camuflaje y de transformismo de semejantes bueyes públicos. Sus escudos protectores, aunque sean trampantojos, los defienden de la sospecha popular.
A cabo de cuentas, el hombre de pensamiento es un ser que se alimenta y vive de libertades. Con ellas crea y desarrolla su obra. En épocas en que éstas escasean, se le suele ver boqueando, sorbiendo de un medio asfixiante las burbujas de oxígeno que le permitirán sobrevivir, tal y como suelen hacer los pececitos de los acuarios. La libertad, para el político, es otra cosa; frecuentemente viene a ser un sucedáneo arrojado a las masas para tenerlas contentas. También en esto, cómo no, interviene la biología y, si me apuran, ¡la entomología!… Un poeta, un artista, es un ser que, como humano, se sabe larva, bicho que se arrastra por el suelo y sus detritos; pero, a la vez, está convencido de que pueden nacerle alas para obrar el milagro de su transustanciación. Con esas alas, que no son otro cosa que su enorme voluntad de ascesis, de acendrada purificación y de trascendencia, podrá moverse en el viento de la honestidad. El político, al contrario, padece una transformación inversa. Si soñó alguna vez con sus alas (en alguno de ellos hubo, acaso, un idealista agazapado), el acceso al poder y consecuentemente la aceptación de sus diversas corrupciones -corruptelas que lo mantienen aferrado a su plataforma- lo convierten en una oruga cada vez más enterrada. Húndese él y va engordando con nutriciones de estercolero. Si alza las antenas y alcanza a ver algún ser volador, su mecanismo digestivo lo empujará a devorarlo.
Cuando muere un poeta, los primeros que deben hablar de él son los poetas. Nadie como ellos comprenderá su calvario, su laberinto de soledad, su entusiasmo hecho de espinas, el hambre sempiterna de dignidad. Los políticos, entonces, deben permanecer callados, aunque ya preparen la oportuna lisonja. Los gusanos, a lo suyo; los políticos, a lo suyo. Pero que nos dejen al poeta o al artista intacto; que se respeten sus alas. Alas con las que nos dará gozo, luz y testimonio de un hermoso ejercicio de libertad.