jueves, 2 de octubre de 2008

¡Octubre,octubre! (Gonzalo Ursúa)

               ¡Octubre, octubre!, ya estás ante nuestra puerta tocando con los nudillos fríos, algo encorvado con tu zurrón de rojos, y de ocres, y de cobres, y de sienas muy, muy pálidos. También traerás en él tu hogaza de pan candeal, tu vino rancio y templado, tus hojas que fueron verdes y casi se trasparecen como las venas de los ancianos. Traerás vientos del sur y olas gruesas y onduladas, con fuerte sabor marino, donde navegan grandes peces que, al atardecer, suben por su pitanza. En mi Isla pasarán, sin ruido y en bandadas, los tordos. Bienvenido octubre. Te acogeremos.

 

                Dícese que hay una manera cómoda y nada peligrosa de convocar a Belcebú. Se traza en el suelo, con una piedra caliza, un pentágono. El sujeto que hace las veces de oficiante se coloca dentro de tal figura geométrica. Al presentarse el diablo, nuestro tipo podrá charlar con Su Infernal Potestad sin miedo a que ésta, alargando garra, diente o pezuña, le arrastre para siempre al reino de las sombras. Esta curiosa historia, que leí alguna vez, tiene un matiz entre risueño y siniestro. El oficiante, poco preparado o quizás algo nervioso, dibujó por error un hexágono y se refugió en su interior. Ya  se imaginarán ustedes la sonrisa de Lucifer al encontrar a un ser humano tan despistado con la geometría. Y es que el pentágono -figura repetida en el variopinto mundo de la magia- atesora poderes; es un infalible talismán.

 

            Hace ahora seis lustros decidí presentarme al primer maratón celebrado en San Sebastián. Ocurrió, más o menos, en la cintura de octubre: mes tradicionalmente apacible por estos pagos. Tampoco recuerdo si supe hacer hincapié en los aspectos sociológicos de la prueba. Toda la ciudad -ciento cincuenta mil almas, más o menos- se volcó, desde tempranas horas, fuera de sus casas para aplaudir a los corredores, alentarlos y comentar las incidencias que hubiera.

 

            Y es que el vasco es un hombre que ha colocado el deporte en un lugar sobresaliente de su genuina, y en ocasiones desconcertante, escala de valores. La fuerza, la pura fuerza humana en sus más diversas manifestaciones, ha tenido siempre un lugar preeminente, una hornacina privilegiada, en el lareuskaldún. Entre las deidades familiares y domésticas, la diosa musculatura ha conservado su lámpara de aceite, su perenne hacha de viento iluminándole el perfil. ¿Cuál es la causa de tan peculiar devoción? Pues miren, no lo puedo asegurar con absoluta certeza, pero pienso que la vida rural, tan ruda, la orografía arriscada, el clima desapacible, cuando no hostil, y la pobreza de los recursos agrarios han sometido siempre al hombre vasco a un desmesurado esfuerzo cotidiano por alcanzar las cotas mínimas de subsistencia. Modernamente vendría la industria y su desarrollo a paliar y mitigar esta situación. Sin embargo, echando la vista una centuria atrás, nos quedaríamos asombrados del extremo rigor a que estaba sometida la vida diaria del campesino o del mariñel.

 

            Y llegó el deporte, la era del deporte. Y hete aquí que el hombre vasco se topa con un magnífico ámbito para manifestarse, para -como se dice ahora con vocablo cutre-, realizarse. Inútil, por asaz obvio, sería hacer una lista de las actividades, de las disciplinas, de los organismos que, vinculados en el deporte, son objeto de una especial atención  -casi veneración- en Euskal Herria. Pero sí quisiera hacer notar que, aun en esto del deporte -dios o diosa sobresalientes entre nuestro penates-, el vasco ha mantenido una interpretación sui géneris y no ha querido perder nunca aquel sesgo o matiz propio y tradicional.

 

            Y esto, a riesgo de constreñirse inevitablemente a un área restringida. Decir que el País Vasco podría tener hoy un par de campeones europeos de halterofilia, las mejores tripulaciones de banco móvil o los más resistentes maratonianos no es ni patrioterismo ni chulería charlatana, ni siquiera un orgullo étnico que Dios me libre de asumir. Es algo, no obstante, que sabe mucha gente, que sabemos nosotros, los propios vascos, y que ha sido en todo tiempo motivo de polémica. ¿Qué falta para hacer de lo particular algo universal, para sacar el máximo partido a nuestras facultades y patentizarlas, para ponernos a la hora del mundo?  

             

           A veces, correr un maratón, lanzar un córner, levantar una piedra o empujar a un buey por la testuz sobre los húmedos adoquines de una plaza de pueblo no son lo que parecen… Son algo diferente. Y tienen mucho que ver con el pentágono.

                                                                          Gonzalo Ursúa (Q.P.)