lunes, 20 de octubre de 2008

Mis trajines con la boba:


 

   En un anuncio televisivo para proteger la salud dental de los españolitos, se dice que tales productos se adecúan… Una vez más, el latazo de los verbos terminados en “uar”. Adecuar se conjuga como averiguar, y debe pronunciarse y escribirse siempre sin tilde: “Adecuan”. ¡Ojo, publicitarios!

  

   Parecida errata se da en otro espot, en el cual se repite la palabra “maratón” con el artículo femenino antepuesto. Confieso que, hasta hace poco, el menda, que fue maratoniano, la escribía así. Pero la Academia nos recuerda que es una palabra masculina, acaso derivada de “los campos de maratón”. (Desliz muy perdonable.)

 

  Hace muchos blogs advertíamos a una simpática presentadora de los mapas del tiempo, de que solito no es diminutivo de sol. Y hete aquí que el otro día nos habla de que va a hacer un solcito muy agradable. Ana, de una vez por todas, el diminutivo de sol es “solecito”.

 

  Nuestros desfiles militares pueden resultar un coñazo para muchos. Ahora bien, otros lo consideran un homenaje a las Fuerzas Armadas y, sobre todo, a todos aquellos que dieron su vida, bajo las armas, en el cumplimiento de su deber. A mí siempre me emocionó oír cantar “La muerte no es el final” (“hoy le han devuelto a la vida, hoy le han devuelto a la luz”), si bien, como agnóstico irredento, me suena extraña esta esperanzada afirmación.

 

  Cuando veo las pruebas motoristas que retransmiten las televisiones nacionales, siento una envidia inevitable. Y me retrotraigo a mi pasado motorista, allá por los tardíos cincuenta, cuando montar en moto y hacer un trayecto superior a los cien kilómetros era toda una aventura. ¡Cuántas veces nos habremos apeado de la moto para soltar la bujía, quemarla con gasolina y eliminar así el ominoso “pelo”! Porque nuestras motos eran de dos tiempos (cilindro con ventanas) y las bujías decían que no y ahí se quedaba uno…

   No creo equivocarme si afirmo que, a finales de los cincuenta, existían en España innumerables fabricantes de motocicletas. La moto no era sólo deporte, era el medio en que nos desplazábamos los celtibéricos.

   Me vienen a la memoria aquellas rápidas Montesas (Brío 80, 81, 91), y sus rivales, las Bultaco del ingeniero Bultó (Tralla, Metralla, Matador, etc.), algunas de ellas -las camperas- exportadas a Estados Unidos. Pero no me olvido de las otras marcas: Clúa, Rondine, Iso (bicilíndrica), Iresa, Roa, Gimson, M.V. (la italiana del conde Agusta), Lube, Rieju (que permanece), Derby (campeona del mundo con Ángel Nieto), Ducati (ya de cuatro tiempos y con manillar bajo), Ossa (la sin par “negrilla”: excelente), y las irrompibles Guzzi, que todavía circulan…, las Benelli. Y en las cilindradas altas, la N.S.U. (un prodigio de diseño) y la catalana Sanglas, un hierro móvil que terminó siendo usada por la Guardia Civil de Tráfico.

   Pasados los sesenta se importaron muchos motores Hispano Villiers, que iban bien, y Ossa sacó una 250 con motor Morini, creo, cuyo diseño de culata era una joya. Luego produjo la Yankee, una 500 con dos motores paralelos de 250 centímetros cúbicos. Yo la probé en Manacor, y les aseguro que aquello era un cohete, una bestia para “manitas” únicamente.

   A mí me gustaban las motos inglesas: Triumph, Norton (la perla negra), Royald Enfield. Eran motos femeninas en el sentido de que había que mimarlas un poquito para que rodasen bien. Indefectiblemente, cada dos días nos soltaban, de su cárter poroso, unas gotitas de aceite que eran como una menstruación mecánica para asegurar vitalidad y fuerza.

   Me moría por las motos. ¡Ay, si ahora yo no tuviese estos puñeteros huesos…!