domingo, 26 de octubre de 2008

Poemas de Claudia Lars

Claudia Lars, seudónimo literario de la poeta salvadoreña Margarita del Carmen Brannon Vega, nació en 1899 en la ciudad de Armenia, Sonsonate.
Su padre de origen irlandés y su madre salvadoreña, le confiaron sus primeros estudios a una reconocida educadora. Posteriormente los continuó en la ciudad de Santa Ana. A la edad de veinte años publicó sus primeros poemas y luego se radicó en Nueva York donde contrajo matrimonio en 1923. Vivió algunos años en Costa Rica, México y Guatemala, y sólo hasta 1946 ya separada de su marido, regresó a su país donde vivió hasta su muerte ocurrida en 1974.
Recibió numerosas distinciones y antes de su muerte le fue concedido el doctorado Honoris Causa por la Universidad José Simeón Cañas.
Su obra, caracterizada por el dominio de la métrica, la profundidad en la expresión de sus sentimientos y la pureza del lenguaje, la convierten en una de las grandes exponentes del panorama poético hispanoamericano.
«Estrellas en el Pozo» en 1934, «Romances de Norte y Sur» en 1946, «Donde llegan los pasos» en 1953, «Sobre el Angel y el Hombre» en 1962, «Del fino Amanecer» en 1964 y «Poesía Última» en 1972, hacen parte de su excelente producción literaria. ©

10. Romance de la noche más bella

Nos fuimos -noche de Octubre-
por la larga carretera.
Ya no llovía. La luna
era una luna canela.
Cara plácida y redonda.
Cara de madrina buena.
Sonrisa de plata y ámbar.
Maravillosa hilandera.

Su madeja de fulgor
se enredaba entre la yerba;
prendía en los matorrales
finas hilachas de seda;
se ovillaba en los rincones;
se destrenzaba en las cercas;
y tejía encajes anchos
que colgaban de las tejas.

El viento no se movía...
Donde la ciudad comienza
el cementerio olvidado
tenía quietud de piedra.
Altos cipreses, en fila,
estiraban puntas rectas.
Se balanceaba en la sombra
el candil de la luciérnaga,
y de los campos mojados
subía pesada esencia.

Reñíamos en voz baja
por necedades pequeñas.
¡Niños que juegan a herirse
aunque la herida les duela!
Reñíamos, porque nunca
dos que se quieren de veras,
logran probar la alegría
sin mezclarla con tristeza.
En el cauce del amor
brotan corrientes diversas,
y jamás se siente puro
el sabor del agua fresca...

Expresabas tu rencor
en crueles palabras negras
clavando en el corazón
alfileres y saetas.
Se alzó rápido mi orgullo,
y con las pupilas secas,
te respondí frases duras
y desafié tu violencia.

Entonces la luna sabia
nos enredó en su madeja:
tibia suavidad de encanto,
nido de lumbre magnética,
red de plata que aprisiona,
trenza de sutiles hebras...

Tu mano buscó mi mano
en una caricia tierna,
y yo doblé, avergonzada,
la petulante cabeza,
olvidando, como niños,
penas, rencores y quejas.

Después... Nunca fue una noche
mejor que la noche aquella.
Húmeda noche fragante.
Noche de luna canela.
Frente al lagar de la muerte
encendió la vida bella,
como una rosa gigante,
su llama de veinte leguas.
¡Flor que nacía en el barro
y besaba las estrellas!

El reloj marcó la hora:
doce campanadas lentas...
Cuando la dicha nos llega
los minutos se atropellan.

Regresamos, en silencio,
por la larga carretera,
con las manos enlazadas
y con las almas suspensas.
Ya estaban en la ciudad
cerradas todas las puertas,
y ninguno caminaba
por las calladas aceras.

Así, nadie adivinó
la dulzura que era nuestra.
Sólo la luna sabía.
Pero la luna es discreta.

4. Canción de medianoche 

Esta noche de octubre es de luna redonda.
Estoy sola, llorosa, pegada a tu recuerdo.
Han escrito tu nombre las estrellas errantes
y he cogido tu voz con la red de los vientos.

Flota un olor agreste con resabios marinos,
las sombras se amontonan en rincones de miedo,
algo secreto emerge de las cosas dormidas
y las horas se alargan en la curva del tiempo.

Mis ojos de vigilia captan todo el paisaje:
el cono del volcán, los llanos y los cerros,
la vereda entre zarzas, los arbustos floridos
y las palmeras altas de penachos violentos.

Se oye el glu-glu monótono del agua escurridiza
que en la hondonada cuaja su espejito de invierno,
el golpe de la fruta al caer de la rama
y el zumbido perenne de la ronda de insectos.

Mariposas ocultas tiñen sus alas frágiles,
el zenzontle del alba esconde su gorjeo,
y entre espesas cortinas de bejucos fragantes
la paloma morada sueña rumbos de vuelo.

Por etéreos caminos los anhelos se encumbran
y en los cuatro horizontes dan vueltas en silencio.
¿Quién escucha el mensaje de las almas que lloran?
¿Quién recoge en el aire los suspiros dispersos?

Trato de reconstruirte con vaguedad de líneas,
pero te desvaneces y te alejas, huyendo...
¿En qué niebla distante has escondido el rostro?
¿En qué lugar remoto ha caído tu cuerpo?

Esta noche podría quererte más que nunca:
hay en mi corazón humilde vencimiento;
tiembla en la mano izquierda la caricia de espera
y queda el beso tibio en los labios suspenso.

Te ofrendaría el hondo latido de mi impulso,
mi canto de belleza y mi gajo de ensueño,
y una ternura clara, como río de gracia,
colmaría de encanto la cuenca de mi pecho.

Pero ya ves: el ansia ha de quedarse trunca
aunque estire el amor sus brazos pedigüeños.
Y he de pasar la noche, bajo la luna de ámbar,
hilvanando tristezas y contando luceros.