domingo, 7 de septiembre de 2008

Gonzalo Ursúa (Q.P.) : Septiembre

 

Septiembre, amore mío, endúlzame con tu azúcar, úntame de añiles y de rojos, concédeme tu serenidad.

Has vuelto.

 

Bajo el cielo de las hojas, miro la luz de la mañana. Una hormiga recorre la cuarta parte de mi mano. ¡Hermana hormiga, hermana luz, hermana hoja!

 

En los subtítulos de la tele, fuente pródiga en incorrecciones, leemos que se va a celebrar una maratón. Recordemos que “maratón” es término masculino: “un maratón”.

 

En el País Vasco, el PNV, tras veinte años sumiendo a los escritores que se expresan en castellano en un auténtico apartheid, va a encontrar un sólido aliado en el señor Patxi López, quien promete “volcarse con la cultura vasca que se exprese en euskara”. Mayor marginación. Formidable, y muy propio del PSE.

 

Siempre fue alegre y confiada, pero su alegría era discreta y brotaba de un espíritu jovial, muy poco dado a la estridencia. Siempre fue confiada, y esa confianza se vinculaba en su talante emprendedor. Sí, San Sebastián fue durante muchos años, quizá desde mediados del siglo XIX -cuando empieza a tener rango y condición de ciudad sobresaliente- un burgo al que podían aplicársele los dos calificativos; y, además, esta alegría y esta confianza las transmitía generosamente y de manera natural a quienes vivíamos en ella o a quienes pasaban, como huéspedes ocasionales, unos días con nosotros.

Hoy resulta arduo asegurar que sigue siendo lo que era. La ciudad ha cambiado, aunque se resista, con desmayado afán, a perder los atributos que fueron parte de su patrimonio.

Habría que decir, para los no donostiarras, que San Sebastián vivió siempre alejada, desconectada, de los problemas sociales, políticos y económicos -e incluso me atrevería a asegurar que sentimentales- de la provincia cuya capitalidad ostenta todavía. La ciudad era una pequeña torre de marfil; contra sus muros y troneras rebotaban las preocupaciones e inquietudes de una provincia que, de menesterosa y agraria, iba pasando a ser un potente emporio industrial. San Sebastián latía más con Biarritz que con Tolosa; el donostiarra -comerciante, artesano o funcionario público- sentía más como sus colegas de Bayona que como sus homólogos de Vergara, Oñate o Mondragón. En los meses de verano, el trato con los veraneantes madrileños (pertenecientes a la aristocracia española que acompañaba a los Reyes y al Gobierno en aquellas dilatadas vacaciones) transmitían al ciudadano de Donostia una apetencia por lo distinguido, por lo mundanal; era un calambre frívolo y de buen tono que se detecta todavía y alienta subliminalmente, resistiéndose a desaparecer.

Sin embargo, todo cambia, nada permanece incólume. San Sebastián es hoy una plaza tomada por la provincia, fagocitada por el mundo agrario e industrial que la circunda. Modos, costumbres, hábitos y prácticas específicas de las pequeñas villas rurales han tomado carta de naturaleza, han echado sus raíces en el mismo corazón de la ciudad. Hay una vocación avasalladora por lo popular y lo autóctono, por lo simplón y multitudinario. Claro está que, a veces, lo popular se convierte en populachero y lo autóctono es un pastiche de mal gusto traído a sobaquillo por el concejal de cultura.

Realmente, yo me acuso de frivolidad. Soy también un nostálgico y, si me apuran un poco, un elitista. Pero, qué quieren ustedes que les diga…, siento una inevitable añoranza por aquella San Sebastián alegre sin alharacas, confiada sin pedantería; por aquella ciudad donde el buen gusto, la mesura, el interés por lo nuevo, lo valioso y lo singular no menguaba el carácter hospitalario y la gentileza de unos ciudadanos que se regían por su peculiar escala de valores. Hoy, San Sebastián amenaza con trocarse en una ciudad bullanguera, alicorta, empecinada en sus charangas; alegre con esa alegría retadora y plebeya del aprendiz de jebo, confiada más en su fuerza populista que en los valores que antaño la hicieron sobresalir durante una larga centuria. Si ha ganado en el trueque, el futuro lo dirá. Pero a mí, por supuesto, me ha perdido para siempre.

Gonzalo Ursúa (Q.P.)