lunes, 22 de septiembre de 2008

El estilo lo es todo : Antoine de Saint-Exupéry: Correo del Sur.


En este cabo, en este golfo al fin se alcanza, después de una hora, las tierras neutras, desarmadas, pues la hélice ha llegado al final. Pero cada punto de sol hacia delante aporta una amenaza misteriosa.

Mil quilómetros aún, hay que tirar hacia sí de este mantel inmenso.


De Port-Étienne para Cabo Juby: correo llegado bien a 16 horas 30 minutos.
De Port-Ètienne para Saint Louis: correo reanudó vuelo a 16 horas 45 minutos.
De Saint Louis para Dakar: correo deja Port-Ètienne a 4 horas 45 minutos, haremos continúe de noche.

Viento del Este. Sopla del interior del Sahara y la arena asciende formando torbellinos amarillos. Del horizonte se ha destacado el alba, un sol elástico y pálido, deformado por la ardiente bruma. Una pompa de jabón pálido. Pero al subir hacia el cenit, poco a poco contraído, llegado a su justo momento, se ha transformado en esta flecha ardiente, en este punzón abrasador que se hunde en la nuca.
Viento del Este. Se despega de Port-Ètienne con aire calmado, casi fresco, pero a cien metros se encuentra un chorro de lava, e inmediatamente: Temperatura del aceite: 120.
Temperatura del agua: 110.
Alcanzar los dos mil, los tres mil metros. ¡Evidentemente! Dominar la tempestad de arena. ¡Evidentemente! Pero antes, cinco minutos de ascensión: el autoencendido y las válvulas están ardiendo. Y luego ascender, ¡qué fácil es decirlo! El avión penetra en aquel aire sin elasticidad alguna, el avión se hunde.
Viento del Este. Se está ciego. El sol aparece envuelto en esas volutas amarillas. Su pálida faz emerge a veces y abrasa. La tierra sólo surge en la vertical, y no siempre. ¿Asciendo? ¿Bajo en picado? ¿Me inclino? ¡Vaya usted a saber! Se vuela lo más alto posible. Tanto peor. Probemos más abajo.
A ras de suelo, un río de viento Norte. Esto marcha mejor. Se deja pender un brazo fuera de la carlinga. Del mismo modo, en una canoa rápida se raya con los dedos el agua fresca.
Temperatura del aceite: 110.
Temperatura del agua: 95.
¿Fresco como un río? En comparación. Esto danza un poco, cada pliegue del suelo dispara su flecha. Es irritante no ver nada.
Pero en Cabo Timéris el viento del Esta roza el suelo mismo. Ya no hay refugio en parte alguna. Olor de caucho quemado. ¿La magneto? ¿Las juntas?
La aguja del contador de revoluciones titubea, cede diez vueltas. “Bueno, si tú te mezclas…”
Temperatura del agua: 115.
Es imposible ganar diez metros. Un vistazo a la duna que viene hacia uno como un trampolín. Un vistazo a los manómetros. ¡Eh! Es el rumor de la duna. Se avanza con la manga sobre el vientre: no por mucho tiempo. Se mantiene el avión en equilibrio entre las manos como un tazón lleno hasta el borde.
A diez metros de las ruedas, Mauritania despliega sus arenas, sus salinas, sus playas; torrente de balasto.
1.520 revoluciones.
El primer paso en vacío golpea al piloto como un puñetazo. Un puesto francés a veinte quilómetros: el único. Esperar.
Temperatura del agua: 120.
Dunas, rocas, salinas, todo es absorbido. Todo pasa por el laminador. ¡Adelante! Los contornos se ensanchan, se abren, se cierran. A ras de las ruedas, la hecatombe. Aquellas rocas negras de allá abajo, agrupadas, apretadas, que parecen avanzar con lentitud, de súbito se embalan. Se cae encima de ellas, desparramándolas.
1.430 revoluciones.
“Si me rompo el cuello…” Una chapa que Bernis roza con el dedo le quema. El radiador evapora el agua a borbotones. El avión. Pinaza demasiado cargada, pesa.
1.400 revoluciones.
Las últimas arenas son lanzadas velozmente a veinticinco centímetros de las ruedas. Paletadas rápidas. Paletadas de oro. Una duna abierta desenmascara el puesto. ¡Ah! Bernis corta. Era el momento.
El ímpetu del paisaje frena y muere. El mundo envuelto en la polvareda se recompone.

Un fortín francés en el Sahara. Un viejo sargento recibió a Bernis y reía de júbilo a la vista de un hermano. Veinte senegaleses presentaron armas; un blanco es, por lo menos, un sargento; y un teniente si es joven.
-Buenos días, sargento.
-¡Oh! Venga usted a mi casa. Estoy tan contento. Soy de Túnez…

Antoine de Saint-Exupéry: Correo del Sur.

(Saint-Exúpery (1900-1944) fue un gran escritor y un héroe de de guerra. Murió en combate. Participó en la apertura de nuevas líneas aéreas, como las de Dakar y Comodoro Rivadavia-Buenos Aires. Entre sus obras: Correo del Sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres, Piloto de guerra. Ciudadela. Su obra más conocida es El Principito.)